viernes, 2 de diciembre de 2016

“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”


(Domingo II - TA - Ciclo A - 2016-2017)

         “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3, 1-12). Juan el Bautista predica en el desierto la necesidad de la conversión del corazón, porque “el Reino de los cielos está cerca” (…) aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Juan el Bautista predica la necesidad de la conversión, pero, ¿qué es la conversión? ¿En qué consiste? Para poder entender un poco mejor qué es la conversión pedida por la Escritura, podemos comparar al corazón con el girasol y a la conversión con el movimiento nocturno y diurno del girasol. Durante la noche, el girasol tiene sus hojas dobladas y cerradas sobre su corola la cual, a su vez, está inclinada hacia la tierra: podemos decir que es el corazón del hombre sin la conversión, cerrado en sí mismo, en su propio yo, en su propio ego; está a oscuras, porque no tiene la luz de Dios, y está inclinado hacia las cosas bajas de la tierra, porque no piensa en un destino trascendente, en algo que vaya más allá de esta vida, como la vida eterna; para este hombre no convertido, la oscuridad, el egoísmo, los placeres de la tierra, constituyen todo lo que tiene y todo lo que quiere; la noche, a su vez, es símbolo de la oscuridad que reina en su alma, como consecuencia de no conocer a Dios, que es Luz inextinguible. Esto es lo que sucede con el girasol en la noche, pero a medida que avanza la noche, cuando más oscura esta se pone, más cerca está el amanecer del nuevo día, y es así que, en el cielo, se observa una estrella resplandeciente, la más grande de todas las estrellas, la Estrella de la mañana o la Aurora, que anuncia el fin de la noche y la llegada del nuevo día; la Estrella de la mañana anticipa y precede al sol y su presencia es sinónimo de la inminente llegada del sol, que disipa las tinieblas con su luz. Esta Estrella de la mañana es la Virgen María, la Mediadora de todas las gracias, cuya llegada al alma, a la vida de una persona, anuncia la inminente llegada, a esa misma alma, de un nuevo día en su vida, el día sin ocaso, iluminado por el Sol eterno de justicia, Cristo Jesús. Cuando la Virgen llega a un alma, su llegada anticipa la llegada del Sol de justicia, Cristo Jesús, que ilumina con los rayos de su gracia las tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia, y vence las tinieblas de la muerte y a las tinieblas vivientes, los demonios, e ilumina el alma con su propia luz, inaugurando así en el alma una nueva vida, no ya caracterizada por la noche y las cosas terrenas, sino por el nuevo día, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida de los hijos de la luz. Y así como el girasol, cuando aparece la Estrella de la mañana, que anuncia el nuevo día, comienza a despegarse de la tierra y a abrir sus pétalos, para orientar su corola hacia el sol y, cuando aparece el sol, lo sigue en su recorrido por el cielo, así también el alma, que recibe la Visita de la Virgen, Estrella de la mañana, recibe la gracia de la conversión, con lo cual el alma eleva su mirada hacia Jesucristo, el Hombre-Dios, Rey de cielos y tierra. Así, el alma que se convierte, deja de estar a oscuras y fija su vista en las cosas de la tierra, para elevar la mirada del alma a Jesucristo, Rey de reyes, y a desear las cosas del cielo. Con esta figura es como podemos graficar el proceso de conversión que pide la Escritura. La conversión es despegar el corazón de las cosas de la tierra y elevar la mirada del alma al Cordero de Dios, Jesucristo, que viene a nosotros por la Eucaristía y habrá de venir, al fin del tiempo, para juzgar a la humanidad.
         ¿Es necesaria la conversión? Absolutamente, porque el mismo Jesús lo dice: “Conviértanse, porque si no, todos ustedes perecerán”. Y el “perecer”, se refiere, no a la muerte primera, terrena, sino a la muerte segunda, la “eterna condenación”, de la cual pedimos ser librados en la Plegaria Eucarística I del Misal Romano. Es decir, no es indiferente convertirse o no convertirse, porque el Hombre-Dios dará la recompensa a quien lo haga, y castigará a quien no lo haga: “Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible”. No caben interpretaciones acomodaticias: “recogerá el trigo en el granero” quiere decir que dará el cielo eterno a quienes se esforzaron para vivir en gracia y observar con fe y con amor los Mandamientos de la Ley de Dios; “fuego inextinguible” a su vez se refiere al Infierno, adonde irán las almas de los réprobos, los que libremente decidieron vivir y morir en el mal, recibiendo en el Infierno lo opuesto a lo que reciben los bienaventurados en el cielo: si los santos en el cielo ven glorificados sus cuerpos y sus almas, en el Infierno, tanto el cuerpo como el alma, reciben un castigo que consiste en una doble pena: la pena de daño, que es el sufrimiento del alma al saber que nunca más verá a Dios, y la pena de sentido, que es el dolor del cuerpo resucitado pero no glorificado del condenado, que sufre dolores inimaginables a causa, precisamente del fuego, que quema no sólo el cuerpo, sino también el alma[1].
         “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. En la voz del Bautista, la Santa Madre Iglesia nos concede, en Adviento, el tiempo y las gracias necesarias para que decidamos querer querer la conversión, como requisito para recibir en el corazón a Aquel que “bautiza en el fuego del Espíritu Santo”, Jesús Eucaristía.
        




