lunes, 29 de agosto de 2016

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo”


“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo” (Mt 13, 44-46). Jesús compara al Reino de los cielos con un hombre que encuentra un tesoro escondido en un campo y, para poder adquirir el tesoro, va y vende todo lo que tiene y compra el campo. Como en todas las parábolas de Jesús, los personajes y elementos de la misma, tomando situaciones de la vida humana, hacen referencia a la vida sobrenatural. El hombre que encuentra el tesoro es un hombre cualquiera que, un día cualquiera, sin esperarlo siquiera, recibe la gracia de la conversión y es esta gracia la que está representada en el hecho del descubrimiento del tesoro; el tesoro es la vida de la gracia, la vida que hace al alma partícipe de la vida divina de Dios Uno y Trino, pero también es la Eucaristía, porque el mayor bien –el único- que tiene la Iglesia, no es ni el oro ni la plata, sino la Sagrada Eucaristía; los bienes que el hombre vende para poder adquirir el campo, son los pecados, los vicios, y todo lo malo, que aparta al hombre de Dios y de la comunión de vida y amor con Él.

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo”. En ese hombre que descubre el tesoro escondido, estamos representados los cristianos, que hemos recibido la gracia de pertenecer a la Iglesia Católica, la única Iglesia verdadera del Único Dios Verdadero, Dios Uno y Trino, y esta Iglesia a la que pertenecemos, posee un tesoro de valor incalculable, la Eucaristía, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Estamos representados en el hombre que descubre el tesoro en el campo, pero, ¿vendemos verdaderamente todo lo que tenemos, es decir, luchamos contra el pecado y contra todo lo que nos aparta de la gracia, para quedarnos con el tesoro, que es la Eucaristía? ¿O más bien, haciendo al revés que el hombre de la parábola, nos quedamos con los bienes que poseemos y no los vendemos, porque en el fondo, preferimos la vida del hombre viejo, con sus concupiscencias, antes que la vida del hombre nuevo, que vive sólo del Pan Vivo bajado del cielo?

viernes, 26 de agosto de 2016

“Cuando des un banquete…”


(Domingo XXII – TO - Ciclo C - 2016)

         “Cuando des un banquete…” (Lc 14, 1.7-14). Jesús es invitado a comer en casa de uno de los principales fariseos; al llegar, Jesús observa cuidadosamente la actitud de los invitados, y ve cómo todos “buscan los primeros puestos”. lo cual constituye una muestra de soberbia y vanidad, pues lo que pretenden, al buscar los primeros puestos, es aparentar ante los demás, recibir sus honores y ser admirados, además de congraciarse con los más poderosos, despreciando a los humildes. A partir de esta actitud, Jesús da dos recomendaciones: no buscar nunca los primeros puestos, sino los últimos, e invitar a quienes “no puedan retribuirnos”, y esto último lo hace por medio de una parábola. Contrariamente a lo que pudiera parecer, Jesús no nos está simplemente animando a ser buenos y educados –que sí hay que serlo-; tampoco nos está dando lecciones de urbanidad –que sí hay que tenerlas-, como el de no ocupar nunca los puestos principales; tampoco nos recomienda tener un simple gesto de solidaridad y de generosidad humana –que sí hay que tenerlos-. El objetivo de la parábola, por la cual nos advierte que debemos invitar a aquellos que no pueden devolvernos el convite porque nada tienen, es darnos una enseñanza cuyo contenido es sobrenatural y por lo tanto, infinitamente más profundo que una mera lección de modales de urbanidad.
¿De qué enseñanza sobrenatural se trata? En realidad, al pedirnos que nos comportemos como el dueño de un banquete que invita a quienes no pueden retribuirle, Jesús nos está aconsejando que imitemos a Dios Padre en su Amor misericordioso, porque es Dios Padre quien da un banquete –suculento, exquisito- a los pobres, lisiados, miserables, que somos nosotros y que no tenemos con qué retribuirle; es Dios Padre quien nos sirve un manjar de sabor exquisito en la Santa Misa y nos invita a este banquete, sin que podamos, de ninguna manera, retribuirle lo que nos convida. ¿En qué consiste este banquete suculento, de manjares exquisitos, servidos por Dios Padre para nosotros en cada Santa Misa? Este banquete celestial consiste en Carne, Pan y Vino: Dios Padre nos sirve la Carne del Cordero de Dios, inmolada en el altar de la Cruz y asada en el Fuego del Divino Amor en la Resurrección, el Cuerpo de Jesús resucitado en la gloria; acompaña a esta Carne del Cordero un Pan exquisito, el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, y lo que se bebe en este manjar celestial, es un Vino delicioso, que embriaga al alma con la dulzura del Amor de Dios, un Vino exquisito, que no puede ser producido por ningún viñedo de la tierra, porque este Vino que nos sirve Dios Padre está hecho con el fruto de la Vid Verdadera, triturada en la vendimia de la Pasión, la Sangre Preciosísima del Señor Jesús, derramada en la cruz y vertida en el cáliz del altar eucarístico y que contiene, en sí misma, al Espíritu de Dios. Es un manjar tan exquisito, tan delicioso, que es imposible de apreciar por los hombres.

