viernes, 13 de octubre de 2017

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”


(Domingo XXVIII - TO - Ciclo A – 2017)

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” (cfr. Mt 22, 1-14). Para graficar al Reino de los cielos, Jesús utiliza una parábola en la que un rey “celebra las bodas de su hijo”, para lo cual envía a sus servidores para avisar a los invitados. Sin embargo estos se niegan a ir una y otra vez, despreciando la invitación a las bodas y, todavía peor, maltratando e incluso asesinando a los enviados del rey. Cuando éste se entera, es tal su indignación, que “envía a sus tropas para que terminen con esos homicidas e incendien su ciudad”. Pero como debido a que esto no cancela los planes de boda de su hijo, envía nuevamente a sus servidores, esta vez, a invitar “a todos los que encuentren” en el camino, ya que decide reemplazar al primer grupo de invitados por estos últimos, que “no eran dignos del banquete”. Los servidores del rey cumplen sus órdenes e invitan “a todos los que encontraron, buenos y malos”, llenándose en consecuencia la sala nupcial de convidados. Habiendo iniciado ya la fiesta de bodas, el rey entra en el salón de la fiesta, para ver a los comensales, llevándose una desagradable sorpresa al encontrar “a un hombre que no tenía el traje de fiesta”. El rey lo interroga ante esta falta grave de etiqueta, que supone un desprecio de su hijo y su boda: “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El hombre, ante la majestad del rey y viéndose descubierto en su felonía, permanece en silencio, e inmediatamente el rey da una orden de que sea “atado de pies y manos y arrojado afuera, a las tinieblas, en donde habrá llanto y rechinar de dientes: “Entonces el rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. La parábola finaliza con la advertencia de Jesús: “Muchos son llamados, pero pocos son elegidos”.
         Puede sorprender un tanto la reacción del rey, que parece desmedida, ya que se podría decir que era una persona pobre y que no tenía dinero para comprar el vestido de fiesta; en efecto, podría haber el rey enviado al hombre para que fuera vestido por sus sastres, ya que poseía una sobreabundancia de los mismos. Sin embargo, el rey no admite contemplaciones y, en el colmo de su indignidad, al ver al hombre vestido con ropas raídas y miserables, ordena que inmediatamente sea atado de pies y manos y arrojado fuera del palacio, a las tinieblas, en donde habrá dolor, mucho dolor: “habrá llanto y rechinar de dientes”.
La parábola –y por lo tanto, la actitud aparentemente sin piedad del rey- se explica y se entiende mejor cuando sus elementos naturales son reemplazados por realidades celestiales y sobrenaturales. Así, el rey que organiza un banquete de bodas de su hijo es Dios Padre; el banquete de bodas es tanto la Santa Misa, como el Día del Juicio Final; el hijo es Jesús; las bodas representan la unión nupcial entre Dios Hijo y la humanidad por medio de la Encarnación en el seno virgen de María; los invitados primeros a la boda son el pueblo judío, que se vuelve indigno de la invitación al rechazar al hijo del rey, esto es, al negar a Jesús como su Redentor y Salvador; el segundo grupo de invitados, somos los que, habiendo sido llamados de la gentilidad, fuimos adoptados como hijos de Dios por el bautismo; el salón de fiestas, en donde reina la alegría, la paz, la buena música, la amistad entre los amigos del esposo, es el Reino de los cielos; los guardias del rey son los ángeles. Ahora bien, ¿qué representa el traje de bodas? Sin ninguna dudas, es algo muy importante; es la condición sine qua non para participar del banquete de bodas y a tal punto, que su ausencia justifica la inmediata expulsión del salón del reino. El traje de bodas representa la gracia santificante que, al inherir en el alma, la colma de la belleza, el esplendor, la majestad divinas, volviéndola digna de entrar en el Reino de los cielos. Su ausencia, la ausencia de la gracia santificante –que se nos da por los sacramentos, principalmente Confesión y Eucaristía-, convierte al alma en una verdadera pordiosera, en un indigente que hace años que no se higieniza y que por eso mismo apesta con su olor nauseabundo, desentonando, de forma evidente, con el resto de los convidados y, por supuesto, con el traje de gala del hijo del rey –Jesucristo- y su esposa –la Iglesia-. No tener el traje de gala, esto es, la gracia santificante, en el Día del Juicio Final, equivale precisamente a esto, a que un pordiosero, con sus llagas abiertas y purulentas, con el hedor de años sin higienizarse, pero también con un ánimo contrario a la felicidad de los esposos, ingresa en el salón de fiestas. Se podría argumentar, como vimos, que al rey no le costaba nada, dada su inmensa fortuna, en ordenar a sus sirvientes que higienizaran al invitado de marras y le proporcionaran un vestido de fiesta digno de las bodas de su hijo. Sin embargo, el rey no solo no hace esto, sino que lo expulsa inmediatamente.
¿Cómo se explica esto? Porque la fiesta es el Día del Juicio Final, en donde ya no hay oportunidad alguna de arrepentimiento de las culpas pasadas; el traje de fiesta y la limpieza del cuerpo del invitado, son totalmente gratuitas, ya que es el rey quien lo hace posible, pero al mismo tiempo, es absolutamente libre, ya que nadie puede higienizarse ni ponerse el traje de fiesta, si no lo desea. Y es aquí en donde radica el porqué de la expulsión del indigente: no es por dureza del corazón del rey, que no la hay, sino porque el indigente es así, indigente –miserable, cubierto de heridas purulentas, apestando por la falta de higiene-, por propia voluntad, porque rechazó libre y voluntariamente el traje de fiestas, que es la gracia santificante, y el perfume del “buen olor de Cristo”, y lo rechaza libremente para libremente abrazar su estado de indigencia y de olor nauseabundo, que son representación del pecado mortal. En otras palabras, el invitado a las bodas acude sin el traje de bodas y sin el perfume, y vestido con ropa andrajosa y maloliente, porque libremente eligió morir en pecado mortal y, una vez ante la Presencia de Dios, en su Juicio Particular, ya no hay forma de volver atrás, en el sentido del arrepentimiento de las obras malas.
“Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El traje de fiesta es el amor sobrenatural a Dios y al prójimo, dice San Agustín[1] y es así, porque este amor sobrenatural se concede al alma junto con la gracia santificante, de manera que podemos decir que el traje de fiesta es tanto el amor de caridad, como la gracia que nos da Jesús. Para no ser sorprendidos sin el traje de fiesta -esto es, el Amor de Dios y la gracia santificante-, en el Día del Juicio Final, como así tampoco en el día de nuestro Juicio Particular, hagamos el propósito de vivir revestidos, todos los días, con el traje de fiesta, la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, que se nos dona a través de los Sacramentos de la Iglesia, ante todo la Confesión sacramental y la Eucaristía.



