lunes, 27 de mayo de 2013

“El que deje todo por Mí recibirá el ciento por uno, persecuciones y la vida eterna”



“El que deje todo por Mí recibirá el ciento por uno, persecuciones y la vida eterna” (Mc 10, 28-31). Los discípulos habían dado ya muestras de pretensiones de gloria terrena y mundana en el seguimiento de Jesús, y ese es el motivo por el cual ahora Jesús les advierte claramente que quien lo siga, recibirá de parte suya recompensas terrenas –el ciento por uno- y en la otra vida, la vida eterna, pero también les advierte que en esta vida recibirán además “persecuciones”. Por lo tanto, los discípulos quedan advertidos, a fin de que no solo no se presenten más las discordias y peleas por motivos de vanagloria, sino para que eleven la mirada no a las cosas de la tierra, sino a la eternidad que los espera. La perspectiva de la persecución ayuda a mitigar los deseos de vanagloria, al tiempo que hace apreciar mucho mejor el premio final que implica el seguimiento de Cristo, la vida eterna.
Mientras en el mundo a los seguidores de los líderes terrenos se los premia con grandes recompensas y con puestos de honor, recibiendo la alabanza de los hombres, a los seguidores de Cristo les espera la persecución y la tribulación. La razón es que el discípulo no puede ser nunca más que el maestro, y si el Maestro fue perseguido, también lo serán los discípulos. Es decir, quien siga a Cristo “dejándolo todo”, recibirá en recompensa “el ciento por uno en esta vida” y “la vida eterna” en la otra vida, pero mientras viva en la tierra, sufrirá también la “persecución”, porque el Maestro, Cristo, fue perseguido. Y esta persecución será tanto más encarnizada, cuanto más fiel sea el discípulo a Jesucristo. Por el contrario, tal como le sucede a Judas Iscariote, aquel que reniegue de Cristo, recibirá dinero a cambio por parte del Príncipe de este mundo y sus satélites, pero perderá la vida eterna, lo cual confirma las palabras de Jesús: “No se puede servir a Dios y al dinero”. O se sigue a Cristo, o se sirve al dios del dinero, el Príncipe de las tinieblas. No hay posición intermedia.
Seguir a Cristo no es fácil ni está exento de tribulaciones persecuciones porque su seguimiento implica ir contra uno mismo, contra el mundo y contra las “potestades malignas de los aires”. Seguir a Cristo quiere decir negarse a uno mismo, en las pasiones, vicios, pecados, tendencias contrarias al Bien, y obrar al modo como lo haría Cristo; seguir a Cristo quiere decir ir en contra de los poderes del mundo, porque el mundo está “gobernado por el maligno”, y así quiere decir ir en contra de todo lo malo que el mundo propone como bueno –la anti-natura en las relaciones humanas, el aborto, el ateísmo, el gnosticismo, etc.-; seguir a Cristo quiere decir ir en contra del Príncipe de las tinieblas, que “hace la guerra” a la estirpe de la Mujer del Apocalipsis, la Virgen María, porque el que sigue a Cristo lo hace porque es hijo de la Virgen. El ejemplo máximo de seguimiento a Cristo está en los santos y en los mártires, que dejaron literalmente todo, incluso hasta la vida terrena, para ir en pos de Cristo, camino del Calvario y ser crucificados con Él. Y como fueron crucificados con Él, ahora lo adoran en los cielos por la eternidad.
“El que deje todo por Mí recibirá el ciento por uno, persecuciones y la vida eterna”. La tribulación y la persecución por Cristo –exclusivamente por Cristo y no por otras causas- es la señal, para el seguidor de Cristo, de que se encuentra por el buen camino, el camino de la Cruz, camino que finaliza en el Monte Calvario, Puerta abierta al Reino de los cielos.

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