sábado, 18 de noviembre de 2017

“El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes”


"Parábola de los talentos"
(Mironov)

(Domingo XXXIII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes” (Mt 25, 14-30). En la parábola de los talentos, Jesús narra la diversa situación de tres servidores a quienes su señor les otorga talentos –monedas de plata- para que multipliquen sus beneficios mientras él está de viaje. El primero de los sirvientes recibió cinco y, negociando, ganó otros cinco; el que recibió dos, hizo lo mismo y ganó otros dos, pero el que recibió uno, en vez de negociar para ganar, tal como les había pedido su señor, fue y lo enterró, por temor a perderlo y así enojar a su señor. A su regreso, el señor recompensa –de manera exorbitada y desmesurada- a los dos primeros, ya que por el solo hecho de haber ganado cinco y dos talentos de plata, respectivamente, les concede “participar del gozo de tu señor”, lo cual significa participar de todo lo que su señor es y tiene. Sin embargo, implícitamente, se refiere ya aquí al Reino de Dios, que es gozo, en el Amor de Dios, por la contemplación de la Trinidad. Esto es lo que significa, en última instancia, la expresión de Jesús “participar del gozo de tu señor”. En la práctica, los nombra reyes, tal como es él. Sin embargo, con el tercero, con el que enterró el talento, el señor no se mostró indulgente ni comprensivo: luego de retarlo y de describir su falta –lo trata de servidor “malo y perezoso”-, le dice lo que tendría que haber hecho –colocar el dinero en el banco y así ganar intereses-, le retira a este servidor inútil lo que tenía y se lo da al que tenía más, y lo echa “afuera, a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes”. Está claro que el “afuera” no se refiere a una propiedad terrena, sino al Infierno, porque es ahí en donde hay “llanto y rechinar de dientes”.
Como en toda parábola de Jesús, es necesario, luego de la composición de lugar, reemplazar los elementos naturales por los sobrenaturales -aunque aquí lo sobrenatural ya está explicitado en el “gozo del señor”, esto es, el Cielo, y en el “llanto y rechinar de dientes”, el Infierno- para reflexionar acerca de su enseñanza.
El centro de la parábola son los talentos, ya que del uso que hacen de ellos, depende el destino de los servidores: en la parábola, los talentos son monedas de plata; en nuestra vida, los talentos son todos los dones, tanto naturales –vida, inteligencia, voluntad, libertad, memoria-, como sobrenaturales –fe, esperanza, caridad, la gracia de la filiación divina en el bautismo, la gracia del Cuerpo y Sangre de Jesús en la Eucaristía; el don del Espíritu Santo en la Confirmación; el don de la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz; el don de la Virgen como Nuestra Madre celestial; el don de la Confesión Sacramental; el don de la oración; el don de la Adoración Eucarística; y así, con infinidades de dones sobrenaturales; los siervos de la parábola, somos los católicos; el señor de la parábola, es Dios Uno y Trino; la partida de su señor, es la Ascensión de Jesús a los cielos y su regreso, en el que pide cuentas de los talentos, es el día de la muerte y Juicio Particular consecutivo, como así también el Día del Juicio Final y su Segunda Venida en la gloria; la rendición de cuentas, es también la rendición de cuentas que Nuestro Señor nos pedirá en el Juicio Particular y en el Juicio Final, acerca de cómo obramos con los dones o talentos que nos dio. Allí, en ese momento, nos daremos cuenta del don inapreciable que es el poder asistir a una sola Misa, siquiera; nos daremos cuenta del don inapreciable del perdón divino recibido en la Confesión Sacramental; de lo que significa ser hijo adoptivo de Dios; de lo que significa la gracia santificante, que nos hace partícipes de la vida divina; lo que significa la Cruz de cada día, camino y fuente de salvación eterna; lo que significan las enfermedades y tribulaciones, que son dones del Amor de Dios, que por su medio quiere santificarnos y llevarnos al Cielo.
En ese día, en el Día del Juicio Particular, nos daremos cuenta de la inmensidad de dones del Amor de Dios que recibimos, y nos daremos cuenta también, cuán poco o nada de ese Amor Divino devolvimos. Renegar de la Cruz, renegar de una enfermedad y no sobrellevarla con amor por Cristo; faltar a Misa por pereza; dejar de lado la oración por pasatiempos vanos; comulgar distraída y mecánicamente; no perdonar a nuestro prójimo; no saber pedir perdón; no amar al enemigo, como nos pide Jesús, y tantos otros dones más, son talentos enterrados, de los cuales deberemos rendir cuentas. Que el amor al enemigo sea un don propio del cristiano, y que debe ser visto por los demás para que crean en Jesús, y si no lo hace, los paganos blasfeman el Nombre de Jesús, lo dice uno de los Padres de la Iglesia: “Cuando nos oyen decir que Dios afirma: Si amáis a los que os aman no es grande vuestro mérito, pero grande es vuestra virtud si amáis a vuestros enemigos y a quienes os odian, se llenan de admiración ante la sublimidad de estas palabras; pero luego, al contemplar cómo no amamos a los que nos odian y que ni siquiera sabemos amar a los que nos aman, se ríen de nosotros y con ello el nombre de Dios es blasfemado”[1]. En este caso, por ejemplo, no amar al enemigo es enterrar el talento, es decir, la gracia, según la cual debíamos perdonar setenta veces siete y amar al enemigo. Y si enterramos los dones, si despreciamos la gracia, escucharemos la espantosa sentencia del Terrible Juez: “Vete de Mi Presencia, aléjate de Mí para siempre, siervo malo y perezoso. Puesto que no aprovechaste los dones que te di en la vida terrena, necesarios para entrar en la vida eterna, te quedarás para siempre en el Abismo del dolor, en donde solo hay odio, llanto y rechinar de dientes”. Por este motivo, es urgente, para la vida espiritual del cristiano, el saber no solo reconocer los dones dados por Dios, sino hacerlos fructificar.
Si no queremos ser como el tercer siervo –malo y perezoso-, luchemos contra el pecado -es decir, la malicia- que anida en nuestro propio corazón, no en el corazón del prójimo; luchemos contra la pereza, madre de todos los pecados y vicios, y luchemos por hacer fructificar los dones que Dios nos dio. Sólo así, podremos escuchar, al final de nuestra vida terrena, y en el inicio de la vida eterna: “Servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor”.