[1]  “¿Cuál es el vestido de boda, el traje nupcial? El Apóstol nos dice:»Los preceptos no tienen otro objeto que el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera»(1Tm 1,5). Este es el traje de fiesta. Pero no un amor cualquiera, pues muchas veces parecen amarse incluso hombres cómplices  de una mala conciencia. Pero en ellos no hallamos ese amor. Pero estos que se someten juntos al bandidaje, a los maleficios, estos que se reúnen comediantes del amor, cocheros y gladiadores, se aman generalmente entre ellos, pero no es la caridad que nace de un corazón puro, de la buena conciencia y de la fe sincera: pues, un amor así es  el traje de fiesta”. Cfr. San Agustín, Sermón 90,5-6.

sábado, 7 de octubre de 2017

Parábola de los viñadores homicidas


La parábola de los viñadores homicidas. Hacia 1035-1040. Codex Aureus Epternacensis. Reichenau, Alemania

(Domingo - XXVII - TO - Ciclo A – 2017)

“(…) el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos” (Mt 21, 33-43). Dirigiéndose a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, Jesús utiliza una parábola en la que el dueño de una viña planta una viña, cava un lagar, construye una torre de vigilancia y la arrenda a unos viñadores y se marcha al extranjero. Al llegar el tiempo de la vendimia, envía a sus servidores para “percibir los frutos”, pero los arrendatarios, actuando con malicia y convirtiéndose en ilegítimos usurpadores, desconocen el título de propiedad del dueño, se niegan a pagar la renta, y golpean a uno de los servidores, a otro lo matan y a otro lo apedrean. El propietario vuelve a enviar a otros servidores, pero reciben el mismo trato violento y homicida que los primeros. Esperando siempre un cambio en el buen sentido, de los viñadores homicidas, el dueño de la vid envía a su hijo, pensando que, al ser su hijo, lo tratarán con respeto: “Respetarán a mi hijo”. Sin embargo, la condición de ser hijo aviva todavía más la soberbia, la avaricia, la codicia y la malicia de los viñadores que ya eran homicidas, ya que es precisamente la condición de ser hijo del dueño y por lo tanto heredero, lo que enciende su malicia y les proporciona la falsa esperanza de que, al matar al heredero, ellos podrán apropiarse ilegítimamente de la viña. Efectivamente, llevan a cabo su plan, se apoderan de él, lo arrojan fuera de la viña y, en el colmo de la malicia, le dan muerte: “Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron”. Jesús finaliza la parábola con una pregunta dirigida a los sumos sacerdotes y ancianos, acerca de cuál será la actitud del dueño de la viña, al enterarse de la muerte de su hijo, y estos le responden que “Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo”. Luego Jesús les advierte que, de proseguir en su vana lucha contra Dios, el Señor les quitará la viña a ellos y se la dará a otros para que “produzcan fruto a su tiempo”.
         La parábola se entiende cuando hacemos una traspolación de los elementos naturales y los reemplazamos por elementos sobrenaturales: el dueño de la viña es Dios Padre; el hijo del dueño, asesinado por los viñadores homicidas, es el Verbo de Dios encarnado; los viñadores homicidas son los sumos ancianos, los sacerdotes, los fariseos y, en general, el pueblo judío, representado en la sinagoga; la viña, el lagar, la torre de vigilancia, es la Nueva Iglesia fundada en la Sangre y el Agua de Cristo, la Iglesia Católica; los enviados por el dueño, que son maltratados y hasta asesinados, son los profetas del Antiguo Testamento, incluido el último de ellos y primero del Nuevo, Juan el Bautista; la muerte del hijo es la muerte de Jesús en la Cruz. Esta es la razón por la que los judíos se sienten directamente aludidos pero, en vez de reaccionar con humildad, se enfurecen contra Jesús y terminan de concretar los planes para matarlo a través de un juicio inicuo.
         Ahora bien, ¿qué son los frutos que espera el dueño de la viña? Es decir, ¿qué son los frutos que espera Dios de los miembros de la Iglesia? Es interesante ver cómo Dios se compara a sí mismo con un viñador, y el viñador, lo que hace con su viña es, precisamente, probar los frutos de esta: se acerca a la viña, elige las uvas que parecen más apetitosas, las prueba y por el sabor determina si son un buen fruto o no. Dios Padre hace lo mismo con la Viña que es la Iglesia y con los racimos de uvas, los fieles, que están unidos a la Viña que es Cristo, Vid verdadera: se acerca, toma un grano de uva, que es el corazón del cristiano, y así como el dueño de la viña espera deleitarse con el sabor dulce de la uva, así Dios Padre espera deleitarse, al probar el corazón del cristiano, con el sabor dulce de la santidad del corazón dada por la gracia, manifestada en la caridad, en la misericordia, en el perdón, en la compasión y en toda clase de obras buenas. Y así como el dueño de la viña se alegra cuando los frutos son buenos, así Dios Padre se alegra cuando, probando los corazones de los cristianos, comprueba la dulzura de la gracia de su Hijo Jesús en ellos. Pero como así también el viñador, al comprobar que una uva está agriada, o acuosa, y ha perdido por completo el buen sabor, y enfadado la deshecha, así también Dios Padre, al probar el corazón del hombre que vive un cristianismo relajado en su fe y en su moral, que vive más para el mundo que para Dios, que se postra ante los ídolos del mundo y no ante la Eucaristía, que tiene en su corazón maldad, envidia, avaricia, soberbia, pereza, gula, y toda clase de cosas malas, se disgusta con este corazón y no lo aprecia como bueno.
“(…) el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos”. El Reino de Dios en la tierra, su germen, la Iglesia Católica, nos fue entregado a los bautizados, para que demos buenos frutos, frutos de santidad, de oración, de misericordia, de caridad, de perdón, de justicia, de paz, de amor cristiano y sobrenatural. Estemos vigilantes, porque si nuestros corazones son juzgados faltos de la dulzura de la gracia de Cristo, seremos dejados de lado de parte del Dueño de la Viña, Dios Padre, y nos sucederá lo peor que le puede pasar a una persona en esta vida, y es ser dejado de lado por Dios, abandonado a su propio yo egoísta y pecador.

         

viernes, 29 de septiembre de 2017

“Ven a trabajar a mi viña”


(Domingo XXVI - TO - Ciclo A – 2017)