“Cuando des un banquete…”. Dios Padre nos invita a su banquete celestial, la Santa Misa, y nosotros no podemos retribuirle. Aunque, pensándolo bien, sí podemos retribuirle a Dios Padre el banquete que nos sirve, y es ofreciéndole nosotros, por manos del sacerdote ministerial, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía. Y es tan alto el precio de lo que le ofrecemos al Padre, la Eucaristía que, incluso, si Dios no nos debe, quedamos a mano. 

jueves, 25 de agosto de 2016

“El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes”


“El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes” (Mt 25, 1-13). Jesús compara al Reino de los cielos con un esposo que viene de sus bodas nupciales, ya entrada la noche, y cuando llega, es recibido sólo por cinco de las diez vírgenes, porque son las únicas que tienen aceite para alumbrarse en la noche y ver cuando el esposo llegue; una vez que llega, el esposo entra en la casa con las vírgenes prudentes, mientras que a las necias las deja afuera. Una vez más, aquí tenemos que ver, en esta parábola de Jesús, cuáles son las realidades sobrenaturales representadas en la misma. El Esposo que regresa ya entrada la noche es Jesucristo, que es llamado “Esposo” de la Iglesia Esposa y, por la Encarnación del Verbo con la humanidad, Esposo de las almas; la noche, representa el estado del mundo y de las almas al momento del regreso de Jesús para el Día del Juicio Final: la noche representa la ausencia de fe en las almas, y es por eso que Jesús pregunta: “Cuando regrese el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”; se está refiriendo a un estado de ateísmo generalizado en la humanidad, que habrá suplantado a Dios por el hombre en su corazón; las vírgenes representan a las almas; las lámparas con aceite y con llama encendida por la mecha, significan a las almas en estado de gracia santificante –el aceite-; con su humanidad casta y pura, que es la mecha limpia que con su pureza permite la circulación del aceite para luego inflamarse con el fuego; y con la luz de la fe –que es lo que significa la llama de la lámpara-; la casa en donde entra el Esposo con las vírgenes prudentes, significa la Casa del Padre, el Reino de los cielos, y el ambiente de fiesta y alegría pura que se vive en ella, significa la alegría que experimentan los bienaventurados en el cielo por la contemplación de Dios Trino y el Cordero. A su vez, las vírgenes necias, que no tienen aceite porque, por pereza, se durmieron y no fuero a “proveerse de aceite”, significan las almas que, por pereza espiritual, descuidaron el estado de sus almas y, cayendo en el sopor de la indiferencia, fueron cometiendo pecado venial tras pecado venial, hasta el pecado mortal, que es lo que significa las lámparas sin aceite, porque el alma no tiene la gracia y tampoco la ilumina la luz de la fe; el hecho de que la “puerta se cierra”, quedándose ellas afuera de la sala nupcial, significan las almas que, al morir en pecado mortal, quedan irremediablemente afuera del Reino de Dios.
Nuevamente, Jesús nos advierte: “Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”. Seamos como las vírgenes prudentes, es decir, que nuestras almas estén llenas con el aceite de la gracia y que la luz de la fe en Cristo Jesús nos ilumine en las siniestras tinieblas en las que el mundo sin Dios se ha sumergido, para que cuando llegue el Esposo, Nuestro Señor Jesucristo, salgamos a su encuentro y seamos llevados al salón nupcial, el Reino de Dios.