[1] De la Homilía de un autor del siglo segundo, Cap. 13, 2--14, 5: Funk 1, 159-161.

jueves, 16 de noviembre de 2017

“El Reino de Dios está entre ustedes (…) el Reino de Dios está en ustedes”



“El Reino de Dios está entre ustedes (…) el Reino de Dios está en ustedes” (cfr. Lc 17, 20-25). Ante la tentación de esperar y desear un mesías terreno y nacionalista, que se limite a auto-proclamarse como rey y mesías y cuyos objetivos sean meramente humanos, horizontales, reducidos al espacio y el tiempo de la historia humana, Jesús revela que el Mesías de Dios y su Reino, el Reino de Dios, no será visible, es decir, no podrá ser percibido por los sentidos, porque no tendrá un lugar geográfico delimitado, al modo de los reinos terrestres. Los hombres estamos acostumbrados a percibir por los sentidos y a creer en lo que los sentidos nos dicen y es por eso que necesitamos de algo visible –en este caso, un reino- para creer –en el mesías-. Pero Dios es Espíritu Puro, Eterno, Increado, y pretender que su Reino posea las características de los reinos humanos, es reducir a Dios y su Reino a los estrechos límites de la naturaleza humana. Otra cosa distinta es que los reinos humanos, las naciones y sus gobiernos, reconozcan a Cristo como su Rey y Señor, en cuyo caso, no se trataría propiamente del Reino de Dios, sino de un reino humano que dobla sus rodillas ante Dios y su Mesías, Jesucristo, proclamándolo como Rey y Señor.

¿De qué manera está el Reino de Dios “entre nosotros”, o también “en nosotros”? El Reino de Dios está entre nosotros y en nosotros, por medio de la gracia santificante, otorgada por los sacramentos y concedidas a nuestras almas por medio de la Pasión y Muerte en Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Por la gracia, el alma comienza a participar de la vida divina y puesto que la vida divina se desarrolla en el Reino de los cielos, cuando el alma está en gracia, en cierta manera, vive ya la vida eterna del Reino de Dios y vive, de modo anticipado, el Reino de Dios, eterno, estando todavía en la tierra. A esto nos referimos cuando, parafraseando a Nuestro Señor, decimos que el Reino de Dios está “en nosotros”: como la gracia inhiere en el alma y es un don interior, es por eso que decimos que “el Reino de Dios está en nosotros”, cuando estamos en gracia. Sin embargo, hay algo más en la doctrina de la gracia, que hace que el alma posea en sí misma algo infinitamente más grandioso y maravilloso que el Reino de Dios, y es que, por la gracia, el alma se convierte en morada del Rey de los cielos, Jesucristo. Por eso, en el tiempo de la Iglesia, el católico que comulga en estado de gracia, puede decir con toda verdad: “El Rey de los cielos, Jesús Eucaristía, está en mí”.

martes, 14 de noviembre de 2017

“Somos simples servidores”



“Somos simples servidores” (Lc 17, 7-10). Con esta parábola, Jesús no solo nos advierte contra la soberbia, que nos hace creer que toda obra buena es obra nuestra –con lo cual arruinamos lo bueno de la obra-, sino que nos revela también que todo “éxito” en el apostolado, no depende de nosotros, sino de Dios Trino. En efecto, del mismo modo a como un simple sirviente o criado no tiene que ensoberbecerse por cumplir bien la orden que le dio su patrón, como tampoco atribuirse para sí el mérito de una empresa llevada exitosamente a cabo por directivas de su patrón, y solo debe decir: “Soy un simple servidor”, así también el cristiano, cuando de una empresa apostólica pueden verse sus frutos.
La razón es doble: por un lado, el atribuirse la bondad de una empresa apostólica daña a la misma empresa apostólica, puesto que el alma se ensoberbece y cae fácilmente en el orgullo; por otro lado, es falso atribuirse el ser la causa primaria de la bondad de un apostolado, puesto que la Única Causa Primera de todo bien es Dios Trino y no nosotros. Los hombres somos meramente causas segundas, es decir, somos solo servidores –inútiles y esto, siempre y cuando hagamos la voluntad de Dios- del gran "Rey de reyes y Señor de señores" (cfr. Ap 19, 16), Cristo Jesús.