         “Ven a trabajar a mi viña” (cfr. Mt 21, 28-32). Para graficar tanto el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, como la respuesta de las almas frente a este llamado, Jesús utiliza la parábola del dueño de una viña, que llama a sus dos hijos para que vayan a trabajar en su viña. Llama al primero y le dice que vaya a trabajar, pero este le dice que no irá, aunque luego termina yendo: “Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue”. Luego, llama al segundo, al cual le hace también la misma invitación de ir a trabajar; éste le contesta que sí, pero luego no va: “Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue”. Finalizando la parábola, Jesús les pregunta a sus discípulos cuál de los dos cumplió el pedido del padre y estos le responden que el primero, es decir, el que había dicho que no, pero luego fue a trabajar: “¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. “El primero”, le respondieron”. Finalmente, Jesús hace una dura advertencia a quienes escuchan el llamado para trabajar en su Iglesia –sea como religiosos o como laicos- y de la negativa a hacerlo: “Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Les da el ejemplo de “publicanos y prostitutas” –es decir, de quienes socialmente eran reprobables-, que a pesar de no ser religiosos, sin embargo escucharon la predicación de Juan el Bautista y creyeron en él y se convirtieron, a diferencia de muchos que, sin ser pecadores públicos, sin embargo no se convirtieron por la predicación de Juan el Bautista: “En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.
         La parábola se comprende y la podemos aplicar a nosotros, cristianos del siglo XXI, cuando reemplazamos sus elementos, por elementos sobrenaturales: así, el dueño de la vid es Él, Jesucristo, Dios; la viña es la Iglesia; los hijos llamados a trabajar, somos los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica; el trabajo, es el trabajo entendido en dos sentidos: materialmente, el trabajo realizado para mantener las estructuras edilicias (limpieza, mantenimiento, etc.); espiritualmente, es el trabajo espiritual que todo cristiano debe realizar, para salvar su alma y ayudar a salvar el alma de sus prójimos.
         Esta parábola por lo tanto se podría aplicar a dos tipos de actitudes entre los bautizados: muchos bautizados, que están en la Iglesia, aparentemente han respondido afirmativamente al llamado del Señor; sin embargo, con sus comportamientos, como por ejemplo, falta de perdón, acepción de personas, juicios malévolos sobre el prójimo, codicia, deseo de cargos eclesiásticos para obtener prestigio y poder, y tantos otros anti-ejemplos más, claramente demuestran que no están trabajando para el bien de las almas. Sería el caso del hijo de la parábola que dice “Sí, voy a trabajar”, pero no trabaja para la salvación de las almas, ya que sigue su propia voluntad y busca su propio interés.
         El otro hijo de la parábola, el que dice “No”, pero sí va a trabajar, podría representar a muchos bautizados que no están en la Iglesia por diversas razones, pero sin embargo se muestran caritativos, compasivos, comprensivos con el prójimo, demostrando así un corazón noble, al que solo le falta el acceso a los sacramentos, por lo que, con su buen obrar, aunque pareciera que no, sin embargo, trabajan para Dios.
         Al comentar esta parábola, Santa Teresa Benedicta de la Cruz reflexiona acerca del pedido de Jesús acerca de la voluntad de Dios: “que se haga tu voluntad”, resaltando el hecho de que el Hijo de Dios vino a la tierra no solo para expiar la desobediencia del hombre, sino para reconducirlos al Reino de Dios por medio de la obediencia. Dice así: “¡Qué se haga tu voluntad!” (Mt 6, 10) En esto ha consistido, toda la vida del Salvador. Vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre, no sólo con el fin de expiar el pecado de desobediencia por su obediencia (Rm 5,19), sino también para reconducir a los hombres hacia su vocación en el camino de la obediencia”[1]. Es en la obediencia a los Mandamientos de la Ley de Dios y a los Mandamientos propios de Jesucristo en el Evangelio –perdonar setenta veces siete, amar al enemigo, cargar la cruz de cada día, ser misericordiosos- en donde se juega la obediencia a Dios y a su llamado: si alguien está en la Iglesia, pero no cumple los Mandamientos de Dios y de Jesucristo, entonces ese alguien no está haciendo la voluntad de Dios, y es como el hijo de la parábola que dice: “Voy”, pero no va, porque no hace la voluntad de Dios, sino su propia voluntad.