[1] Así lo dice el Magisterio de la Iglesia pues la existencia del Infierno es un dogma y los dogmas pertenecen al depósito de la fe de una manera irreversible. Negar algún dogma significa negar la misma fe, pues supone negar la autoridad de Dios, que lo ha revelado. El dogma del Infierno: Primera proposición dogmática: “Existe el infierno, al que van inmediatamente las almas de los que mueren en pecado mortal” (De fe divina expresamente definida). Segunda proposición dogmática: “La pena de daño del infierno consiste en la privación eterna de la visión beatifíca y de todos los bienes que de ella se siguen” (De fe divina). Tercera proposición dogmática: “A la pena de daño del infierno se añade la pena de sentido, que atormenta desde ahora las almas de los condenados y atormentará sus mismos cuerpos después de la resurrección universal” (De fe divina). Cuarta proposición dogmática: “La pena de sentido consiste principalmente en el tormento del fuego” (De fe divina). Quinta proposición dogmática: “El fuego del infierno atormenta no sólo a los cuerpos, sino también a las almas de los condenados” (De fe divina). Sexta proposición dogmática: “Las penas del infierno son desiguales según el número y gravedad de los pecados cometidos” (De fe divina). Séptima proposición dogmática: “Las penas del infierno son eternas” (De fe divina). La existencia del infierno y de que es eterno, fue definido dogma de fe en el IV Concilio de Letrán. El Concilio IV de Letrán (1215) declaró: “Aquellos [los réprobos] recibirán con el diablo suplicio eterno” Dz 429; cfr. Dz 40, 835, 840. ¿En qué consisten las penas del infierno? El sufrimiento del alma por no poder ver a Dios, llamado pena de daño. El sufrimiento del cuerpo o pena de sentido.

“¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”


“¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?” (Mt 9, 27-31). Jesús se retira de un lugar y dos ciegos le comienzan a gritar, diciendo: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. Los ciegos se le acercan y Jesús les pregunta: “¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”. Ellos le responden: “Sí, Señor”. Entonces “Jesús les tocó los ojos, diciendo: “Que suceda como ustedes han creído””. E inmediatamente, según el relato del Evangelio, “Se les abrieron sus ojos”. En este episodio evangélico debemos considerar, por un lado, la fe de los ciegos y, por otro, el poder de Jesús. En cuanto a la fe de los ciegos, creen en Jesús en cuanto Mesías prometido, porque le dan un título mesiánico, que es “Hijo de David”, y cuando Jesús les pregunta si por esta fe en Él –en cuanto Dios Hijo encarnado- puede hacer lo que ellos le están pidiendo –volver a ver-, le contestan que sí, y reciben el milagro. Que la fe en Jesús sea la fe en un Jesús que es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, queda demostrado en el hecho de que creen en su poder divino, hecho por Él en Primera Persona, porque Jesús les dice: “¿Creen que Yo, que Soy Dios hecho hombre, puedo devolverles la vista?”, y ellos le contestan que sí, y esto demuestra que la fe que los ciegos tienen en Jesús no es una fe cualquiera, ni es una fe en Jesús en cuanto hombre, sino que es una fe en la Persona divina de Jesús: creen en Jesús en cuanto Persona divina, en cuanto Dios Hijo hecho hombre, que tiene el poder de Dios, necesario para devolverles a ellos la vista. De parte de Jesús, lo que hay que considerar es, precisamente, esto: en que Él es Dios Hijo encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad, Dios, que es Luz Eterna que proviene de la Luz Eterna que es el Padre, y que en cuanto Dios que Es, tiene efectivamente el poder divino, que brota de Él como de su Fuente, para devolverles la vista. Son estos dos elementos los que se unen para que Jesús obre el milagro: Él, que es la Luz Increada, les devuelva la vista a quienes viven en la más completa oscuridad.
 “¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”. La misma pregunta que Jesús les hace a los ciegos, nos las hace a nosotros, desde la Eucaristía. Entre Jesús Eucaristía y nosotros, se da la misma situación que entre Jesús y los ciegos, porque corporalmente, aunque veamos, somos ciegos, en el sentido de que no lo vemos, en la Eucaristía, con los ojos del cuerpo. Es decir, desde la Eucaristía, Jesús nos pregunta: “¿Creen que Yo Soy Dios, y que puedo hacer lo que me piden?”. Porque la inmensa mayoría de los católicos de hoy –incluidos muchos sacerdotes-, parecieran no creer que Jesús Eucaristía es Dios Hijo Encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; la inmensa mayoría de los católicos, a juzgar por su inasistencia injustificada al precepto dominical, a juzgar por el hecho de que acuden a servidores del Demonio, como brujos, hechiceros, chamanes, mano-santas, no creen que Jesús en la Eucaristía sea Dios Hijo, porque si creyeran que la Eucaristía es Dios Hijo en Persona, oculto a los ojos del cuerpo, pero visible a los ojos de la fe, no caerían en la desesperación frente a las tribulaciones, no se dejarían llevar por sus pasiones, no dejarían de asistir a la Misa dominical, no dejarían de adorar a Jesús en la Eucaristía, no acudirían a los servidores del diablo, los brujos y magos, sino que se postrarían delante de Jesús Eucaristía y lo adorarían día y noche, sin desesperarse frente a las tribulaciones de la vida, por fuertes que estas sean, y no se comportarían como protestantes, es decir, como quien no cree que la Eucaristía sea Dios Hijo en Persona.
“¿Creen que Yo Soy Dios, y que puedo hacer lo que me piden?”, nos pregunta Jesús desde la Eucaristía. Y nosotros, ¿tenemos fe católica en la Eucaristía, o tenemos fe protestante?


viernes, 25 de noviembre de 2016

El Adviento, tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá



(Domingo I - TA - Ciclo A - 2016-2017)