viernes, 10 de noviembre de 2017

“El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes”



(Domingo XXXII - TO - Ciclo A – 2017)
         “El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes” (Mt 25, 1-13).
         Para poder apreciar la enseñanza de la parábola, es necesario hacer antes una breve composición de lugar, además de reemplazar los elementos terrenos por los celestiales y sobrenaturales: en la parábola, un grupo de vírgenes –diez en total- espera, en la noche, el regreso del esposo; puesto que no saben a qué hora ha de venir, todas se duermen, hasta el que a medianoche se escucha un grito que anuncia el regreso del esposo; las vírgenes despiertan y acuden al encuentro del esposo, pero solo las prudentes, que tienen aceite y luz en sus lámparas, son capaces de ver al esposo y por lo tanto, ingresan con Él en la casa donde se celebra la fiesta de bodas; las necias, por el contrario, al no tener aceite, no tienen luz y por lo tanto, una vez cerradas las puertas de la fiesta de bodas, quedan afuera, en las tinieblas. ¿Qué significa esta parábola? Como dijimos, para poder apreciar su enseñanza celestial, debemos reemplazar los elementos terrenos y materiales, con los elementos sobrenaturales representados en la parábola. Un primer elemento que aparece es el deseo de las vírgenes de esperar al esposo, que es el deseo del alma de vivir esta vida con la esperanza de salir al encuentro de su Dios que ha de venir a buscarla, en la interpretación de San Agustín[1]: “Las diez vírgenes querían ir todas a recibir al Esposo. ¿Qué significa recibir al esposo? Es ir a su encuentro de todo corazón, vivir esperándolo”, entonces, este “esperar al esposo”, común a las diez vírgenes, es vivir con el deseo de encontrar a Cristo; el esposo que llega de improviso a medianoche, cuando las vírgenes están rendidas por el sueño, es Cristo Jesús, que llega al encuentro del alma, sea en la hora de la muerte –el sueño como muerte terrena es el este sentido en el que lo interpreta San Agustín[2]: “Hay un sueño al que nadie puede escaparse (…) Todas se durmieron (…) tanto las prudentes como las necias deben pasar por el sueño de la muerte”-, sea en el Día del Juicio Final, ya que también el sueño de las vírgenes es, para San Agustín, el Día del Juicio Final: “A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro” (Mt 25,6). (…) Es el momento que nadie piensa, que nadie espera (…) (Es) “El día del Señor”, dice Pablo, “vendrá como un ladrón en plena noche.” (1Tim 5,2) Vigilad, pues, (…) Este grito es lo que el apóstol Pablo dice: “En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta, porque la trompeta sonará, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados (1Cor 15,52)”; la medianoche, el tiempo de oscuridad en el que las vírgenes esperan la llegada del esposo, significa un tiempo especial de la humanidad y de la Iglesia, en el que la confusión y el alejamiento de Dios serán sus características principales: así como en la noche no se puede distinguir nada y se confunden sombras por personas, así también, antes de la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia pasará por un momento de oscuridad, por un momento de confusión, por una "prueba de fe", tal como lo anuncia el Catecismo[3]: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (y como nuestra Fe católica asienta sobre muchas verdades, pero ante todo, sobre la Verdad de la Presencia real, verdadera y substancial de la Eucaristía, lo más probable es que la “prueba de fe final” consista en la supresión de la Misa como renovación del Santo Sacrificio del Altar, por manos del Anticristo y del Falso Profeta, un falso Papa. N. del R.). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad (el Anticristo traerá una falsa felicidad a los hombres, permitiéndoles vivir en el pecado, suprimiendo los Mandamientos de Dio y los Preceptos de la Iglesia). La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”, es decir, el Anticristo, antes de la llegada de Cristo en la gloria, usurpará su lugar y hará que el hombre desplace a Dios de su corazón y se instale a sí mismo, algo de lo cual lo estamos viviendo, con el uso de la ciencia en contra de la Ley de Dios, con lo que el hombre juega a ser Dios: FIV, clonación humana, alquiler de vientres, aborto, eutanasia, etc.; la llegada de improviso se debe a que nadie sabe –solo Dios- cuándo es la hora de la propia muerte, así como tampoco nadie sabe cuándo será el Día del Juicio Final; el esposo que llega es, como dijimos, Cristo Jesús, quien es Esposo de la Humanidad, según los Padres, por la Encarnación, y es Esposo de la Iglesia Esposa: al final de los tiempos, llega para ver su unión consumada en el Reino de los cielos; las vírgenes, tanto las necias como las prudentes, son las almas bautizadas en la Iglesia Católica; las lámparas son los cuerpos, el aceite es la gracia y la luz de la lámpara es la Fe en Cristo Jesús como el Hombre-Dios, el Redentor de la humanidad; la ausencia de aceite –ausencia de gracia- en las vírgenes necias, indica a aquellas almas que no piensan en la vida eterna, que viven enfrascadas en la vida terrena, despreocupadas de si existe un Cielo o un Infierno, indolentes en su tarea de ganar el Cielo con buenas obras y de evitar el Infierno con la penitencia y la caridad; al no tener la gracia en ellas, no tienen la luz de la fe y por eso sus lámparas están apagadas, porque no pueden ver al Señor Jesús, que está Presente, vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía y que está presente, de alguna manera misteriosa, en los más necesitados; al no esperar la Venida Segunda del Señor, las vírgenes necias no se preocupan ni por vivir en gracia, ni por perseverar en la fe y, mucho menos, en obrar la misericordia, y puesto que es una decisión libre e irrevocable, quedan fuera del banquete eterno; las tinieblas en las que las vírgenes necias quedan, representan el Infierno, la ausencia eterna de la Presencia de Dios y el vivir para siempre envueltas en las sombras vivientes, los ángeles caídos; las vírgenes prudentes son las almas que consideran a esta vida como pasajera, como solo una prueba para ganar la vida eterna y es por eso que viven pensando en la eternidad, y como quieren evitar la eternidad de dolor y ganar la eternidad de bienaventuranza, se preocupan por vivir en gracia, conservando la pureza de cuerpo y alma y frecuentando los sacramentos; la gracia es el combustible de la fe, y por eso sus lámparas iluminan, y la luz que irradian son las obras de misericordia realizadas para ganar el Cielo.
A medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. “Hagamos lo que nos dice Nuestro Señor” (Cfr. Jn 2, 5), estemos prevenidos, porque no sabemos ni el día ni la hora, ni de nuestra muerte y Juicio Particular, ni del Día del Juicio Final: “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” y para que no escuchemos las palabras del Terrible Juez –“Te aseguro que no te conozco”-, llenemos nuestras lámparas con el aceite de la gracia, esto es, vivamos en estado de gracia; alumbremos el mundo con las obras de la fe, vivamos con la esperanza de morir para ir al encuentro de Nuestro Señor que, en el momento en que menos lo esperemos, ha de venir a buscarnos.




