viernes, 23 de septiembre de 2016

“Un hombre rico se condenó (…) un hombre pobre se salvó”



(Domingo XXVI - TO - Ciclo C – 2016)

         “Un hombre rico se condenó (…) un hombre pobre se salvó” (cfr. Lc 16, 19-31). Jesús narra la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, sus vidas y sus destinos eternos: el rico se condena en el infierno, el pobre se salva y va al cielo. Para no caer en interpretaciones apresuradas y superficiales, que condenen al rico por su riqueza y justifiquen al pobre por su pobreza, hay que tener en cuenta cuál es el sentido espiritual de la parábola, para comprender qué es lo que condena al rico, que no es su riqueza, y qué es lo que salva al pobre, que no es su pobreza. Es necesario hacer esta aclaración, porque existen interpretaciones de este pasaje que, haciendo hincapié en lo que es secundario –riqueza y pobreza de los protagonistas de la parábola-, interpretan el pasaje en un sentido contrario al Evangelio, considerando sólo los aspectos meramente materiales. En estas fallidas interpretaciones, el rico es considerado “malo” solo por el hecho de ser rico, siendo así la causa de su condenación la sola posesión de bienes materiales; a su vez, el pobre es considerado “bueno” por el solo hecho de ser pobre, siendo la pobreza la causa de su salvación. Sin embargo, hacer esta interpretación es, por un lado, simplista y falso y, por otro lado, ajena al Evangelio y a su espíritu. Como decíamos antes, ni la riqueza en sí misma es la causa de la condenación del rico Epulón, ni la pobreza es la causa de la salvación del pobre Lázaro. Con respecto a Epulón, baste decir que, en el Evangelio, hay quienes eran considerados ricos, como Zaqueo, o también José de Arimateo, el fariseo discípulo de Jesús y dueño del sepulcro donde fue depositado el Cuerpo de Nuestro Señor. También en la Iglesia hay numerosos santos, como por ejemplo el joven Pier Giorgio Frassatti, que siendo hijo de uno de los hombres más ricos de Italia, nunca renunció a su fortuna, aunque vivía pobremente porque todo lo que tenía lo daba como limosna, o el caso de Santa Isabel de Hungría, que era reina y dueña de una inmensa fortuna, pero todo lo que era suyo lo donó para construir hospitales, escuelas y albergues. Y al contrario, hay ejemplos de pobres, como Judas Iscariote, que tienen corazón de avaro. Como vemos, entonces, no es la riqueza en sí misma la que condena, como tampoco es la pobreza en sí misma lo que salva.
         Lo que salva o condena, es el modo de usar los bienes que se poseen y el estado del corazón en relación a Dios y al prójimo, que es lo que nos enseña la parábola: Epulón se condena porque en su corazón no hay amor ni a Dios, ni al prójimo; si hubiera tenido amor a Dios, se habría desprendido de algo de sus bienes materiales para socorrer a Lázaro que, en cuanto prójimo y en cuanto sufriente, es imagen viviente de Dios Hijo encarnado y crucificado. Puesto que no tiene amor ni a Dios ni a su imagen viviente, que es el prójimo, en su corazón sólo hay amor de sí mismo, de sus propios placeres y comodidades, lo cual lo pone, de modo inmediato, bajo el dominio del Príncipe de las tinieblas, y esa es la causa de su condenación. En otras palabras, Epulón se condena no por poseer riquezas, sino por no poseer amor en su corazón y por tener su corazón en las riquezas, cumpliéndose así lo que dice Jesús: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 21).
A su vez, Lázaro no se salva por la pobreza en sí misma, sino por amar a Dios y a su prójimo, demostrando el amor a Dios en la mansedumbre, paciencia y humildad con la que vive las tribulaciones permitidas por Dios para su santificación –la enfermedad, la pobreza, la soledad-, y demostrando su amor al prójimo –en este caso, Lázaro-, sin demostrarle enojo, encono ni nada parecido, por el hecho de ser Lázaro rico y él pobre y por el hecho de comportarse egoístamente con él. Es decir, Lázaro se salva porque ama a Dios y al prójimo, y no porque es pobre, o sea, no se salva por la pobreza en sí misma, sino por el amor a Dios y al prójimo que contiene su corazón.