miércoles, 24 de agosto de 2016

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor”


“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor” (Mt 24, 42-51). Jesús nos presenta una parábola en la que un señor, dueño de casa, regresa luego de un viaje de manera imprevista y se encuentra con dos tipos de servidores distintos: uno bueno, que al momento de la llegada de su señor lo está esperando y está trabajando, y uno malo que, por el contrario, no solo no hace su trabajo, sino que se dedica a comer y a beber y a comportarse mal. Para entender esta parábola, debemos tener en cuenta que cada elemento de la parábola representa un elemento sobrenatural: el “dueño de casa” no es otro que Él, Jesús, el Hombre-Dios que, como Él lo dice, “vendrá a la hora menos pensada”, tanto a nuestra vida personal, como en el final de la historia de la humanidad: “Estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada”; el premio dado al servidor fiel, es el Reino de los cielos; el castigo al servidor malo y perezoso, es el infierno, que es la realidad que designa la expresión usada por Jesús: “afuera (del cielo), en donde habrá llanto y rechinar de dientes (ausencia de felicidad y dolor)”; los servidores, que son dos, somos nosotros, pero el ser un “servidor fiel y previsor”, a quien su señor “lo encuentra, al llegar, ocupado en su trabajo” o ser un “servidor malo”, perezoso, glotón y ebrio, que golpea a los demás, depende de cada uno de nosotros, de nuestras obras libremente realizadas. Entonces, con la imagen de dos tipos de servidores distintos, Jesús grafica tanto su Llegada a nuestras vidas personales, el día de nuestra muerte, en el que recibiremos nuestro Juicio Particular, como al Día del Juicio Final, en el que Él juzgará a toda la humanidad, para dar a cada uno lo que cada uno se mereció libremente con sus obras, y es para estos encuentros, cara a cara, persona a persona con Jesús, para lo que debemos prepararnos.
La pregunta por lo tanto es: ¿de qué manera nos constituimos en “servidores fieles”, para que cuando Jesús llegue, nos dé el premio de la vida eterna? Viviendo en gracia, procurando obrar la misericordia, poniendo nuestros talentos al servicio de la Iglesia para la salvación de las almas. Por el contrario, si no nos preocupamos, ni por vivir en gracia, ni por obrar la misericordia, nos convertimos en el servidor malo y perezoso, que queda fuera del banquete del Reino.

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor”. Jesús nos advierte para que estemos prevenidos, porque no sabemos cuándo será Su Llegada a nuestra vida personal, cuando lo veremos cara a cara. Es para ese encuentro, que debemos tener el corazón en gracia y con amor a Dios, y con las manos llenas de obras de caridad.

martes, 23 de agosto de 2016

“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que descuidan la justicia, la misericordia y la fidelidad!”