[1] Cfr. Sermón 93.
[2] Cfr. ibidem.
[3] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n° 675.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Fiesta de la dedicación de la Basílica de Letrán


         
         Para saber qué es lo que la Iglesia festeja litúrgicamente hoy, es conveniente meditar en las reflexiones de un monje y teólogo cartujano[1] acerca del tema.
         Dice así este monje cartujano: “La dedicación que conmemoramos hoy, se refiere, en realidad, a tres casas (…) La primera es el santuario material (…) la segunda casa es el Pueblo de Dios (…) la tercera casa es el alma en gracia”. Entonces, partiendo de la Casa de Dios material, que es el templo, la Iglesia celebra también esa otra casa de Dios que es la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios; por último, se festeja en este día una tercera casa espiritual, que es el alma en gracia, convertida en templo del Espíritu Santo por el Bautismo: “Vosotros sois templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en vosotros” (1 Co 3, 16).
         La “Casa de Dios” material o santuario, es necesaria, dice el monje cartujo, porque si bien podemos rezar en cualquier lugar y a cualquier hora, es necesario sin embargo –por nuestra naturaleza material y espiritual- que haya un lugar específico, consagrado a Dios, en el que se pueda orar a Dios con mayor comodidad, y cuando esto se hace entre varios, se cumplen las palabras de Jesús para ese lugar: Él está Presente “cuando dos o más se reúnen en su nombre” (Mt 18, 15-20): “La primera es el santuario material... Si bien es preciso orar en cualquier lugar y no existe realmente ningún lugar donde no se pueda orar. Sin embargo, es algo muy adecuado haber consagrado a Dios, un lugar especial donde todos nosotros, cristianos que formamos esta comunidad, podemos reunirnos, estar y orar a Dios juntos, y obtener así más fácilmente lo que pedimos, gracias a esta oración en común, según la Palabra “si dos o tres de vosotros os ponéis de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo (Mt 18,19)”. Esta, la material, es la primera Casa de Dios que la Iglesia festeja hoy.
        La segunda Casa de Dios que se festeja hoy, es la reunión de los consagrados por el bautismo, de aquellos que han sido incorporados orgánicamente al Cuerpo de Cristo por la gracia bautismal y que forman, en consecuencia, el Pueblo de Dios; estos son “Casa de Dios”, al igual que la casa material, pero la diferencia es que los “ladrillos” de esta casa están formados no por elementos materiales, sino por las almas de los bautizados: “La segunda casa de Dios, es el pueblo, la santa comunidad que encuentra su unidad en la iglesia, es decir, vosotros que sois guiados, instruidos y alimentados por un solo pastor u obispo. Esta es la morada espiritual de Dios, donde nuestra iglesia, esta casa de Dios material, es el signo. Cristo se ha construido este templo espiritual para sí mismo... Esta morada está formada por los elegidos de Dios pasados, presentes y futuros, reunidos por la unidad de la fe y de la caridad, en esta Iglesia, una, hija de la Iglesia universal, y que no se ha hecho, por otra parte, más que una con la Iglesia universal. Considerándose parte de las otras iglesias particulares, no es sólo una parte de la Iglesia, como lo son todas las demás Iglesias. Estas iglesias constituyen no obstante todas juntas la única Iglesia universal, Madre de todas las Iglesias... Al conmemorar la dedicación de nuestra iglesia, no hacemos más que recordar, junto con de acciones de gracias, himnos y alabanzas, la bondad que Dios ha manifestado a este pequeño pueblo, llamándolo para que lo conociéramos...”. En esta segunda Casa de Dios, de la cual el templo material es signo, está formada por aquellos que forman una unidad entre sí por la fe y la caridad, profesan un solo Credo y aman a un solo Dios, Uno en naturaleza y Trino en Personas. Los miembros de la Iglesia son el Nuevo Pueblo Elegido, que peregrina por el desierto de la historia y de la vida humana, hasta la Jerusalén celestial, “cuya Lámpara es el Cordero”.
        Por último, la tercera Casa de Dios que se festeja litúrgicamente hoy, es el alma individual, que por el bautismo, le ha sido quitada la mancha del pecado original, ha sido arrebatada del poder del Príncipe de las tinieblas, y le ha sido conferida la dignidad de hijo de Dios por la gracia santificante, y por esta misma gracia, ha sido convertido, con su cuerpo y su alma, en templo del Espíritu Santo: “La tercera casa de Dios, es toda alma santa dedicada a Dios, consagrada a Él por el bautismo, que ha llegado a ser templo del Espíritu Santo y morada de Dios... Cuando celebras la dedicación de esta tercera casa, acuérdate simplemente del favor que has recibido de Dios cuando se te ha elegido para venir habitar en ti por su gracia”. Y aquí se da una paradoja, porque aquél que debería homenajear a su Dios, por haberlo así consagrado, recibe sin embargo él mismo un homenaje –inmerecido, por cierto-, y es que el mismo Rey que lo ha consagrado como hijo suyo, Cristo Dios, viene a inhabitar en su alma, por la Eucaristía.
         Pero podríamos decir que hay una Cuarta Casa -o Primera, según como lo veamos- que se celebra hoy, y que es el fundamento de las tres Casas de Dios a las que hemos hecho referencia, y es la descripta en el Apocalipsis: “Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: “Ésta es la morada de Dios con los hombres, y acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos”. Pero no vi santuario alguno en ella; porque el Señor, Dios todopoderoso, y el Cordero, es su santuario. Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Ap 21, 2-3. 22. 27).