“Un hombre rico se condenó (…) un hombre pobre se salvó”. Todos somos, en cierta medida, Epulón, en el sentido de que todos tenemos riquezas –sean materiales o espirituales- para dar y compartir con nuestros prójimos más necesitados; todos debemos ser Lázaro, porque todos debemos amar a Dios y al prójimo, si queremos salvar nuestras almas. Desprendernos de nuestros bienes materiales en favor de nuestros prójimos, enriquecernos con el tesoro más grande que tiene la Iglesia, la Eucaristía, es la enseñanza de esta parábola de Jesús.

jueves, 22 de septiembre de 2016

“Herodes trataba de ver a Jesús”



“Herodes trataba de ver a Jesús” (Lc 9,7-9). Herodes trata de ver a Jesús, dice el Evangelio, pero su deseo se origina, ante todo, por curiosidad vana y no por deseos de amistad: no sabe si es Elías, que ha resucitado, aunque está seguro que no es Juan Bautista, porque él mismo lo ha hecho decapitar. Herodes trata de ver a Jesús, y esto nos debería hacer reflexionar a nosotros, los cristianos: Herodes era un hombre que no amaba a Jesús y cuyos mandamientos no los tenía en cuenta, y sin embargo, “trataba de ver a Jesús”; ¿qué sucede con nosotros, que somos cristianos, que somos, en teoría sus discípulos y seguidores; que somos sus hermanos por el bautismo, pues tenemos a Dios por Padre, a la Virgen por Madre y a Él como hermano? ¿Qué sucede con nosotros, que estamos llamados a ser sus amigos y a corresponderle en el amor que Él nos ha demostrado muriendo por nosotros en la Cruz? ¿Tratamos de ver a Jesús? Obviamente, no nos referimos a verlo sensiblemente, corporalmente, con los ojos del cuerpo, sino que nos referimos a la luz de la fe, que ilumina al alma y que, en virtud de esta fe, sabemos que está en el sagrario, oculto en la Eucaristía, en la apariencia de pan. ¿Tratamos de “ver” a Jesús en su Presencia Eucarística? ¿Acudimos al sagrario para “ver” a Jesús oculto en la Eucaristía, con los ojos de la fe? ¿Acudimos a la Santa Misa para “ver” a Jesús que renueva su Sacrificio de la Cruz en el Altar Eucarístico? ¿Tratamos de “ver” a Jesús en la Eucaristía, para agradecerle por haber dado su vida por nosotros, para decirle que lo amamos y que deseamos contemplarlo y verlo, cara a cara, en la bienaventuranza eterna del Reino? ¿Tratamos de ver a Jesús con la luz de la fe en el sagrario? ¿No será que, en el fondo, Herodes, con todos sus vicios, defectos y pecados, tenía más amor a Jesús que nosotros, porque al fin de cuentas, él trataba de verlo, pero nosotros, en cambio, preferimos ver el mundo y sus atractivos, antes que ver a Jesús por la luz de la gracia y de la fe?

martes, 20 de septiembre de 2016

“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”