         Dice Santa Edith Stein que la libertad dada a los hombres, no es para “ser dueños de sí mismos”, sino para unirse a la voluntad de Dios: “No se da a la voluntad de los seres creados, ser libre por ser dueño de sí mismo. Está llamada a ponerse de acuerdo con la voluntad de Dios”. Si el hombre, libremente, une su voluntad a la de Dios, participa de la obra de Dios: “Si acepta por libre sumisión, entonces se le ofrece también participar libremente en la culminación de la creación”. Pero si el hombre, haciendo mal uso de la libertad, rehúsa unir su voluntad a la de Dios, entonces pierde la libertad, y la razón es que se vuelve esclavo del pecado: “Si se niega, la criatura libre pierde su libertad”. El hombre que cumple los Mandamientos de Dios y de Cristo, es verdaderamente libre, mientras que el que no lo hace, aún cuando esté en la Iglesia todo el tiempo, es esclavo de sus propias pasiones, del pecado e incluso del Demonio.
Si el hombre se deja seducir por las cosas del mundo, se encadena al mundo, pierde su libertad y se vuelve vacilante e indeciso en el bien, además de endurecer su inteligencia en el error: “La voluntad del hombre todavía tiene libre albedrío, pero se deja seducir por las cosas de este mundo que le atraen y poseen en una dirección que la aleja de la plenitud de su naturaleza, como Dios manda y que han abolido la meta que se ha fijado en su libertad original. Además de la libertad original, pierde la seguridad de su resolución. Se vuelve cambiante e indecisa, desgarrada por las dudas y los escrúpulos, o endurecida en su error”. El mal católico, el que no cumple la voluntad de Dios, haciendo oídos sordos a su Ley de la caridad, se vuelve esclavo del error y además, su corazón se endurece, al no tener en sí el Fuego del Divino Amor.
La única opción posible para que el hombre sea plenamente libre, es seguir a Cristo, quien cumple la voluntad del Padre a la perfección: “Frente a esto, no hay otro remedio que el camino de seguir a Cristo, el Hijo del hombre, que no sólo obedecía directamente al Padre  del cielo, sino que se sometió también a los hombres que representaban la voluntad del Padre”. Quien sigue a Cristo, dice Santa Edith Stein, no solo se libera de la esclavitud del mundo, sino que se vuelve verdaderamente libre y se encamina a la pureza de corazón, porque se une a Cristo, el Cordero Inmaculado y la Pureza Increada en sí misma: “La obediencia tal como Dios quería, nos libera de la esclavitud  que nos causan las cosas creadas y nos devuelve a la libertad. Así también el camino hacia la pureza de corazón”. El peor error que puede cometer el hombre –y es lo que está haciendo el hombre de hoy- es dejar de lado la voluntad y los Mandamientos de Dios, para hacer su propia voluntad, constituyéndose en rey de sí mismo.
“Ven a trabajar a mi viña”, “Ven a trabajar en mi Iglesia”, nos dice Jesús a todos, laicos y religiosos y el bautismo sacramental constituye ya ese llamado a trabajar por las almas; Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, cada uno en su estado de vida, para salvar la propia alma y para ayudar a salvar las almas de nuestros hermanos, de la eterna condenación en el Infierno. Esto es lo que Jesús quiere significar cuando dice “trabajo”, es el trabajo para salvar el alma de la eterna condenación en el Infierno, el cual es real y dura para siempre, y no está vacío, sino que está ocupado por innumerables ángeles rebeldes y almas de condenados, de bautizados que precisamente se negaron a trabajar por su salvación y la de los demás. Jesús nos llama a trabajar en su Iglesia, para que ayudemos al prójimo, no a que solucione sus problemas afectivos ni económicos, sino a que salve su alma y llegue al Reino de los cielos, y el que esto hace, salva su propia alma, como dice San Agustín: “El que salva el alma de su prójimo, salva la suya”. “Ven a trabajar a mi viña”, nos dice Jesús, y la única forma de decir “Sí” e ir, verdaderamente, es tomando la Cruz de cada día, seguirlo a Él camino del Calvario, cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios y los Mandamientos de Cristo, evitar el pecado, vivir en gracia. Es la única forma en la que no defraudaremos el llamado de Dios a trabajar en su Iglesia, llamado que es para salvar almas y no para obtener puestos de poder.