[1] Cfr. Lansperge el Cartujano (1489- 1539), Sermón sobre la Dedicación de la Iglesia; Opera omnia, 1, 702s.

sábado, 4 de noviembre de 2017

“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”


(Domingo XXXI - TO - Ciclo A – 2017)

         “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (cfr. Mt 23, 1-12). Jesús advierte a sus discípulos y a la multitud acerca de la soberbia de los escribas y fariseos, previniéndolos para que no los imiten en aquello que es su defecto dominante, la soberbia.
         Comentando este pasaje del Evangelio, San Hilario[1] nos advierte que, como siervos del Señor, seremos juzgados, no por las hermosas palabras que podamos llegar a decir –como las dicen los fariseos-, ya que solo las obras buenas alcanzan el Reino de los cielos, mientras que las bellas palabras, sin obras, son palabras que se lleva el viento: “El Señor nos advierte que las palabras halagadoras y el aspecto amable deben juzgarse por los frutos que producen. Debemos entonces apreciar a alguien, no por cómo se presenta en palabras, pero tal y como realmente es en sus actos”. Muchos cristianos tienen a flor de labios palabras mansas y suaves, pero esconden una “rabia de lobo”; son espinos que solo producen espinos y no uvas ni higos: “Pues a menudo bajo apariencias de ovejas se disimula una rabia de lobo (Mt 7,15). Y así como los espinos no producen uvas, ni los abrojos higos..., nos dice Jesús, no es en esas bellas palabras que consiste la realidad de las buenas obras; todos los hombres deben ser juzgados según sus frutos (v.16-18)”. Si nosotros, como cristianos, nos limitamos solo a decir bellas palabras, pero no las acompañamos de obras buenas, no nos alcanza para ingresar en el Reino de Dios: “No, un servicio que se limitaría a pronunciar bellas palabras no es suficiente para obtener el Reino de los cielos; no es aquel que diga: “Señor, Señor” quien será el heredero (v.21)”.
Luego continúa San Hilario, advirtiéndonos en el mismo sentido, que el Reino de los cielos se gana cumpliendo la Voluntad de Dios –manifestada en la Pasión de Jesús, esto es, la Voluntad de Dios es que imitemos a su Hijo en la Pasión-, obrando el bien y cumpliendo la Ley de Dios; en caso contrario, si obramos obras de injusticia –maldad, envidia, lujuria, rencor, pereza, gula, etc.-, seremos rechazados por Dios: “¿A qué rimaría una santidad que se limitaría solamente a la invocación de un nombre, si el camino del Reino de los cielos se encuentra en la obediencia de la Voluntad de Dios? Debemos poner de nuestra parte, si queremos alcanzar la felicidad eterna. Debemos dar algo de nuestros fondos propios: desear el bien, evitar el mal y obedecer de todo corazón los preceptos divinos. Seremos reconocidos por Dios como suyos por una actitud como esta. Conformemos pues nuestros actos a su voluntad en vez de glorificarnos de su poder. Porque despreciará  y rechazará aquellos que se alejaran ellos mismos de él por la injusticia de sus actos”[2]Hasta aquí, el comentario de San Hilario acerca de la prevención que nos hace Jesús de evitar la soberbia y malas obras de los fariseos. 
Entonces, seremos rechazados si nuestras obras son injustas, aun cuando nuestras palabras sean buenas. Un ejemplo de obras injustas, de nuestros días, que nos produce vergüenza ajena y que nos da una idea del grado de decadencia moral y espiritual de gran parte de la sociedad, es que un fornicario y adúltero público obtiene un reconocimiento social explosivo por el hecho de ser adúltero y fornicario. Lo que es peor y lo que indigna mucho más que el odioso pecado de la fornicación, es que muchos de los que lo reconocen y lo aplauden en su pecado mortal, y lo alaban y propagan su adulterio y fornicación como un mérito, son católicos, que con dichas obras injustas, se convierten en el ejemplo perfecto de quienes desmerecen por completo el Reino de los cielos. O se cumplen los Mandamientos de la Ley de Dios, o se cumplen los mandamientos de Satanás y quienes alaban la fornicación y el adulterio, cumplen los mandamientos de Satanás y hacen sus obras y no las de Dios. 