“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8, 19-21). Mientras Jesús está predicando a una multitud, le avisan que la Virgen y sus primos lo buscan y no pueden verlo precisamente a causa de la muchedumbre: “Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte”. Con respecto a este pasaje, hay que notar que la palabra “hermano” no significa, en hebreo, necesariamente, hermanos de sangre, sino que se refiere también a otro grado de parentesco, como es el ser primos. En el caso de Jesús, es verdad de fe que Jesús no tuvo hermanos biológicos, puesto que su Madre, María, tiene el doble privilegio de ser Virgen y Madre, y Él mismo es Hijo de Dios, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo y no por la naturaleza humana. Entonces, cuando le dicen a Jesús que “su Madre y sus hermanos” lo están esperando, se refieren a la Madre de Jesús, la Virgen, y a los primos de Jesús, y de ninguna manera, hacen referencia a ningún hermano biológico, que Jesús no los tenía.
Continuando con el Evangelio, en un primer momento, la respuesta de Jesús parece, si se la considera superficialmente, como si estuviera dejando de lado a su familia biológica, para reemplazarla por otra familia, porque dice que “su madre y sus hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios”, lo cual da a entender que esta es su familia y no la familia que está afuera.
Sin embargo, no es esa la intención de Jesús: lo que hace es revelar que, a partir de Él, existe una Nueva Familia, unida por los lazos del Divino Amor, el Espíritu Santo, y no por los lazos biológicos o sanguíneos, y es la Familia de los hijos de Dios, que tienen por Madre a la Virgen, por Padre a Dios y por hermano a Jesús, y que, llevados por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, cumplen la Divina Voluntad en sus vidas. Es esto lo que Jesús quiere decir cuando dice: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Además, la Virgen es la Primera en cumplir de modo perfectísimo la Voluntad de Dios, por lo que es Ella también la cabeza de esta Nueva Familia, la Familia de los hijos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica que, guiados por el Espíritu Santo, cumplen la Voluntad de Dios.

“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Esto quiere decir que nosotros, los católicos, los bautizados, estamos llamados a formar parte de la Nueva Familia de Jesús, pero para hacerlo, debemos cumplir su Voluntad, que se expresa en los Diez Mandamientos, en las Bienaventuranzas, y en los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, según el estado de vida de cada uno. Es decir, hemos sido incorporados por el Bautismo sacramental a la Familia de Jesús, pero para permanecer en esta Familia, debemos, en la vida diaria, buscar de cumplir siempre la Voluntad de Dios, y la Voluntad de Dios es que nos salvemos, y nos salvamos si vivimos en gracia.

viernes, 16 de septiembre de 2016

“Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas”



(Domingo XXV - TO - Ciclo C – 2016)