         ¿Qué es el Adviento? Ante todo, digamos qué es lo que NO ES el Adviento: no es un tiempo de preparación psicológica y secularizada para las fiestas de Navidad, que están totalmente secularizadas; no es una simple “memoria litúrgica” vacía de contenido; no es mera “repetición cíclica y automática de los ciclos litúrgicos de la Iglesia”, es decir, como un solo comenzar y repetir lo mismo cada año, en la misma fecha.
         Para poder aprehender el significado del Adviento, tenemos que recordar qué significa etimológicamente: “Adviento” es la traducción latina del griego “epifanía” y significa “llegada”. Dicho esto, podemos decir que el Adviento es el período litúrgico con el que la Iglesia, a la vez que inicia un nuevo ciclo litúrgico, se prepara espiritualmente para la Navidad, que es a su vez memoria litúrgica de la Primera Venida del Señor Jesús.
         Entonces, sí es verdad que Adviento comprende las cuatro semanas que preceden a la Navidad y que por lo tanto, constituye este período previo para la Navidad, pero significa algo mucho más que esto: es, ante todo, un estado habitual del cristiano, un modo de vivir del cristiano, que impregna todo el día, todos los días de su vida, hasta su muerte. Y es por esto que decimos que Adviento es mucho más que un “tiempo de preparación religiosa-psicológica para celebrar Navidad”. Veamos porqué decimos que el Adviento es un “estado habitual” para el cristiano o, también, que toda la vida del cristiano es un “Adviento” continuo.
Como dijimos, Adviento significa “venida”, o “llegada”, que en el vocabulario de la Iglesia se entiende por la venida del Mesías, el Salvador, el Redentor del mundo, el Hombre-Dios Jesucristo, por lo que “Adviento” está relacionado con la Venida de Jesucristo.
Ahora bien, Jesús, el Hijo de Dios, vino por primera vez, en la humildad de nuestra carne, asumiendo una naturaleza humana sin dejar de ser Dios, y vendrá al fin de los tiempos, glorioso y resucitado, para juzgar al mundo. Si Adviento está relacionado con la Venida de Jesús, ¿con cuál de las Dos Venidas de Jesucristo se relaciona? Hay que decir que el Adviento, como tiempo litúrgico, hace referencia a ambas Venidas, e incluso todavía a una venida intermedia, entre la Primera y la Segunda, como veremos. Hace referencia a la Primera Venida porque es el tiempo de preparación especial inmediata para la Navidad, es decir, es un tiempo en el que, como Iglesia, nos preparamos para celebrar litúrgicamente –litúrgicamente quiere decir en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios- su Primera Venida, y la disposición espiritual en este sentido, es como si no hubiera venido, aunque sabemos, obviamente, que ya vino por primera vez, y es así que en este Adviento, nos disponemos como Iglesia con la misma disposición espiritual que tenían los justos del Antiguo Testamento, que esperaban la Venida del Mesías; por otro lado, Adviento hace referencia también a la Segunda Venida en la gloria, por lo que es un tiempo para que, también como Iglesia, recordemos en el misterio de la liturgia, que habrá de venir a juzgar al mundo, al fin de los tiempos, como Justo Juez, y que por lo tanto, debemos estar “atentos y vigilantes”, como el siervo de la parábola, esperando su Segunda Venida como Supremo Juez y Rey del universo, que habrá de juzgar a toda la humanidad. Hay una tercera Venida, intermedia, y es la Venida del Señor Jesús, por el misterio de la liturgia eucarística, al alma, por la Comunión Eucarística, y esta Venida acaece o sucede en el tiempo presente.