         Ahora bien, es verdad que Nuestro Señor Jesús, poniéndonos como contra-ejemplos a los escribas y fariseos, nos anima a evitar la soberbia y a cultivar la humildad, pero si hace esto, no es debido a las virtudes en sí mismas, sino a un motivo sobrenatural, de fondo, más importante que las mismas virtudes. Es decir, las virtudes son buenas –y mucho más, la humildad-, pero Jesús no quiere que seamos simplemente “virtuosos”; Jesús quiere de nosotros algo más grande que el meramente ser virtuosos, lo cual es en sí mismo algo grande y bueno. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? No solo quiere que evitemos la soberbia, para lo cual pone como anti-ejemplos a los escribas y fariseos, sino que quiere, positivamente, que seamos como Él, que lo imitemos a Él, que es “manso y humilde de corazón”: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. En otras palabras, Jesús quiere que seamos humildes, pero no por la virtud en sí, sino porque nos asemeja a Él, que es humilde. Todavía más, la humildad nos hace participar de la humildad divina, de la humildad de su Sagrado Corazón, que es también la humildad de su Madre, María Santísima. La humildad agrada a Dios, no solo porque es la virtud que se opone a soberbia, sino porque, junto con la caridad, es la virtud que asemeja al alma al Ser divino trinitario, perfectísimo y por eso mismo, humilde, al tiempo que la hace partícipe de la vida divina, vida divina que le comunica al alma la divina humildad.
         Y con respecto a la soberbia, lo opuesto es también verdad: cuando Jesús nos pide que seamos humildes, y nos advierte las consecuencias de no serlo –“el que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado”-, nos lo advierte no solo porque la soberbia se opone en forma diametralmente opuesta a la humildad –por eso el soberbio no agrada a Dios-, sino porque se asemeja y se hace partícipe del principal pecado de Satanás, el Ángel caído, cometido en el cielo, y que le valió el perder el cielo para siempre. El orgullo, la soberbia, que se manifiesta de muchas formas, como la vanidad, el egoísmo, el egocentrismo, la indiferencia por el destino del prójimo, el rechazo a toda corrección, etc., es el pecado capital del Demonio en el cielo y el alma que es soberbia, no solo se hace semejante al Demonio, sino que, en cierto modo, participa de su rebelión contra Dios, sus Mandamientos y su Amor.
“El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. El Demonio se ensalzó a sí mismo, creyéndose igual o superior a Dios, y fue humillado y vencido en la Cruz por Jesús, y aplastada su soberbia cabeza de Serpiente Antigua por el talón de la Virgen María; Jesús, el Hijo de Dios, se humilló a sí mismo, porque siendo Dios de majestad infinita, asumió nuestra naturaleza humana, infinitamente inferior a la naturaleza divina, encarnándose en el seno virgen de María y sufriendo luego la Pasión y Muerte en Cruz, para salvarnos de la eterna condenación, y fue ensalzado y glorificado, con la gloria que poseía desde la eternidad, como Unigénito, en su gloriosa Ascensión, luego de resucitar. Si de veras queremos ganar el cielo, debemos pedir a María Santísima, Mediadora de todas las gracias, la gracia de participar en la Pasión de Jesús y en su humillación, para luego ser coronados de gloria en el Reino de los cielos.




[1] Cfr. Comentario del Evangelio según san Mateo, 6,4-5.
[2] Cfr. San Hilario, o. c.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