         “Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas” (Lc 16, 1-13). En este Evangelio, Jesús nos narra la parábola de un administrador, que es un mayordomo, que gobierna la hacienda de un hombre rico[1]. Luego de ser acusado de mala administración -con fundamento-, es despedido. Se encuentra por lo tanto ante el dilema de cómo vivir, pues no se siente con fuerzas para trabajar, al tiempo que se avergüenza de mendigar, aunque no se avergüenza de robar. Lo que decide hacer es llamar a los deudores de su amo, arrendadores que pagan su renta en especies y, de acuerdo con ellos, falsifica sus contratos y así engaña de nuevo a su amo. Mediante esta trampa, el mayordomo piensa hacerse amigos y protectores que puedan recibirlo bien cuando sea despedido, como una especie de “devolución de favores”. Al saberlo, dice Jesús que “el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente”.
Ahora bien, la alabanza que hace el amo de este “administrador infiel”, constituye una dificultad, puesto que, además de alabarlo el amo engañado, también parece alabarlo, al menos indirectamente, Nuestro Señor. Es por esto que surge la pregunta: ¿es así, como parece, que Jesús alaba semejante estafa? De ser así, no dejaría de causar perplejidad, puesto que esto es radicalmente contrario a su espíritu y doctrina. La respuesta es que, por un lado, con respecto a Jesús, Nuestro Señor no alaba ni al amo ni al mayordomo, porque la parábola no dice que el mayordomo haya obrado “sabiamente” –lo que correspondería al Evangelio-, sino “astutamente” -es decir, con una prudencia que no pertenece al Reino de los cielos, sino a los ideales de este mundo y al Príncipe de las tinieblas-, y esto es lo que Nuestro Señor (no el amo) quiere significar (en 8b), cuando compara a los “hijos de este siglo” –los hijos de las tinieblas- con los “hijos de la luz”, hebraísmos con que se designa a aquellos que viven siguiendo, respectivamente, los ideales de este mundo o los del mundo venidero (cfr. Ef 5, 8; 1 Tes 5, 5): “Los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz”.
Para poder dilucidar mejor la enseñanza de Jesús, lo que tenemos que considerar es que tanto el amo como el mayordomo son “hijos de este siglo”, es decir, son hombres que actúan al margen de la Ley de Dios y, obviamente, como tales, no son alabados por Jesús: el primero, el amo, se entera de que ha sido estafado, de un modo que le será difícil probar y su reacción, según afirma un autor, es la de “decidir prudentemente tratar el asunto como una broma y hace el comentario que haría cualquiera en tales circunstancias: ‘Este administrador es un estafador, pero un estafador inteligente’: “El señor –el dueño del que habla la parábola- alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente”. La alabanza implícita de Jesús es el haber “obrado hábilmente”, no la deshonestidad.
En otras palabras, lo que Jesús alaba de modo indirecto no es el robo, sino la astucia con la que obra el administrador infiel; Jesús no aprueba el mal, sino que su enseñanza es que si quienes poseen la luz de la gracia para vivir con la vista puesta en los bienes eternos –es decir, los cristianos-, mostraran al menos la agudeza y sagacidad de los que viven pensando sólo en las ventajas temporales, entonces la Iglesia obtendría resonantes triunfos en su lucha por la salvación de las almas. Lo que nos dice Jesús es que nosotros, en cuanto “hijos de la luz”, es decir, en cuanto cristianos, podemos imitar la astucia del administrador, haciendo un uso hábil e inteligente de los dones recibidos: “Gánense amigos (como él hizo para sí) mediante el dinero de la injusticia -es el equivalente a “dinero sucio”-, en orden a que, cuando éste no esté ya con vosotros, os reciban en las moradas eternas”. Nuestro Señor no condena en absoluto la posesión de las riquezas, y tampoco aprueba, ni siquiera mínimamente, un proceder a todas luces inmoral e ilícito –el del administrador infiel-, sino que pide que en esto como en cualquier otra cosa el hombre se considere como administrador de Dios y que en el obrar el bien y en el administrar los dones que  le ha sido confiado, el cristiano sea fiel pero también sagaz, inteligente -astuto, con una astucia bien entendida-, lo cual a su vez es una directa recomendación suya: “Sed mansos como palomas y astutos como serpientes” (Mt 10, 16). Jesús quiere que seamos administradores fieles y sabios, inteligentes, astutos, de los bienes que se nos ha confiado, de manera que, cuando esa administración finalice un día con la muerte y tengamos que rendir cuentas, salgamos airosos del juicio particular, y el modo de prepararnos para ese día, el día del juicio particular, es dando limosnas, según enseña la Escritura: “Dar limosna salva de la muerte y purifica de todo pecado” (Tob 12, 9); “(…) vosotros ferviente caridad; porque la caridad cubrirá multitud de pecados” (1 Pe 4, 8).
         Al comentar este pasaje, San Gregorio Nacianceno enfoca la administración de los bienes hacia los bienes terrenos y materiales, y dice así[2]: “Amigos y hermanos míos, no seamos malos administradores de los bienes que nos han sido confiados, para no tener que escuchar las siguientes palabras: “Avergonzaos, vosotros que retenéis el bien de los demás. Imitad la justicia de Dios y no habrá ya pobres”. No nos cansemos en amontonar bienes y tener reservas, cuando otros están agotados por el hambre. No nos hagamos meritorios del reproche amargo y de la amenaza del profeta Amos: “Escuchad esto, los que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente humilde, vosotros, que decís: ¿Cuándo pasará la luna nueva, para poder vender el trigo; el sábado, para dar salida al grano?” (Am 8,5). Imitemos la ley sublime y primera de Dios “que hace llover sobre justos y pecadores y hace salir el sol para todos” (cfr. Mt 5,45). Dios colma a todos los habitantes de la tierra con inmensos terrenos para cultivar, con manantiales, ríos y bosques. Para los pájaros ha hecho el aire, y el agua para todos los animales del mar. Para la vida de todos, da en abundancia los recursos esenciales que no deben ser acaparados por los poderosos, ni restringidos por las leyes, ni delimitados por fronteras, sino que los da para todos, de manera que nada falte a nadie. Así, repartiendo por igual sus dones a todos, Dios respeta la igualdad natural de todos. Nos muestra así la generosidad de su bondad... Tú, ¡pues, imita esta misericordia divina!”. En otras palabras, para San Gregorio Nacianceno, la astucia de administradores fieles, que nos pide Jesús, radicaría en hacer un uso caritativo de los bienes materiales que se nos han confiado, para ayudar a los pobres –también materiales- con los que la Divina Providencia nos haga encontrar.
Ahora bien, podríamos decir que la parábola puede referirse a la administración de otro tipo de bienes, los bienes inmateriales que se nos ha concedido, sean naturales –inteligencia, voluntad, dones, talentos innatos- como sobrenaturales –gracia bautismal, Eucaristía, Confirmación, Confesiones, etc.-, bienes todos que debemos saber aprovechar y hacerlos rendir, de modo de poder entrar en el Reino de los cielos.
“Haceos amigos con los bienes de este mundo, así os recibirán en las moradas eternas”. En definitiva, se trate de bienes materiales o inmateriales, todos deben ser puestos al servicio del Reino de Dios, para ser considerados como Jesús como “siervos buenos y fieles”, de manera tal de merecer “pasar a gozar de Nuestro Señor” (cfr. Mt 25, 23).