Así vemos entonces cómo el Adviento se relaciona con las tres dimensiones temporales en las que vivimos, conectándolas a todas con el misterio pascual de Jesucristo: con el pasado, porque el tiempo de Adviento es un período litúrgico que nos invita a arrepentirnos de nuestros pecados y convertirnos, tal como instaba Juan el Bautista en el desierto a quienes esperaban al Mesías; nos anima a vivir el presente con la gracia que ya nos trajo Jesús con su Primera Venida y la renueva en cada comunión eucarística y, por último, con el futuro, porque al recordar que habrá de venir, nos hace prepararnos espiritualmente para su encuentro en la Segunda Venida y esto significa esta en estado de gracia permanente.
Podemos decir por lo tanto que la finalidad espiritual del Adviento es triple, teniendo siempre presente que no se trata de meras disposiciones de orden psicológico o moral, ni siquiera espiritual, sino de una verdadera participación, por el misterio de la liturgia, al misterio salvífico del Hombre-Dios Jesucristo, Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Esta triple finalidad es la siguiente:
La primera finalidad, es recordar y celebrar litúrgicamente el pasado, es decir, su Primera Venida y es la razón por la cual contemplamos y participamos, por la liturgia eucarística de la Santa Misa, del Nacimiento de Jesús en Belén. Como Iglesia, el tiempo previo a la Navidad no es hacer una simple memoria psicológica de lo que sucedió en Belén hace veinte siglos, sino que consiste en una verdadera participación, a través del misterio litúrgico, de la Primera Venida del Mesías, en la sencillez y humildad del Niño Dios. Un primer fin del Adviento es la conmemoración participativa de su Primera Venida y esa es la razón por la cual, en Adviento, nos ubicamos como Iglesia en los tiempos previos a su Primera Venida y nos colocamos en la disposición espiritual de quienes, en el Antiguo Testamento, esperaban la Llegada del Mesías.
La segunda finalidad es vivir el tiempo presente –nuestro aquí y ahora- en el misterio de su Presencia real, verdadera y substancial entre nosotros, que es la Eucaristía: es decir, Jesús ya vino en su Primera Venida, pero al mismo tiempo, se quedó presente entre nosotros en la Eucaristía, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” y por la Eucaristía “viene”, “llega”, “adviene” a nuestra alma, toda vez que comulgamos en gracia, con fe y con amor. Se trata de vivir esta realidad de la Presencia misteriosa del Señor Jesús que viene a nosotros en el misterio de la Eucaristía y que nos comunica de su vida divina trinitaria en la comunión. En el presente, vivimos entonces en la vida de Jesús y de la vida de Jesús, que es la vida de la gracia del Hombre-Dios, que ya vino por Primera Vez, que ha de venir por Segunda Vez en la gloria y que adviene, llega, viene, a nuestras almas, en cada Comunión Eucarística, y esta es la “Venida intermedia” a la que hacíamos referencia, es decir, su Venida al alma, cada vez, por la comunión eucarística.
Por último, la tercera finalidad del Adviento consiste en preparamos para el futuro encuentro –personal y con toda la humanidad- que se llevará a cabo con su Segunda Venida en la gloria, sea al fin de los tiempos –o también, al finalizar nuestra vida en la tierra, porque el día de nuestra propia muerte será, para nosotros, el Día de nuestro Juicio Particular, que será un pequeño “Juicio Final en miniatura”-: en otras palabras, significa que en el Adviento nos preparamos espiritualmente para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”, cuando Nuestro Señor Jesucristo venga como Señor y como Juez de todas las naciones para premiar con el Cielo a los buenos o para castigar con el Infierno a los malos, según hayan sido nuestras obras libremente realizadas.
Por esta triple finalidad, la Iglesia nos invita en el Adviento a vivir espiritualmente este tiempo litúrgico por medio del examen de conciencia, la penitencia y las buenas obras.