        




[1] Cfr. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, Meditación para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

viernes, 22 de septiembre de 2017

“Id también vosotros a mi viña”


Parábola de los trabajadores de la viña.

(Domingo XXV - TO - Ciclo A – 2017)

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16). La parábola se entiende mejor cuando a los personajes y elementos naturales que se encuentran en ellas, se les da valor de analogados y se los reemplazan por bienes y elementos sobrenaturales. Así, el dueño de la vid es Dios; la vid es la Iglesia; los jornaleros son los bautizados que reciben la gracia de la conversión –estar bautizado no es sinónimo de conversión-; la paga del dueño de la vid –un denario-, igual para todos, es la bienaventuranza eterna en el Reino de los cielos; las distintas horas en las que los jornaleros son contratados, representan las distintas edades de la vida en las que los bautizados, o bien son llamados a trabajar en la Iglesia por la salvación de las almas, o bien son llamados ante la Presencia de Dios y reciben la gracia de la conversión perfecta del corazón, la contrición, que les granjea la entrada en el Reino de los cielos. Por último, los jornaleros que ya estaban trabajando en la viña y se enojan porque los otros jornaleros reciben la misma paga que ellos –esto es, el Reino de los cielos-, representa a los católicos duros de corazón que, estando en la Iglesia desde hace tiempo, no han progresado sin embargo en la caridad, y no aceptan, ni a los nuevos conversos, ni a los pecadores que se convierten a último momento. Si fuera por ellos, el Buen Ladrón, por ejemplo, que se arrepiente a último momento de su vida terrena, instantes antes de morir, recibiendo así el premio del Reino de los cielos por Jesús mismo en Persona, no debería haberse salvado, porque según estos católicos duros de corazón, ni se merecen el cielo por ser pecadores, ni Dios puede ser tan misericordioso que no los castigue.
Entonces, con la parábola de un dueño de una vid, que contrata a obreros a diferentes horas del día, pagando a todos un mismo salario, Jesús grafica no solo el Reino de los cielos –que es la paga dada a quienes trabajan en su Iglesia-, sino la inmensidad de la Misericordia Divina, que se ofrece gratuitamente a todos los hombres pecadores, de todas las edades –simbolizados en los distintos horarios en los cuales los jornaleros son contratados-, lo cual significa que “Dios no hace acepción de personas” (Rom 2, 11; Hch 10, 34), ya que lo que busca en el hombre es el arrepentimiento sincero, la contrición del corazón y el deseo de no volver a pecar, sin fijarse en la inmensidad del pecado que estos hombres puedan haber cometido. Pero en la parábola están representados también otra clase de hombres: son aquellos católicos que, estando en la Iglesia desde hace tiempo, se escandalizan y se ofenden porque Dios conceda misericordia a quienes ellos mismos, en su soberbia, consideran que son indignos de la misma, con lo cual, así, se ponen en el lugar de Dios mismo, se auto-nombran jueces de Dios y del prójimo, demostrando la total falta de caridad en sus corazones, caridad que debería rebosar en ellos, al estar desde hace ya un tiempo considerable en la Iglesia.