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 623.
[2] Homilía sobre el amor a los pobres, 24-26; PG 35, 890-891.

martes, 13 de septiembre de 2016

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz


         ¿Por qué los cristianos exaltamos y adoramos la Cruz? Aún más, ¿por qué le decimos “Santa” Cruz? La cruz era, en la Antigüedad, un instrumento de tortura, destinado a los más viles criminales y bandidos; era un signo de advertencia para todos aquellos que osaran sublevarse contra el imperio, y puesto que constituía el castigo y la muerte más cruel, era símbolo de muerte y barbarie. ¿Por qué entonces los cristianos exaltamos y adoramos la cruz?
         La respuesta es que los cristianos no adoramos ni veneramos al madero en sí mismo: no es el madero en sí, sino el Rey Cristo el que es ensalzado en su signo, en su estandarte[1]: adoramos el signo de la Cruz, veneramos la Cruz como signo litúrgico, que desde la Pasión de Cristo, significa el Misterio de la Redención, porque el Cordero se inmoló en la Cruz para nuestra salvación. Adoramos la Cruz porque la Cruz está empapada, impregnada, con la Sangre del Cordero de Dios; es a Cristo Dios, el Hombre-Dios, y a su Sangre Preciosísima, que tiñó el madero de la Cruz, a quien adoramos, exaltamos, veneramos y honramos, y le damos gracias y lo bendecimos, porque por la Santa Cruz, nos redimió, nos libró de nuestros enemigos mortales, el Demonio, el pecado y la muerte, nos concedió la filiación divina y nos abrió las puertas del cielo. Es a Cristo, el Hombre-Dios, el Hijo de Dios Encarnado, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, engendrado eternamente en el seno del Padre, que al encarnarse asumió hipostáticamente, personalmente, la naturaleza humana en el seno purísimo de María Virgen y que al nacer en el tiempo milagrosamente de la Madre de Dios, recibió el Sagrado Nombre de Jesús de Nazareth, a quien adoramos. No adoramos al madero por sí mismo, sino al signo litúrgico de la Cruz, que es Santa porque el que murió en ella, empapándola con su Sangre, es el Dios Tres veces Santo, Cristo Jesús, el Cordero “como degollado”, Cordero que está clavado en la Cruz, que se ha hecho Cruz en la Cruz[2]. Cuando veneramos y adoramos la Santa Cruz, veneramos y adoramos al Señor Jesucristo que triunfó por la Cruz y con su omnipotencia divina transformó el antiguo símbolo de castigo, dolor, desesperación, ignominia y muerte, en signo de triunfo, victoria, alegría, esperanza y gloria y vida eterna[3].
         Estas son las razones entonces por las que adoramos y veneramos la Santa Cruz: porque el Cordero de Dios fue en ella inmolado, y la impregnó con su Sangre Preciosísima, y es esta Sangre Preciosísima, que tiñe el madero de la cruz transformándola de instrumento de tortura en instrumento de redención y salvación eterna, lo que adoramos, veneramos, exaltamos y ensalzamos; es el signo litúrgico de la Cruz lo que adoramos, porque en la liturgia la Cruz se nos manifiesta no ya como el antiguo instrumento de tortura y muerte ideado por los hombres, sino como el signo visible de nuestra redención y de la vida eterna obtenidas para nosotros por Cristo Jesús, porque ya ha sido santificada por el Dios Tres veces Santo, Jesucristo. Mientras el Señor Jesucristo se eleva a las regiones celestes, luego de triunfar en el Monte Calvario, nosotros en la tierra adoramos el signo de la Santa Cruz, empapada con su Sangre Preciosísima y, postrados,  le decimos: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.