Con esto ya podemos responder a la pregunta inicial acerca de qué es el Adviento: no se limita a las cuatro semanas previas a Navidad, sino que es un estilo de vida o un hábito del cristiano que, como el siervo que espera a su amo con la lámpara encendida, espera al Señor Jesús, que vino por Primera Vez, que viene en cada Eucaristía y que habrá de venir por Segunda Vez, al fin de los tiempos, y el modo de vivir el Adviento –que, volvemos a repetir-, comprende toda la vida del cristiano- es por medio de la penitencia, la oración y las obras de misericordia. El Adviento es tiempo de espera del Mesías que vino, que viene y que vendrá.

“El Reino de Dios está cerca”



“El Reino de Dios está cerca” (Lc 21, 29-33). Hablando acerca de su Segunda Venida en la gloria, Jesús profetiza acerca de lo que sucederá antes de que Él vuelva: guerra, rumores de guerra, terremotos, señales en el cielo. Cuando veamos que suceden estas cosas, dice Jesús, sepamos que “el Reino de Dios está cerca”. Jesús está hablando del Día del Juicio Final y nos advierte acerca de los acontecimientos que precederán a su Venida en la gloria, para que estemos preparados, aun cuando no sabemos si viviremos en esta vida terrena cuando suceda.

         Pero la advertencia de Jesús “el Reino de Dios está cerca”, no es sólo válida para su Segunda Venida, al fin de los tiempos, sino también para todos y cada uno de nosotros, independientemente o no si habremos de vivir o no en esta vida mortal cuando suceda: su advertencia de que el Reino de Dios está cerca, es para todo aquel que, viviendo en esta vida, pase al otro mundo a través de la muerte. Es decir, el Reino de Dios está cerca, y está tan cerca, como cerca está el día ya prefijado por Dios, para la muerte de cada uno, con la consiguiente comparecencia, ante el Rey de los hombres, Cristo Jesús, Supremo y Eterno Juez.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo




(Ciclo C – 2016)

         “Pusieron una inscripción encima de su cabeza: ‘Éste es el rey de los judíos’” (Lc 23, 35-43). Al finalizar el ciclo litúrgico, la Iglesia celebra a Cristo Rey. ¿Dónde reina este Rey? Cristo reina en los cielos eternos, porque Él es el Cordero de Dios, ante quien se postran en adoración los ángeles y santos (cfr. Ap 5, 6); Cristo reina en la Eucaristía, porque la Eucaristía es ese mismo Cordero de Dios, adorado por ángeles y santos, que es adorado en la tierra y en el tiempo por quienes, reconociéndose pecadores, sin embargo lo aman y se postran en adoración ante su Presencia Eucarística; Cristo reina en la Cruz, y así reza el letrero puesto por Pilato: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Lc 23, 35-43), y así lo canta y proclama, con orgullo, la Santa Iglesia Militante: “Reina el Kyrios en el madero”. Pero Cristo Rey quiere reinar en los corazones de los hombres, de todos los hombres del mundo, de todos los tiempos, y es por eso que quiere ser entronizado en sus corazones. Él es el Rey del Universo visible e invisible, y todo está en sus manos, pero lo que más desea es el corazón y el amor de los hombres, tal como se lo dijo a Santa Gertrudis: “Nada me da tanta delicia como el corazón del hombre, del cual muchas veces soy privado. Yo tengo todas las cosas en abundancia, sin embargo, ¡cuánto se me priva del amor del corazón del hombre!”[1]. Cristo Dios se deleita, no con los planetas ni las estrellas, y ni siquiera con los ángeles, sino con el amor de nuestros corazones, pero se ve privado de ese deleite cuando su trono, que es nuestro corazón, está ocupado por alguien o algo que no es Él. Jesús quiere ser entronizado como Rey en nuestros corazones, pero antes debe el hombre humillarse ante Jesús y reconocerlo como a su Dios, su Rey y Salvador, como único modo de poder desterrar de su corazón a los ídolos mundanos, el materialismo, el hedonismo, el relativismo, y el propio yo, que ocupan el lugar que en el corazón humano le corresponde solamente a Cristo Rey.
         Nuestro Rey, Cristo Jesús, el Hombre-Dios, el Cordero de Dios, reina en los cielos, reina en la Cruz, reina en la Eucaristía, y quiere reinar en nuestros corazones, pero para que Él pueda reinar en nuestros corazones, debemos ante todo destronar a los falsos ídolos entronizados por nosotros mismos y que ocupan el lugar que le corresponde a Jesucristo, y de todos estos falsos ídolos, el más difícil de destronar es nuestro propio “yo”. Este falso ídolo, que somos nosotros mismos, ocupa en nuestros corazones el puesto que sólo le corresponde a Cristo Rey y nos damos cuenta de que reina este tirano que es nuestro yo, cuando a los mandamientos de Cristo –perdona setenta veces siete, es decir, siempre; ama a tus enemigos; sé misericordioso; carga tu cruz de cada día; vive las bienaventuranzas; sé manso y humilde de corazón-, le anteponemos siempre nuestro parecer, y es así que ni perdonamos ni pedimos perdón; no amamos a nuestros enemigos; no cargamos nuestra cruz de todos los días, no somos misericordiosos, no vivimos las bienaventuranzas, somos soberbios y fáciles a la ira y el rencor. De esa manera, demostramos que quien reina y manda en nuestros corazones somos nosotros mismos, y no Cristo Rey, que por naturaleza, por derecho y por conquista, es nuestro Rey.
         Al conmemorar a Cristo Rey del Universo, por medio de la Solemnidad litúrgica, para asegurarnos de que verdaderamente nuestros labios concuerdan con nuestro corazón, destronemos a los falsos ídolos que hemos colocado en nuestros corazones, el más grande de todos, nuestro propio “yo” y luego sí postrémonos delante de Cristo Rey en la Cruz y en la Eucaristía, adorándolo, dándole gracias y amándole con todo el amor del que seamos capaces. Sólo así daremos a Nuestro Rey, Jesús Eucaristía, el honor, la majestad, la alabanza, la adoración y el amor que sólo Él se merece.