         
         Solo la Iglesia Católica dedica un día del año a la conmemoración de los fieles difuntos y la razón es que solo la Iglesia Católica cree firmemente en el Purgatorio. Los protestantes, con Martín Lutero a la cabeza, eliminaron la creencia del Purgatorio, con lo cual privaron a las Benditas Almas del Purgatorio, que allí sufren tormentos de un fuego similar al Infierno, pero con la esperanza de que algún día finalizarán, de las oraciones, misas y buenas acciones de quienes podrían haberlas ayudado.
         Este día está dedicado no solo a recordar, con mayor o menor nostalgia, a nuestros seres queridos, sino ante todo, a recordar lo que la Iglesia llama “Novísimos”, y es lo que le ocurre al alma luego de finalizada esta vida terrena: muerte, juicio particular, Purgatorio, Cielo, Infierno. La Iglesia nos enseña que no es verdad que, al morir, vamos inmediatamente al Cielo: mientras el cuerpo queda en la tierra para ser sepultado, el alma es llevada inmediatamente ante la Presencia de Dios, para recibir el Juicio Particular. Allí, el alma se ve a sí misma a la luz de Dios y es por eso que no puede engañarse ni ser engañada: ve cómo fueron las obras que hizo, si buenas o malas, y si las obras buenas fueron hechas por puro amor a Dios, o para recibir el aplauso y el honor de los hombres. En el Juicio Particular, el alma ve, con toda claridad, cuál es el destino que le espera por toda la eternidad, o el Cielo, con paso previo por el Purgatorio, o el Infierno eterno. Ahora bien, puesto que confiamos en la Misericordia Divina, esperamos que Dios se haya apiadado de nuestros seres queridos y, antes de morir, les haya concedido la gracia del arrepentimiento perfecto de sus pecados, la contrición del corazón, con lo cual, esperamos que estén con Él, sea en el Purgatorio, o sea en el Cielo. Y esa es la razón por la cual les dedicamos oraciones, misas y buenas acciones: porque si están en el Purgatorio, experimentarán alivio, y si están en el Cielo, la Virgen hará que las gracias sean derivadas a aquellas almas que, por siglos, están en el Purgatorio, y por las que nadie reza.
         Para que nos demos una idea de lo que es el Purgatorio, recordemos lo que la Virgen le dijo a la Beata Lucía, quien en una de las apariciones le preguntó por dos amigas suyas que habían fallecido: una niña de unos ocho años, que ya estaba en el Cielo, y una joven de unos dieciocho años, la cual le dijo la Virgen que habría de estar en el Purgatorio “hasta el fin del mundo”.
         Al traspasar el umbral de la muerte, Dios ya no se nos manifiesta como Dios de Misericordia infinita, sino como Dios de Justicia y santidad infinita, y esa es la razón por la cual todos los pecados que han sido confesados en esta vida, pero no han sido expiados por la penitencia, el sacrificio, la oración, deben ser purgados en esa cárcel de fuego que es el Purgatorio. Allí, el alma se purifica del amor imperfecto que tuvo a Dios en esta vida, y sale de ella solo cuando todas sus penas han sido expiadas y cuando su alma está resplandeciente de santidad y llena del amor a Dios; sólo así, puede un alma comparecer ante la santidad, majestad y Amor infinitos de Dios. Una santa, entre las más grandes santas de la Iglesia Católica, Santa Teresa de Ávila, se consideraba indigna de presentarse ante la majestad divina, y decía así en su última enfermedad: “Dios mío ¿qué alma será lo suficientemente pura para que pueda entrar al cielo sin pasar por las llamas purificadoras?”. Dice San Juan María Vianney que “durante su agonía, Dios le permitió ver Su Santidad como los ángeles y los santos lo veían en el Cielo, lo cual la aterró tanto que sus hermanas, viéndola temblar muy agitada, le dijeron llorando: “Oh, Madre, ¿qué sucede contigo?, seguramente no temes a la muerte después de tantas penitencias y tan abundantes y amargas lágrimas…”. “No, hijas mías – replicó Santa Teresa – no temo a la muerte, por el contrario, la deseo para poder unirme para siempre con mi Dios”. “¿Son tus pecados, entonces, lo que te atemorizan, después de tanta mortificación?”, “Sí, hijas mías – les dijo – temo por mis pecados y por otra cosa más aún”, “¿Es el juicio, entonces?”, “Sí, tiemblo ante las cuentas que es necesario rendir a Dios, quien en ese momento no será piadoso, y hay aún algo más cuyo solo pensamiento me hace morir de terror”. Las pobres hermanas estaban muy perturbadas: “¿Puede ser el Infierno, entonces?”. “No, gracias a Dios eso no es para mí, oh, mis hermanas, es la santidad de Dios, mi Dios, ¡ten piedad de mí! Mi vida debe ser puesta cara a cara con la del mismo Señor Jesucristo. ¡Pobre de mí si tengo la más mínima mancha! ¡Pobre de mí si aún hay una sombra de pecado!”[1]. Nadie que tenga una más mínima sombra de malicia, puede comparecer ante Dios, y esa es la razón por la cual hasta el más pequeño pecado venial, aun ya confesado, debe ser expiado en el Purgatorio, si no fue expiado en esta tierra. Dice así San Juan María Vianney: “La Iglesia, a quien Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo, y que por consiguiente no puede estar equivocada y extraviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera positiva y clara y es, por cierto y muy cierto, el lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidos a la gloria del Paraíso, el cual les está asegurado. Sí, mis queridos hermanos, es un artículo de fe: Si no hacemos penitencia proporcional al tamaño de nuestros pecados, aun cuando estemos perdonados en el Sagrado Tribunal, estaremos obligados a expiarlos… En las Sagradas Escrituras hay muchos textos que señalan que, aun cuando nuestros pecados puedan ser perdonados, el Señor impone la obligación de sufrir en este mundo dificultades, o en el siguiente, en las llamas del Purgatorio”[2].