[1] Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2, 1964, 244.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

“Joven, Yo te lo ordeno, levántate”


"Jesús resucita al hijo de la viuda de Naím"
(Pierre Bouilloin)

“Joven, Yo te lo ordeno, levántate” (Lc 7, 11-17). Jesús obra un milagro de resurrección, que prueba que lo que Él dice es verdad: Él se auto-proclama como Dios –como Dios Hijo-, hace milagros que sólo Dios puede hacer, por lo tanto, es Dios. El sentido de los milagros, en general, es para que creamos en esta verdad: que Jesús es Dios Hijo encarnado y Él mismo así lo dice: “Si no me creéis a Mí, creed al menos por las obras que hago” (Jn 10, 38). Es decir, tanto los contemporáneos de Jesús, que asistían en persona a los milagros, como nosotros, que lo hacemos por el Evangelio, no tenemos excusas para no creer en la divinidad de Jesucristo, porque sus milagros, sus obras, hablan por Él y dan testimonio de su divinidad.
Pero en este caso particular, el de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, el milagro tiene también otro objetivo: por un lado, anticiparnos la resurrección final, que será del cuerpo, y es por eso que decimos, en el Credo: “Creo en la resurrección de la carne”, y esto será tanto para la salvación, como para la condenación. Por otro lado, el milagro de Jesús prefigura y anticipa otro milagro de resurrección, invisible, que es el del alma, por la gracia santificante que se dona por el Sacramento de la Penitencia: así como el cuerpo que estaba muerto recobra vida al ser unida al alma, que es su principio vital, así el alma, que estaba muerta por el pecado mortal, recobra la vida de la gracia, participación a la vida de Dios, por medio de la Confesión sacramental. También es un signo de la misericordia de Dios para con los que están afligidos, como la madre del joven, angustiada por la muerte de su hijo: del mismo modo, Jesús está en el sagrario, en la Eucaristía, para consolarnos en nuestras penas, para fortalecernos en la tribulación, para concedernos siempre el Amor misericordioso de su Sagrado Corazón Eucarístico.

“Joven, Yo te lo ordeno, levántate”. Jesús resucita al hijo de la viuda de Naím, devolviéndolo a la vida terrena, y ese mismo Jesús, está en la Eucaristía, en el sagrario, dispuesto a hacer por nosotros un milagro infinitamente más grande que el que hizo a la viuda de Naím: Jesús está en la Eucaristía para darnos algo más grande que la vida terrena, y es la vida eterna, contenida en su Sagrado Corazón Eucarístico: “Yo Soy el Pan de Vida eterna” (cfr. Jn 6, 35).

viernes, 9 de septiembre de 2016

“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (



(Domingo XXIV - TO - Ciclo C – 2016)