En esta parábola Jesús habla por lo tanto de dos grupos de personas: de paganos que se convierten e ingresan en la Iglesia; de bautizados neo-conversos que comienzan a ir a la Iglesia, o también de católicos que, luego de toda una vida alejados de Dios, en el último momento reciben la gracia de la conversión final y se salvan, a pesar de haber sido, incluso, hasta criminales. Al respecto, es conocido el caso de un homicida sentenciado a muerte –llamado Henri Pranzini- que poco antes de recibir la pena capital se convirtió por las oraciones de Santa Teresita del Niño Jesús[1]:  ; vale también el ejemplo del Buen Ladrón, que se convierte antes de morir y así entra en el Paraíso, llevado por el mismo Jesús en Persona: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43).
         Pero Jesús también se refiere a quienes, siendo católicos, y estando en la Iglesia desde hace tiempo, reaccionan de un modo inapropiado para un hijo de Dios, ante la llegada de los nuevos conversos, o también aquellos que se escandalizan de que un asesino –por supuesto, previa conversión-, pueda recibir el perdón de Dios y llegar al cielo.
         Este segundo grupo, el de los católicos que se ofenden y escandalizan por la gratuidad de la Misericordia Divina, es puesto en evidencia en la parábola, constituyendo el ejemplo contrario a cómo debe ser un católico: en vez de alegrarse porque un pagano se convierte, o porque un neo-converso abandona su vida mundana y se acerca a los sacramentos, o porque un criminal se convierte a último momento y evita así su eterna condenación, salvando su alma, estos católicos, duros de corazón, se molestan y se muestran agrios y despectivos hacia sus hermanos en religión. Con esa actitud, se comportan como el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo quien, lejos de alegrarse porque su hermano, que estaba perdido, había sido encontrado, se molesta porque no es a él, que ha cumplido siempre con su padre, a quien homenajean, sino que es homenajeado el que malgastó la fortuna. Estos católicos muestran así que no comprenden la Misericordia Divina y no lo hacen, porque en el fondo se relacionan con Dios según sus propios límites naturales, sin poder trascender y por lo tanto, sin comprender a Dios, quien por otra parte, solo puede ser comprendido en su Trinidad de Personas y en su infinita misericordia, solo por la luz del Espíritu Santo. A estos católicos, duros de corazón para con su prójimo, les falta la luz del Espíritu Santo y si les falta la luz, les falta también el Amor, porque “Dios es Amor”.
         Dios castiga, sí, y con el infierno eterno, pero en la eternidad; en esta vida, hasta el último instante de nuestra vida terrena, solo derrama sobre nosotros la Misericordia Divina que, como un océano sin límites, infinito, brota de su Corazón traspasado en la Cruz, Presente real, verdadera y substancialmente en la Eucaristía. Como le dijo a Sor Faustina Kowalska, para castigar, tiene toda la eternidad –es por eso que decimos que Dios sí castiga, pero en la eternidad-; mientras tanto, mientras dure nuestra vida terrena, Dios nos ofrece su misericordia. No rechacemos la Divina Misericordia, cerrando nuestros corazones a los hermanos pecadores que, por gracia de Dios, reciben la contrición perfecta del corazón. Si así hacemos, de creernos justos, pasamos a ser injustos y merecedores, entonces sí y nosotros mismos, del castigo eterno. Alegrémonos no por el pecado de nuestros hermanos, sino por la gracia de la conversión que, por la Misericordia de Dios, reciban, sin importarnos lo que no debe importarnos; no tomemos a mal que Dios sea Bueno; no tomemos a mal que Dios sea infinitamente misericordioso, porque así como nos llamó a nosotros, siendo pecadores, así quiere llamar a todos los pecadores del mundo, a los pies de su Cruz y de su Presencia Eucarística para que, recibiendo la gracia de la contrición perfecta del corazón, lo amen y lo adoren, en el tiempo y en la eternidad. Tengamos mucho cuidado en nuestros juicios hacia el prójimo, no sea que, creyéndonos los primeros, seamos en realidad los últimos.




[1] “En el año 1887, al oír hablar de un asesino que ha dado muerte a tres mujeres en París, reza y se sacrifica por él queriendo, a todo precio, arrancarlo del infierno. Henri Pranzini es juzgado y condenado a morir guillotinado pero, en el momento de morir, besa el crucifijo. Teresa llora de alegría: su oración ha sido escuchada. Lo llama su primer hijo”. Cfr. http://www.corazones.org/santos/teresita_lisieux.htm El asesino confeso, que hasta segundos antes de su muerte no había dado señas de arrepentimiento, y tampoco se había confesado, al terminar de subir las escaleras que lo conducían al patíbulo, se dio vuelta, y besó con piedad tres veces el crucifijo que le ofrecía el sacerdote capellán. Era la señal de la conversión que Santa Teresita había pedido a Dios. Así lo narra ella misma: “My God, I am quite sure that Thou wilt pardon this unhappy Pranzini. I should still think so if he did not confess his sins or give any sign of sorrow, because I have such confidence in Thy unbounded Mercy; but this is my first sinner, and therefore I beg for just one sign of repentance to reassure me  (…)  The day after his execution I hastily opened the paper…and what did I see? Tears betrayed my emotion; I was obliged to run out of the room. Pranzini had mounted the scaffold without confessing or receiving absolution, and…turned round, seized the crucifix which the Priest was offering to him, and kissed Our Lord’s Sacred Wounds three times. …I had obtained the sign I asked for, and to me it was especially sweet. Was it not when I saw the Precious Blood flowing from the Wounds of Jesus that the thirst for souls first took possession of me? …My prayer was granted to the letter”. Cfr. http://www.catholicworldreport.com/2014/10/01/the-killer-and-the-saint-pranzini-and-therese/

“Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres”


“Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres” (Lc 8, 1-3). Comentando este Evangelio, el Papa Juan Pablo II[1] afirmaba lo siguiente: “En la historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos, había, junto a los hombres, numerosas mujeres en las que se expresaba con fuerza la respuesta de la Iglesia-Esposa al amor redentor de Cristo-Esposo”. Desde un primer momento, el Santo Padre Juan Pablo II nos advierte contra el gran peligro que existe en este tema, y es el del reduccionismo ideológico de corte feminista-marxista; en vez de eso, Juan Pablo II da la correcta clave de lectura del papel de las mujeres en la Iglesia, y es el de ser partes o miembros vivientes de la Iglesia-Esposa de Cristo-Esposo. La clave de lectura del papel de la mujer es la de ser miembros de la Esposa del Cordero, la Iglesia y por lo tanto, de amar a Cristo con amor esponsal, al mismo tiempo que se toma a la Iglesia-María como modelo de mujer.
 Luego el Santo Padre enfatiza el importante papel que desempeñan las mujeres, pero siempre precedido por la oración, que es el medio por el cual el alma se une a Dios y Dios se manifiesta con su Espíritu, sea a través de sus hijos, como de sus hijas, las mujeres: “En primer lugar están aquella que personalmente habían encontrado a Cristo, que lo habían seguido y que, después de su partida, “perseveraban unánimes en la oración” (Hch 1, 14) con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por “los hijos y las hijas” del pueblo de Dios (cfr. Hch 2, 17; Jl 3,1) Estas mujeres, y otras en el transcurso del tiempo, han tenido un papel activo e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la construcción, desde sus fundamentos, de la primera comunidad cristiana y de las comunidades posteriores, gracias a sus carismas y a sus múltiples maneras de servir”.
Para el Papa Juan Pablo II, la mujer cumple un rol esencial no solo en el apostolado de la Iglesia universal sino también, junto con el esposo, en la configuración del hogar cristiano como “Iglesia doméstica” y en la transmisión de la fe a los hijos: “El apóstol Pablo habla de sus “fatigas” por Cristo en los diversos terrenos del servicio apostólico en la Iglesia, comenzando por “la Iglesia doméstica”. En efecto, la “fe sin rebajas” pasa por la madre a los hijos y nietos, como ocurrió en casa de Timoteo (cfr. 2 Tim 1, 5)”.
La mujer debe mantenerse “fiel al Evangelio” –y no adherir a ideologías anti-cristianas, como el feminismo de izquierda-, tal como lo hicieron las santas mujeres a lo largo de la historia de la Iglesia, y así la Iglesia se muestra agradecida con estas sus hijas, que con diversos dones, enriquecieron el tesoro espiritual, transmitiendo la fe de modo íntegro, en respeto a la tradición: “Esto mismo se renueva durante el correr de los siglos, de generación en generación, como lo muestra la historia de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación, ha manifestado su gratitud hacia ellas, las que, fieles al evangelio, han participado en todos los tiempos en la misión apostólica de todo el pueblo de Dios y las ha honrado. Santas mártires, santas vírgenes, madres de familia, han dado testimonio de su fe con valentía y también, por la educación de sus hijos en el espíritu del evangelio. Han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia... Incluso, enfrentándose a graves discriminaciones sociales, las santas mujeres han obrado con libertad, fuertes por su unión con Cristo”.
No solo en el pasado, sino también en el presente, la Iglesia continúa enriqueciéndose con el testimonio cristiano de mujeres que viven la santidad -y no la ideologización- de la fe y de su rol en la Iglesia, rol que es esencialmente el seguimiento y la imitación de Cristo Dios: “En nuestros días, la Iglesia no cesa de enriquecerse gracias al testimonio de numerosas mujeres que viven generosamente su vocación a la santidad. Las santas mujeres son una encarnación del ideal femenino: pero, también son un modelo para todos los cristianos, un modelo de “sequela Christi”, del seguimiento de Cristo, un ejemplo de la manera cómo la Iglesia-Esposa tiene que responder con amor al amor de Cristo-Esposo”[2].
“Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres”. Es necesario tener bien en claro cuál es el rol de la mujer en la Iglesia, representado por las santas mujeres, como las referidas en el Evangelio, pero ante todo, y de modo insuperable, por la Virgen María. María Santísima, Virgen y Madre de Dios, es el paradigma para la mujer católica, sea cual sea su estado de vida, y es el paradigma para la femineidad, para la verdadera femineidad. Si no se tiene en cuenta esto, las ideologías contrarias al hombre y a la mujer deforman de tal manera el concepto de femineidad, que pretenden que el ser mujer consista en una anti-natural equiparación al hombre en todo, al tiempo que abandona su rol propio de mujer. El feminismo hace lo contrario de lo que pretende: en vez de ensalzar y destacar el rol propio de la mujer, saca a la mujer de sí misma y la convierte en un monstruo, producto de la ideología, y es el ser una caricatura del hombre: paradójicamente, el feminismo, destruye a la mujer a la que dice defender, para convertirla en un remedo anti-natural del hombre. Esto sucede cuando se quita del horizonte de la mujer a las mujeres santas del Evangelio, y sobre todo, a la Mujer del Génesis (cfr. Gn 3, 15), del Calvario (cfr. Jn 19, 25-27) y del Apocalipsis (cfr. Ap 12, 1), María Santísima.




