domingo, 27 de febrero de 2011

Para subir a la cruz como para recibir la Sagrada Comunión, es necesario venderlo todo y darlo a los pobres


“Vende cuanto tienes dáselo a los pobres y sígueme” (cfr. Mc 10, 17-27). Un joven le pregunta a Jesús qué es lo que tiene que hacer para ganar la vida eterna. Jesús le cita los Mandamientos de la ley de Moisés, a los cuales el joven responde que los ha cumplido desde que era pequeño. Por esta respuesta, se puede ver que el joven es alguien bueno, pues ha buscado desde muy chico obrar el bien.

Pero el joven ha vivido y ha cumplido los Mandamientos de la Ley Antigua, y ahora Jesús viene a dar un nuevo mandamiento, el mandamiento de la caridad, del amor a Dios y a los hombres según el amor suyo, que es un amor de cruz. A partir de Jesús, ya no basta con ser “buenos” para ganar la vida eterna: se necesita ser “santos”, es decir, es necesario recibir la vida de la gracia que brota de Él como de su fuente y así, con la vida de la gracia, seguir a Jesús camino del Calvario, y subir a la cruz, para morir a esta vida y nacer a la vida eterna.

Pero sucede que para seguir a Jesús y subir a la cruz, es necesario el desprendimiento de todo, para imitar la pobreza de Cristo en la cruz. Cristo, en la cruz, no posee ningún bien material que sea de su propiedad: el lienzo con el cual está cubierto, que es la única prenda que lleva puesta, pertenece a su Madre, ya que según la Tradición, la Virgen, al ver que los soldados despojaban a su Hijo de su túnica y de sus vestimentas, se quita el velo para que Jesús pueda cubrirse. Tampoco los otros bienes materiales de la cruz son de Jesús: la cruz de madera en donde está crucificado Jesús, la tablilla de madera en la que está escrito “Este es el Rey de los judíos” (cfr. Lc 23, 38), los clavos de hierro, que sostienen el Cuerpo sacrosanto de Jesús, atravesando sus manos y sus pies, y la corona de gruesas espinas, que horadan la el cuero cabelludo de Jesús, abriendo hilos de sangre que se deslizan por su cabeza y su rostro, nada de eso, es propiedad de Jesús, sino de Dios Padre, que es quien los dona a su Hijo, para que este pueda llevar a cabo el plan divino para la salvación de los hombres.

Nada posee Jesús que sea de su propiedad, aunque sí hay algo que es suyo, de su propiedad, algo que sí le pertenece, y son sus heridas -que llegan a 5480, según sus revelaciones a Santa Brígida-, entre las que se destacan las heridas de las manos y de los pies, de la cabeza, y del costado traspasado.

“Si quieres ganar la vida eterna, anda, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y sígueme”. También a nosotros nos dice Jesús lo mismo, también a nosotros nos mira con amor y nos pide que dejemos todo en esta vida, porque a la otra nada material habremos de llevarnos, sino solo las obras hechas en el amor de Dios, al más necesitado.

No se puede subir a la cruz con pesados bienes materiales, y es por eso que el joven del evangelio, educado en la Ley Antigua, no puede comprender las palabras de Jesús, y se retira entristecido.

Que no nos suceda lo mismo, porque así como para subir a la cruz hay que estar despojados de los bienes materiales y tener un corazón en gracia, así también para recibir la Sagrada Comunión.

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