“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 1-32). Los escribas y fariseos murmuran contra Jesús, culpándolo del hecho de que “recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús, sabiendo por su omnisciencia divina qué es lo que están murmurando, narra dos parábolas, la de la dracma perdida y la de la oveja perdida, las cuales tienen elementos en común: algo valioso para el dueño se pierde y el dueño, luego de buscarlo, lo encuentra, se alegra por ello, y transmite a los demás la alegría de haber encontrado lo que estaba perdido; hay una tercera parábola, la del hijo pródigo, que sigue también este mismo esquema y razonamiento. ¿Cuál es la enseñanza sobrenatural que Jesús nos transmite por medio de estas parábolas? En las tres parábolas, el elemento perdido –la dracma, la oveja, el hijo pródigo- representa al hombre pecador que se aleja de su Dios y Señor, perdiéndose de su vista; en las tres parábolas, aquellos que encuentran lo que habían perdido –la mujer que barre la casa, el pastor que encuentra a la oveja, el padre que abraza a su hijo al regresar a la casa paterna- representan a Dios Padre, que se alegra cuando el hombre pecador se arrepiente del pecado y, respondiendo a la gracia de la conversión, vuelve su corazón a Dios, despegándolo de las cosas terrenas y bajas. En las tres parábolas, se repiten, tanto la idea como la expresión: “¡Felicítenme! La dracma/la oveja/mi hijo estaba perdido, y ha sido encontrado!”; es decir, en las tres parábolas se da el elemento común de la alegría del dueño al encontrar lo que estaba perdido, y en las tres se repite también la idea central, que es la pérdida de algo muy apreciado por el dueño. En las tres parábolas, el dueño busca lo que se había perdido: la luz que enciende el ama de casa para buscar la dracma, representa a Jesucristo, Luz del mundo, que ilumina con su luz divina la casa del hombre, es decir, su alma, para que el hombre pueda contemplar a Dios; el pastor que encuentra la oveja, es Jesús, Sumo y Eterno Pastor, que bajando del cielo al barranco de la tierra, en donde yace herida su oveja, el hombre, lo rescata con el cayado de la cruz, lo carga sobre sus hombros, lo cura con el aceite de la gracia y lo regresa al redil, la Iglesia Católica Peregrina en la tierra primero y el Reino de los cielos después; en la parábola del hijo pródigo, el padre no sale a buscar a su hijo, pero está presente en la mente y en el corazón de este, en el recuerdo y en el amor, y es la causa de que regrese, al sentir la nostalgia del abrazo del padre y su cariño paternal. La pérdida –de la dracma, de la oveja, del hijo pródigo- en las parábolas, simboliza una pérdida ancestral, que se remonta a los primeros padres de la humanidad, Adán y Eva, y es la pérdida de la amistad con Dios por el pecado, como consecuencia de la escucha de la voz de la Serpiente Antigua, que los tienta con una falsedad: si desobedecen a Dios y lo obedecen a él, el Demonio, “serán como dioses”. Es esta falsa promesa la que lleva a Adán y Eva a apartarse de Dios, y ese apartarse de Dios es el pecado original con el que nace todo hombre, y es también el pecado actual con el que todo hombre rompe la amistad con Dios, y es lo que está representado en las diferentes pérdidas de las parábolas.
Es decir, la perdición del hombre se origina en el pecado de Adán y Eva, que se transmite a la humanidad de generación en generación: todos los hombres, nacidos con el pecado original, cometen el mismo pecado de Adán y Eva: escuchar la voz del Demonio, dejarse seducir por sus falsas promesas –“Si desobedecen a Dios, serán como Él”- y se esconden de su Presencia. En el hombre se encuentra el “misterio de iniquidad”, que consiste en que, habiendo sido creado por Dios, para ser feliz sólo en Dios, el hombre sin embargo, haciendo mal uso de su libertad, se deja engañar por el Tentador y da las espaldas a su Dios, escondiéndose de su Presencia, deleitándose en aquello que le provoca dolor y muerte, es decir, el pecado. A su vez, en la mujer que barre y encuentra la dracma, en el pastor que sale a buscar su oveja, y en el padre que abraza al hijo pródigo, está representada la Iglesia, que sale a buscar al pecador y, cuando lo encuentra, se alegra, hace una fiesta y organiza un banquete, el sacrificio del Cordero de Dios en la cruz, y ofrece, de parte de Dios Padre, al hombre indigente un banquete celestial, consistente en Carne, Pan y Vino: la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, el Pan de Vida eterna y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna.

“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. La dracma perdida, la oveja perdida, el hijo pródigo, somos nosotros, los hombres, cuando nos extraviamos por el pecado. Cuando respondemos a la gracia de la conversión, Dios y sus ángeles se alegran en el cielo, mucho más por nuestra respuesta, que por los hombres justos, que no necesitan conversión.