“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, que descuidan la justicia, la misericordia y la fidelidad!”. Jesús se queja de los fariseos, que eran personas religiosas, y les reprocha que justamente ellos, que son religiosos, se han olvidado de lo esencial de la religión: la justicia, la misericordia y la fidelidad. La religión es la relación con Dios, que es Uno y Trino, y así como sucede entre humanos que, cuando se quiere entablar una relación de amistad, se debe tener valores en común –“lo semejante llama a lo semejante”-, dice Aristóteles, así también con Dios, el hombre debe tener en común con Dios aquello que distingue a Dios, que es la justicia, la misericordia y la fidelidad. Dios es Justo, de lo contrario, si fuera in-justo, sería imperfecto y por lo tanto dejaría de ser Dios, que es infinitamente perfecto; Dios es misericordioso y, aún más, es la misericordia en Persona y fuente de toda misericordia; Dios es fiel, porque la fidelidad es una característica de la perfección del Ser divino trinitario. Por lo tanto, si el hombre quiere ser religioso, es decir, si quiere establecer un diálogo de amor y una comunión de vida con las Tres Divinas Personas, debe ser –o, al menos, tratar de ser- justo, misericordioso y fiel. De lo contrario, es decir, si el hombre es injusto, inmisericordioso e infiel, no puede entablar una relación religiosa con Dios y, aunque se vista como religioso, aunque vaya al templo todos los días, aunque lea la Palabra de Dios todos los días, sus actos de religión no le valen de nada ante Dios, porque no son agradables a Dios.
“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, que descuidan la justicia, la misericordia y la fidelidad!”. Debemos tener en cuenta que el reproche de Jesús no se dirige a ateos, es decir, a quienes no creen en Dios; no se dirige a quienes no frecuentan el templo: se dirige a hombres religiosos, los fariseos, que están en el templo todo el día, pero que a pesar de eso, se han olvidado –han dejado de lado- lo que, por estar en el templo, deberían tener en primer lugar: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Siendo religiosos, se han vuelto injustos, carentes de misericordia, e infieles a Dios, porque lo han abandonado por el culto de sí mismos.
“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, que descuidan la justicia, la misericordia y la fidelidad!”. Jesús califica duramente a los fariseos, llamándolos “hipócritas”, pero no debemos creer que ese reproche se limita solo a ellos, porque como cristianos, formamos el Nuevo Pueblo Elegido, y si no somos justos, misericordiosos y fieles a Dios, también a nosotros nos cabe el mismo reproche y la misma advertencia de Jesús: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, que descuidan la justicia, la misericordia y la fidelidad!”. Para que Jesús no nos tenga que reprochar como a los fariseos, tenemos que procurar ser justos –es una injusticia, por ejemplo, que un cristiano ame más al dinero que a Dios-, misericordiosos –practicando las obras de misericordia que nos indica la Iglesia- y fieles –sobre todo a Dios, no abandonando la Misa dominical por las distracciones mundanas-.


viernes, 19 de agosto de 2016

“Traten de entrar por la puerta estrecha"



(Domingo XXI - TO - Ciclo C – 2016)

“Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán” (Lc 13, 22-30). ¿Adónde hay que entrar? Al Reino de los cielos. ¿Por dónde? Por la “puerta estrecha”. ¿Qué es esa “puerta estrecha”? Es Jesús mismo, según la propia definición que da Él de sí mismo: “Yo Soy la Puerta”. Pero resulta que esta Puerta está en la cruz, y es por eso que, todo aquel que quiera acceder al Reino de los cielos y al seno eterno del Padre, tiene que subir a la cruz. Jesús crucificado es la Puerta abierta al Reino de los cielos, porque su Corazón ha sido traspasado por la lanza del soldado romano, y es por esa Puerta abierta, que es su Corazón abierto por el acero de la lanza, por donde debemos entrar los cristianos, si queremos llegar al Reino de Dios. No hay otra puerta ni otro acceso al Reino de Dios sino es por la Puerta de Dios, el Sagrado Corazón de Jesús traspasado por la lanza.
“Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán”. La Puerta por la que se entra al Reino es estrecha, porque es el Corazón traspasado de Jesús, cuya herida abierta ha sido provocada por el frío y duro acero de la lanza. Es una Puerta estrecha, porque la herida es pequeña, aunque lo suficientemente grande como para que se derrame sobre las almas el océano infinito de amor misericordioso y eterno que inflama al Corazón de Jesús, pero es una herida pequeña cuando de entrar por ella se trata: para entrar al Sagrado Corazón de Jesús, hay que pasar por la herida abierta de su costado y por ahí no puede pasar quien está inflado por el orgullo; por la herida abierta del Corazón traspasado de Jesús no puede pasar quien está henchido por la soberbia y el amor propio. Por esta Puerta estrecha no se puede pasar cargado de bienes materiales, de oro, de plata, de afición a la concupiscencia carnal; por esta Puerta se ingresa a un camino, a un sendero estrecho, en subida, difícil de transitar, porque además de ser en subida, se debe cargar la cruz de todos los días; es un sendero arduo, a cuyos lados hay filosas piedras y plantas espinosas que arrancan jirones de piel y provocan heridas cortantes a quienes, por el peso de la cruz, trastabillan y caen; es un sendero que es imposible de extraviarse, porque es único, en subida y porque está señalado su recorrido por la Sangre Preciosísima del Cordero, que va delante de todos, y que cae a borbotones de su Cuerpo herido; este sendero, al que conduce la Puerta estrecha, finaliza en la cima de un monte, el Monte Calvario, en donde se da muerte al hombre viejo, para que pueda nacer el hombre nuevo, el hombre nacido de lo alto, del agua y del Espíritu, el hombre que vive con una vida nueva, la vida de los hijos de Dios, la vida de los hijos de la Luz; el que entra por la Puerta estrecha, carga la cruz hasta el Calvario, muere al hombre viejo y nace al hombre nuevo, y así está listo para emprender la Pascua, el “paso” de esta vida a la otra, a algo más grande que el Reino de los cielos, el seno del eterno Padre, al que llega, conducido por el Hijo, en el Amor del Espíritu Santo.

“Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán”. Si Jesús nos ofrece pasar por una Puerta estrecha, que es su Corazón traspasado, el mundo también nos ofrece una puerta, pero se trata de una puerta distinta a la de Jesucristo: es una puerta ancha, fácil de traspasar; una puerta que conduce a un camino pavimentado, fácil de recorrer, un camino en donde no hay que negarse ningún placer terreno, un camino en el que todas las pasiones y todas las concupiscencias son satisfechas, un camino fácil de recorrer porque no hay que llevar el peso de la cruz, la cual se abandona a los costados del camino, un camino atractivo, lleno de luces de colores, de pantallas de televisión que ofrecen programas sensuales, en donde todos ríen a carcajadas por los dobles sentidos, un camino en donde no hay necesidad de pensar ni en Dios ni en su Mesías, porque aquí no tienen importancia sus Mandamientos, y por lo tanto tampoco importa el prójimo con sus necesidades, sino que lo único que importa es el “yo” egoísta y mezquino, que sólo piensa en sí mismo; un camino en el que todo el mundo es feliz, con una felicidad pasajera, hecha de risotadas y carcajadas que se ríen de lo sagrado y de todo lo bueno, pero que termina en llanto inconsolable, cuando el camino empieza a deslizarse hacia abajo y finaliza en un gran abismo de fuego, del que nadie sale nunca más, y en donde no existe el Amor de Dios, porque Dios, que es Amor, está ausente con su Amor, aunque está Presente con su implacable Justicia Divina, y en donde los condenados y los ángeles caídos, llenos de odio implacable a los que caen en este abismo, son la compañía eterna de quienes no quisieron entrar por la Puerta estrecha, el Corazón traspasado de Jesús.

viernes, 12 de agosto de 2016

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”



(Domingo XX - TO - Ciclo C – 2016)