         El dolor en el Purgatorio es el mismo que en el Infierno, con la diferencia que el alma que está en el Purgatorio sabe que algún día habrá de salir de allí, mientras que el alma que está en el Infierno, se desespera porque sabe que nunca saldrá de allí.
         Las almas del Purgatorio nada pueden hacer por ellas mismas, pero nosotros sí: nosotros podemos abreviar su estancia allí, con oraciones, misas y buenas acciones, y por eso ellas nos suplican que lo hagamos. San Juan María Vianney hace decir así a las almas del Purgatorio: “(…) Vengo en provecho de Dios mismo. Y de vuestros pobres padres; a despertar en ustedes el amor y la gratitud que les corresponde. Vengo a recordarles otra vez aquella bondad y todo el amor que les han dado mientras estuvieron en este mundo. Y vengo a decirles que muchos de ellos sufren en el Purgatorio, lloran y suplican con urgencia la ayuda de vuestras oraciones y de vuestras buenas obras. Me parece oírlos clamar en la profundidad de los fuegos que los devoran: “Cuéntales a nuestros amados, a nuestros hijos, a todos nuestros familiares cuán grandes son los demonios que nos están haciendo sufrir. Nosotros nos arrojamos a vuestros pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! ¡Cuéntales que desde que tuvimos que separarnos, hemos estado quemándonos entre las llamas! ¿Quién podría permanecer indiferente ante el sufrimiento que estamos soportando?”. ¿Ven, queridos hermanos? ¿Escuchan a esa tierna madre, a ese dedicado padre, a todos aquellos familiares que los han atendido y ayudado?, “Amigos míos – gritan – líbrennos de estas penas, ustedes que pueden hacerlo”. Consideren, entonces, mis queridos hermanos: a) la magnitud de los sufrimientos que soportan las almas en el Purgatorio; y b) los medios que ustedes poseen para mitigarlos: vuestras oraciones, buenas acciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa (…) El fuego del Purgatorio es el mismo fuego que el del Infierno, la única diferencia es que el fuego del Purgatorio no es para siempre. ¡Oh! Quisiera Dios, en su gran misericordia, permitir que una de estas pobres almas entre las llamas apareciese aquí rodeada de fuego y nos diese ella misma un relato de los sufrimientos que soporta; esta iglesia, mis queridos hermanos, reverberaría con sus gritos y sollozos y, tal vez, terminaría finalmente por ablandar vuestros corazones. “¡Oh! ¡Cómo sufrimos!”, nos gritarían a nosotros; “sáquennos de estos tormentos. Ustedes pueden hacerlo. ¡Si sólo experimentaran el tormento de estar separados de Dios!… ¡Cruel separación! ¡Quemarse en el fuego por la justicia de Dios! ¡Sufrir dolores inenarrables al hombre mortal!, ¡Ser devorados por remordimientos sabiendo que podríamos tan fácilmente evitar tales dolores!… Oh hijos míos, gimen los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos así a nosotros, que los amamos tanto? ¿Pueden dormirse tranquilamente y dejarnos a nosotros yacer en una cama de fuego? ¿Se atreven a darse a ustedes mismos placeres y alegrías mientras nosotros aquí sufrimos y lloramos noche y día? Ustedes tienen nuestra riqueza, nuestros hogares, están gozando el fruto de nuestros esfuerzos, y nos abandonan aquí, en este lugar de tormentos, ¡donde tenemos que sufrir por tantos años!… y nada para darnos, ni una misa… Ustedes pueden aliviar nuestros sufrimientos, abrir nuestra prisión, pero nos abandonan. ¡Oh! qué crueles son estos sufrimientos… Sí, queridos hermanos, la gente juzga muy diferentemente en las llamas del Purgatorio sobre los pecados veniales, si es que se puede llamar leves a los pecados que llevan a soportar tales penalidades rigurosas”[3]. Lo que San Juan María Vianney quiere decirnos es que nuestra relación con las Almas del Purgatorio es como la relación que hay entre una persona que ve a otra, que sale corriendo envuelta en llamas de un edificio incendiándose: ¿nos quedaríamos tan tranquilos, viendo cómo esa persona se quema viva? ¿No intentaríamos, al menos, envolverla con una frazada, o realizar algo para apagar las llamas que envuelven su cuerpo? Algo similar, en el mundo espiritual, es lo que ocurre con nuestras oraciones, sacrificios, buenas obras y santas misas ofrecidas en sufragio por las almas: calmamos, verdaderamente, el dolor que experimentan las benditas almas del Purgatorio, al estar envueltas en las llamas del Purgatorio, expiando sus pecados.
         Conmemorar a los fieles difuntos no es, entonces, para el católico, un mero momento de recuerdo nostálgico del ser querido que ya no está; es el tiempo para recordar los Novísimos y para redoblar el propósito de ser misericordiosos para con los difuntos –es una de las obras de misericordia espirituales recomendadas por la Iglesia-, de manera tal de obtener él mismo misericordia para sí mismo, en la hora de su muerte. Es el momento también de aumentar su confianza en la Misericordia Divina, esperando que los seres queridos estén ya con Él, y de prepararse a su vez para el encuentro con el Justo Juez, orando, obrando la misericordia, ofreciendo misas, viviendo los Mandamientos, perdonando las ofensas, amando a los enemigos, cargando la cruz de todos los días, para así poder ir al encuentro de Jesús y, en Jesús, de los seres queridos fallecidos.


[1] De los Sermones de San Juan María Vianney.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.