viernes, 2 de octubre de 2015

“No separe el hombre lo que Dios ha unido”


(Domingo XXVII  - TO - Ciclo B – 2015)
“No separe el hombre lo que Dios ha unido”. Jesús defiende el matrimonio monogámico, entre el varón y la mujer; además, impide la separación o divorcio, estableciendo así las características del matrimonio cristiano: indisoluble, único, fiel hasta la muerte. ¿Por qué Jesucristo, que es Dios, impide el divorcio? ¿No se comporta de un modo cruel, con aquellos que quieren rehacer su vida, después de fracasar en un primer matrimonio? ¿Por qué no puede disolverse un matrimonio? ¿Por qué tiene que ser sólo entre varón y mujer, sin ninguna otra posibilidad? ¿Por qué tiene que estar abierto a la vida, es decir, porqué los hijos son el bien primario del matrimonio, que es lo que enseña la Iglesia?
Para poder responder a estas preguntas, es necesario meditar y contemplar, previamente, un Matrimonio Primigenio, el matrimonio o unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, porque los esposos cristianos, por medio del sacramento, son injertados en este matrimonio celestial y místico, así como un sarmiento se injerta en la vid, y es de allí de donde toman las características para su propio matrimonio. Es a este matrimonio místico, esta unión esponsal y celestial, a la que hace referencia San Pablo: “El hombre se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. ¡Gran misterio es éste! Y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32). San Pablo dice que el sacramento del matrimonio, por el cual el hombre se une a la mujer formando entre ambos una sola carne, es “un gran sacramento”, pero al mismo tiempo dice que “lo refiere a Cristo y a su Iglesia”. Es decir, San Pablo está diciendo que es un “gran sacramento” la unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa; no está hablando directamente del sacramento entre el hombre y la mujer, sino de la unión esponsal entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. El matrimonio místico, celestial y sobrenatural entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, es anterior a todo otro matrimonio y todo matrimonio, por el sacramento esponsal, es injertado en este matrimonio primigenio, de manera que los esposos cristianos vienen a ser como una prolongación de este matrimonio celestial, en el tiempo y en el espacio. Injertados en el misterio de la unión mística esponsal de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa, los esposos cristianos se convierten en partícipes de esta unión esponsal, recibiendo de este matrimonio celestial todos sus dones y virtudes, participando de sus características, convirtiéndose en los rostros visibles y sensibles de Cristo y la Iglesia. Por estar injertados en la unión esponsal Cristo-Iglesia, el matrimonio de los esposos cristianos adquiere las mismas características de esta unión esponsal: unidad, fidelidad mutua, amor esponsal casto y puro, fecundidad en la prole.
Como podemos ver, todas estas características, propias del matrimonio sacramental cristiano, no son “cargas” impuestas por los hombres de Iglesia, ni tampoco son impuestos artificial y externamente por la Iglesia misma, para hacer más dura y pesada la convivencia matrimonial. Las características del matrimonio cristiano, que hacen imposible, entre otras cosas, el divorcio, tal como lo acepta la ley civil, se derivan todas de la unión esponsal, celestial, mística, sobrenatural, entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Entonces, debemos saber cómo es el matrimonio entre Jesús Esposo y la Iglesia Esposa, para darnos cuenta de cómo es –o cómo debe ser- el matrimonio cristiano.
Para saberlo, es necesario contemplar a Jesús en la cruz: allí, Jesús Esposo da la vida, hasta su última gota de su Sangre y hasta su último aliento, por su Esposa, la Iglesia; al serle fiel hasta la muerte, Jesús da el fundamento de la fidelidad y de la indisolubilidad –Jesús es el Esposo Fiel hasta la muerte de cruz y la Iglesia, al pie de la cruz, corresponde a esta fidelidad de su Esposo- del matrimonio cristiano, pero también da el fundamento de la caridad cristiana entre los esposos, es decir, del Amor sobrenatural que se deben mutuamente, amor por el cual los esposos no sólo no pueden permitirse ni el más ligero enojo entre ellos, sino que están obligados a amarse con el mismo amor con el que Jesús ama a su Esposa, el Espíritu Santo, la Persona-Amor de la Trinidad. Los esposos deben amarse mutuamente con el Amor con el Cristo ama a su Esposa, la Iglesia, en la cruz: el Amor del Espíritu Santo, y es un Amor que lleva hasta la muerte de cruz, lleva a dar la vida por el otro cónyuge, y esto literalmente hablando, comenzando desde las pequeñas situaciones cotidianas, viviendo el martirio de inmolarse a sí mismos en el Fuego del Espíritu Santo, en el Amor de Dios. En la cruz, Jesús da el ejemplo del amor martirial con el que los esposos cristianos deben amarse, un Amor que los hace inmolarse el uno por el otro, en el Fuego del Espíritu Santo, y que los capacita para poder ser pacientes, caritativos, misericordiosos, comprensivos de los defectos del otro, sin cometer jamás ni la más mínima falta, nunca, entre los esposos. El Espíritu Santo, el Amor de Dios, el Amor con el que Jesús Esposo ama a su Iglesia Esposa, es donado a los esposos cristianos para que se amen mutuamente con este Amor y no ya con el solo amor humano, que por fuerte que sea, siempre es débil; el Espíritu Santo es el que permite que los esposos no sólo jamás cometan ni la más pequeña falta, el uno contra el otro, sino que los une verdaderamente en el Divino Amor, los hace ser uno en el Espíritu, lo cual constituye la perfección del amor mutuo esponsal.
Por otra parte, el fundamento de la fidelidad mutua esponsal, también está en Cristo crucificado: así como no puede haber un Cristo crucificado, muerto y resucitado, sin la Iglesia Católica, así tampoco puede haber una Iglesia Católica, sin Cristo crucificado, muerto y resucitado.
El fundamento de la fecundidad esponsal, por el cual los esposos están obligados a procrear, sin poner límites artificiales a su capacidad procreadora, se encuentra en Cristo, quien con su Sangre derramada en la cruz, Sangre que se nos comunica por los sacramentos, nos comunica su gracia santificante, por la cual nos convierte en hijos adoptivos de Dios. De parte de la Virgen, puesto que Ella al pie de la cruz, representa a la Iglesia, el fundamento de la fecundidad para los esposos cristianos radica en el hecho de ser Ella Madre de todos los hombres redimidos por Cristo, adoptándolos como hijos suyos e hijos de Dios, ante el pedido de Jesús: “Madre, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26); este cometido lo cumple la Iglesia, representada en la Virgen cuando, por el sacramento del Bautismo, adopta a los hombres como hijos suyos, esto es, de la Iglesia y de Dios.
Por último, el fundamento de porqué el matrimonio sólo puede ser entre el varón y la mujer, sin dar cabida a ninguna otra posibilidad, es porque, por un lado en Cristo Esposo está representado el varón-esposo, mientras que en la Iglesia está representada la mujer-esposa. Además, puesto que el designio salvífico de Dios se cumple sólo a través de Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, sólo así, en el binomio complementario del varón-esposo y de la mujer-esposa, puede cumplirse el designio salvífico y redentor de Dios Trino, no sólo para los esposos, sino para toda la humanidad.

Obrar de otra manera, cuando del sacramento del matrimonio se trata, es obrar en contra de los designios divinos. Es esto lo que Jesús nos advierte, cuando dice: “Que el hombre -con su soberbia y falta de amor- no separe lo que Dios –con su Amor, con su Sangre derramada y con su gracia- ha unido”.

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