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49-53). ¿Qué clase de fuego es el que ha venido a traer Jesús? Ya en el Antiguo Testamento, Dios había mandado fuego sobre la tierra, como en la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra (cfr. Gn 19, 24), debido a los pecados de impureza de sus habitantes. ¿Es este fuego el que ha venido a traer Jesús? ¿Es el fuego destructor, material, que arrasa con los cuerpos, con las casas, con la vegetación, con los animales, con la naturaleza toda? Además, según las palabras de Jesús, es un fuego que “debe arder sobre toda la tierra”, es decir, es un fuego de alcance universal. Y si estamos, como se puede comprobar día a día, en una situación en la que se ha universalizado el pecado de Sodoma y Gomorra, ¿se trata acaso del deseo de destrucción del mundo por parte de Dios, teniendo en cuenta esta situación de corrupción moral generalizada, que abarca a todo el planeta? ¿Quiere Dios destruir el mundo, no ya por un Diluvio Universal, sino por un fuego de alcance universal?
La respuesta a estas preguntas es que el fuego que ha venido a traer Jesús no es un fuego conocido por el hombre; no es un fuego destructor; no es un fuego material; no es un fuego que provoca dolor; no es un fuego que consume la materia y la convierte en carbón y cenizas. El fuego que ha venido a traer Jesús y que “ya quiere verlo ardiendo”, es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo; es el Amor de Dios que une al Padre y al Hijo desde la eternidad y que Él quiere enviarlo sobre el mundo; es el Fuego que incendia las almas en el Amor de Dios; es el Fuego que convierte los corazones de los hombres, secos como la leña o como la hierba al sol, en carbones ardientes, en teas llameantes, que arden en el Amor Divino; es un Fuego celestial, sobrenatural, jamás visto y que no tiene las propiedades destructoras del fuego material, sino que se trata de un fuego que ilumina, vivifica con la vida de Dios y comunica el Amor de Dios a aquel que es alcanzado por sus llamas.
La otra pregunta a responder es: ¿dónde está ese Fuego que ha venido a traer Jesús? Está en su Sagrado Corazón, envolviéndolo con sus llamas, y es el Espíritu Santo. El Fuego que ha venido a traer Jesús es el Espíritu Santo, el Amor Divino, con el que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre desde la eternidad. Es el Fuego de Pentecostés que incendia los corazones en el Amor de Dios y que, inhabitando en el Corazón de Jesús, es transportado, vehiculizado, por su Sangre Preciosísima. Es éste el Fuego que Jesús ha venido a traer al mundo y que “ya desea verlo ardiendo”: es un fuego espiritual, que ha de incendiar las almas y los corazones.
¿Y de qué manera enviará Jesús este Fuego al mundo, a las almas, a los corazones de los hombres? Él mismo lo dice, y es cuando, elevado en la Cruz –“Tengo que recibir un bautismo”, el bautismo de su Sangre-, su Sagrado Corazón sea traspasado y al ser traspasado, se produzca la efusión de su Sangre Preciosísima, Sangre que porta al Espíritu de Dios, Fuego de Amor Divino, que al caer en los corazones humanos secos como el leño, es decir, sedientos del Amor de Dios se conviertan, al contacto con la Sangre del Cordero, en brasas incandescentes que comienzan a arder, a brillar y a iluminar con la luz, el calor y el ardor del Divino Amor.
“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”. El Fuego que ha venido a traer Jesús es el Espíritu de Dios y está contenido en su Sagrado Corazón Eucarístico, y cada vez que comulgamos, Jesús quiere aplicar este fuego a nuestros corazones, y son nuestros corazones los que Jesús “quiere ya ver ardiendo”, y si estos no arden al contacto con la Eucaristía –o Carbón Ardiente o Ántrax, como lo llamaban los Padres, porque es la Humanidad de Cristo inhabitada por el Espíritu Santo-, es porque nuestros corazones son tibios, es decir, son corazones duros y fríos como la roca, en donde el fuego no puede aplicar. Que la Virgen convierta nuestros corazones en madera reseca, para que al contacto con la Eucaristía, se conviertan en brasas ardientes que irradien el Fuego del Amor de Dios, el Fuego que Jesús quiere ya ver ardiendo en nuestras almas.