[1] http://www.corazones.org/santos/gertrudis_grande.htm

miércoles, 16 de noviembre de 2016

“Hagan fructificar sus talentos”



“Hagan fructificar sus talentos” (Lc 19, 11-28). Con la parábola de un hombre “de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real” y que entrega “cien monedas de plata” a sus servidores para que las hagan fructificar, Jesús nos advierte acerca de la necesidad imperiosa, de los cristianos, de poner a su servicio los dones –naturales y sobrenaturales- que Él nos dio, para la salvación de las almas.
Las cien monedas de plata representan los dones, talentos, virtudes y toda clase de bienes, tanto naturales –como la inteligencia, la memoria, la voluntad, la practicidad, etc.- como sobrenaturales –el bautismo, la comunión eucarística, la confirmación, etc.- con los cuales Él nos dotó en su Iglesia, y que deben ser puestos al servicio de la Iglesia para la salvación de las almas. Nadie, en absoluto, puede excusarse, diciendo: “Yo no tengo dones, no puedo hacer nada en la Iglesia”, porque eso no es verdad, desde el momento en que todos, absolutamente todos los cristianos, por el solo hecho de ser bautizados, ya tenemos el don de ser hijos de Dios y no meras creaturas. Si alguien dice tal cosa –“no tengo dones”-, lo único que hace es escudarse en una falsa humildad, para justificar su pereza y su acedia. Ser humildes no significa decir “no tengo dones”, “no sirvo para nada”; por el contrario, significa reconocer cuáles son los dones, talentos, virtudes, etc., con los cuales Dios me ha dotado, y ponerlos efectivamente al servicio de la Iglesia, pero no para cualquier cosa, sino para la salvación de las almas, que es el objetivo primordial, y sin buscar el aplauso y los honores de los hombres y del mundo, sino solo el ser vistos por Dios Padre.

“Hagan fructificar sus talentos”. Jesús nos advierte, porque cuando Él llegue en su Segunda Venida, nos pedirá cuenta de todos y cada uno de los dones que nos ha dado. Que nos recompense o que nos castigue y quite lo que aún creíamos tener, depende de nuestra libertad.

martes, 15 de noviembre de 2016

“Hoy tengo que alojarme en tu casa”



“Hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19, 1-10). Al comentar el pasaje del Evangelio en el que Jesús encuentra a Zaqueo, Santa Isabel de la Trinidad establece una analogía según la cual la casa material de Zaqueo y Zaqueo mismo es ella, de manera que el diálogo que se entabla entre Jesús y Zaqueo es el diálogo entre Jesús y ella[1]. Dice así: “Como a Zaqueo, mi Maestro me ha dicho: “Apresúrate, desciende, que quiero alojarme en tu casa”. Apresúrate a descender, pero ¿dónde? En lo más profundo de mí misma”. Santa Isabel de la Trinidad hace una analogía entre ella y Zaqueo y entre la casa de Zaqueo y su propia alma, mientras que el descenso de Zaqueo del árbol, es el descenso que ella misma hace “hasta lo más profundo de ella misma”, con lo cual, el encuentro que se verifica entre Jesús y Zaqueo, en la casa material de este último, se verifica en el alma de –la casa espiritual- de Santa Isabel de la Trinidad. Ahora bien, puesto que Zaqueo ya ha recibido la gracia de la conversión, parte de la cual es desprenderse de los bienes materiales a los que estaba aferrado antes de conocer a Jesús, esto mismo se verifica también en Santa Isabel, aunque en relación a los bienes espirituales, que comienzan por el apego que el alma tiene a sí misma. Dice así la santa: “(entrar en la casa-alma) después de haberme negado a mí misma (Mt 16, 24), separado de mí misma, despojado de mí misma, en una palabra, sin yo misma”. Es decir, así como Zaqueo demuestra su conversión, fruto del encuentro con Jesús, la santa demuestra esta conversión en el deseo de despojarse de sí misma, para que Jesús sea todo en ella.
         Luego, al analizar la frase de Jesús “Hoy tengo que alojarme en tu casa”, Santa Isabel interpreta el pedido de Jesús –el Hombre-Dios- como el deseo de Dios Uno y Trino de inhabitar, por la gracia y el amor, en el alma de todo ser humano: “Es necesario que me aloje en tu casa”. ¡Es mi Maestro quien me expresa este deseo! Mi Maestro que quiere habitar en mí, con el Padre y el Espíritu de Amor, para que, según la expresión del discípulo amado, yo viva “en sociedad” con ellos, que esté en comunión con ellos (1Jn 1, 3)”. De estas palabras se deduce que hay una profundización en el amor hacia Santa Isabel en relación a Zaqueo, porque si en el caso de Zaqueo entró sólo el Hombre-Dios Jesús y lo hizo sólo en su casa material, ahora, en Santa Isabel, junto con Jesús, Persona Segunda de la Trinidad, vienen a la casa de Santa Isabel, su alma, junto con Jesús, el Padre y el Espíritu Santo. Son las Tres Divinas Personas las que quieren entrar en el alma de Santa Isabel y hacer morada en ella. La santa confirma este pensamiento, citando a San Pablo, en donde el  Apóstol se refiere a los bautizados como “miembros de la casa de Dios”: “Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois miembros de la casa de Dios”, dice san Pablo (Ef 2, 19). He aquí como yo entiendo ser “de la casa de Dios”: viviendo en el seno de la apacible Trinidad, en mi abismo interior, en esta “fortaleza inexpugnable del santo recogimiento” de la que habla san Juan de la Cruz...”. “Ser de la casa de Dios” es, para Santa Isabel, ser el alma en gracia “la casa de Dios Uno y Trino”, de las Tres Divinas Personas.
         El alma en la que inhabite la Santísima Trinidad, será “bella”, con una belleza sobrenatural y descansará en Dios Trino, viviendo no ya en el tiempo y en el espacio humanos, sino en la eternidad de Dios, aun si continúa viviendo en el tiempo terrestre, y en la inhabitación de la Trinidad en lo más profundo de su ser, el alma se transformará en el “resplandor de su gloria”: “¡Oh qué bella es esta criatura  así despojada, liberada de ella misma!... Sube, se levanta por encima de los sentidos, de la naturaleza; se supera a ella misma; sobrepasa tanto todo gozo como todo dolor y pasa a través de las nubes, para no descansar hasta que habrá penetrado «en el interior» de Aquel que ama y que él mismo le dará el descanso... El Maestro le dice: “Apresúrate a descender”. Es así como ella vivirá, a imitación de la Trinidad inmutable, en un eterno presente..., y por una mirada cada vez más simple, más unitiva, llegar a ser “el resplandor de su gloria” (Heb 1,3) o dicho de otra manera, la incesante “alabanza de gloria”» (Ef 1, 6) de sus adorables perfecciones”. Para Santa Isabel, entonces, el episodio evangélico del encuentro entre Jesús y Zaqueo no solo se actualiza en su alma, sino que se profundiza hasta un nivel insospechado, el de la transformación del alma en el “resplandor de la gloria” de Dios Trino.




[1] Último retiro, 42-44.