domingo, 23 de enero de 2011

El pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado


“El que blasfeme contra el Espíritu Santo jamás será perdonado” (cfr. Mc 3, 22-30). Los fariseos acusan a Jesús de estar endemoniado, y de arrojar los demonios con el poder de Belcebú. Además de ser un absurdo irracional, tal como Jesús se los hace notar –en efecto, es como si un ejército luchara contra sí mismo-, acusar a Jesús de endemoniado, o de obrar con el poder del demonio, es una falta gravísima contra Dios, la cual no será perdonada ni en este mundo ni en el otro.

El motivo es que la blasfemia es un insulto[1] de carácter muy particular, puesto que se dirige a Dios, ofendiéndolo en su santidad y en su majestad. Es lo opuesto a la adoración y a la alabanza, que el hombre debe a Dios, y es el signo máximo de la impiedad humana.

Los fariseos acusan a Jesús de estar endemoniado, y cometen el pecado mortal de la blasfemia, puesto que Jesús es Dios Hijo encarnado, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y es una blasfemia, un insulto gravísimo, atribuirle a Dios un poder demoníaco. Siendo Dios la Bondad en sí misma, y siendo Él la misericordia infinita, no hay en Él sombra de maldad, y por eso es un insulto imperdonable atribuirle, con plena conciencia, maldad a Él.

Pero los fariseos no son los únicos que blasfeman contra Dios. Se puede decir que hoy, en todas las manifestaciones del pensamiento y de la cultura del hombre, se blasfema contra Dios: se blasfema contra Dios cuando, el Domingo, el Día del Señor, dedicado al culto público de su Nombre, los hombres se dedican al paseo, al fútbol, a la diversión; se blasfema contra el Nombre de Dios cada vez que se mata a un inocente, por aborto o por eugenesia, o cuando se practica la eutanasia, o cuando parlamentos enteros votan a favor de leyes inicuas, o cuando naciones enteras reniegan de su tradición y de su legado cristiano; se blasfema contra el Nombre de Dios cuando hay violencia, mentira, robo, engaño, todas obras de la oscuridad, que ofenden a la santidad divina; se blasfema contra el Nombre de Dios cuando las familias se postran en adoración idolátrica frente al televisor, haciendo de este aparato el centro familiar, cuando el centro deberían ser el crucifijo y la Virgen María; se blasfema contra el Nombre de Dios cuando los jóvenes, alentados por la indiferencia de los padres, que ni los acompañan ni los incentivan para que asistan a Misa los domingos, abandonan la Iglesia en forma masiva, y se vuelcan al desenfreno, a la lujuria, a la droga, al alcohol; se blasfema el Nombre de Dios cuando ídolos demoníacos, como el Gauchito Gil o la Difunta Correa, reciben la atención, las oraciones y la adoración idolátrica de cientos de miles de católicos apóstatas, verdaderos muertos vivientes, como sucedió en la última peregrinación al “santo” pagano; se blasfema el Nombre de Dios cuando se consiente a las dudas contra la fe, y se abandona su Iglesia, para engrosar los templos de las sectas, de las falsas religiones, y de las sectas diabólicas. Se blasfema contra el Nombre de Dios cuando los matrimonios se rompen, cuando los padres abandonan a sus hijos, cuando los hijos insultan y agraden a sus padres, cuando los hermanos viven en la discordia.

Ante tanta blasfemia, el alma del cristiano, conmovida, debe reparar, adorando a Cristo Dios en la Eucaristía, repitiendo las palabras de la oración que el ángel enseñó a los pastorcitos en Fátima: “Dios mío, yo creo, espero, Te adoro y Te amo; Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni Te adoran, ni Te aman”.


[1] Cfr. X.-León Duffour, Vocabulario de Teología Bíblica, Editorial Herder, Barcelona , voz “blasfemia”, 134ss.

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