[1] Cfr. San Juan Pablo II (1920-2005), Mulieres dignitatem, 27.
[2] Cfr. Juan Pablo II, ibidem.

sábado, 16 de septiembre de 2017

“Perdona setenta veces siete”


(Domingo XXIV - TO - Ciclo A – 2017)

         “Perdona setenta veces siete” (Mt 18, 21-35). Pedro pregunta a Jesús cuántas veces ha de perdonar a su prójimo, pensando que “siete veces” era suficiente: “Se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?””. Pero Jesús le responde multiplicando la cantidad de veces por un número simbólico, que significa “siempre”: “Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Pedro, llevado por la casuística de los fariseos y pensando en la ley del Talión –“ojo por ojo y diente por diente”-, creía que bastaba con perdonar siete veces, y que a la ofensa número ocho, ya estaba libre de perdonar, es decir, ya no debía, en conciencia, perdonar a su prójimo, con lo cual debía dar paso a la venganza, según la vigente ley del Talión.
         Pero Pedro no tiene en cuenta que Jesús es Dios y que Él “hace nuevas todas las cosas”[1], y una de las cosas que hace nuevas es la relación entre los hombres: por su Sangre derramada en la cruz, Jesús perdona todos y cada uno de nuestros pecados personales, saldando la deuda que cada uno teníamos ante la Justicia Divina, aplacando la Ira divina y dándonos a cambio su misericordia y esto hace que, como cristianos, debamos imitarlo en el perdón y en el amor a los enemigos. Por su muerte en cruz, Jesús se coloca entre la Ira de Dios y nuestras almas, recibiendo en sí mismo el castigo que cada uno merecíamos por nuestros pecados, saldando nuestra deuda de bondad ante la Justicia Divina. Es decir, en vez de recibir un castigo, Jesús lo recibe por nosotros, y en vez de recibir lo que merecíamos, puesto que Él ha saldado la deuda ante la Justicia Divina, ofreciendo su Cuerpo martirizado en la Cruz, ya no debemos nada. Pero no finaliza aquí el don de Dios en Cristo, porque además de recibir Él el justo castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados, nos concede, con la Sangre que brota de sus heridas y de su Corazón traspasado, la Misericordia Divina y el Amor Eterno que brotan del Ser divino trinitario, y esto lo hace solo por Misericordia, solo por pura bondad y amor hacia nosotros, porque Él no tenía ninguna obligación de pagar la deuda contraída por la humanidad en general y por los hombres individualmente, a causa del pecado original de Adán y Eva. Jesús nos libra tanto del castigo temporal, como del castigo eterno, al descargarse en Él la Ira de la Justicia Divina: afirmar que Dios no castiga en la vida eterna a quien obró el mal y no se arrepintió y afirmar que no da el cielo eterno a quienes lavan sus almas en la Sangre del Cordero –el Sacramento de la Confesión- y que no da el Infierno a quienes libremente despreciaron esa Sangre y no tuvieron misericordia con su prójimo que los ofendió –el que dio misericordia recibirá misericordia, pero el que no de misericordia no recibirá misericordia, como el hombre de la parábola que, luego de ser perdonado por el rey, no perdona la deuda a su prójimo y lo hace encarcelar, siendo él encarcelado a su vez - es apartarse de la Fe católica y reducir a la nada la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
         En otras palabras, Dios nos perdona en Cristo por amor y hasta la muerte de cruz; entonces, no podemos hacer otra cosa con el prójimo que nos ofende, que perdonar por amor y hasta la muerte de Cruz, imitando a Nuestro Señor Jesucristo. Esto no equivale a no reclamar justicia, según lo requiere la sociedad humana, como por ejemplo, el Papa Juan Pablo II perdonó a quien atentó contra su vida, el turco Alí Agca, pero este debió purgar su culpa en prisión, según las leyes humanas. Es decir, el perdón cristiano no equivale a ser condescendientes con la injusticia, con el mal y el pecado: es imitar a Cristo que nos perdona desde la cruz, es ser misericordiosos con nuestro prójimo así como Jesús fue misericordioso con nosotros y, en los casos que corresponda, dar paso a la actuación de la justicia humana, sin olvidar que de la Justicia Divina nadie escapa. Es decir, además de perdonar a nuestros ofensores, debemos clamar misericordia para ellos si no se arrepienten de sus maldades, porque aunque nosotros perdonemos, deberán responder ante la Justicia de Dios si no se arrepienten, pero el deber nuestro de cristianos es de perdonar en nombre de Cristo, por la Sangre de Cristo derramada por nosotros, y hasta la muerte de Cruz, como Cristo nos perdonó.
         Si no perdonamos de corazón y en nombre y por la Sangre de Cristo a nuestro prójimo, si guardamos rencor y buscamos venganza contra Él, escucharemos estas terribles palabras de parte de Jesucristo, el día de nuestro Juicio Particular: ““¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu prójimo, como yo me compadecí de ti en la cruz? Lo mismo que hiciste a tu hermano, te hará mi Padre celestial, negándote para siempre la entrada en el Reino de los cielos. Vete fuera de Mí, al Infierno eterno, en donde solo hay llanto, rechinar de dientes y dolor sin fin”.




[1] Cfr. Ap 21, 5.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz


         ¡Resplandece el Misterio de la Cruz! Fulgit crucis mysterium!
         Así canta la Iglesia en la Pasión y en el himno de Vísperas de las dos fiestas de la Santa Cruz[1]. Para la Fe de la Iglesia –el misterio solo puede ser contemplado a la luz de la Fe-, la Santa Cruz resplandece, de manera particular, en este día, y esa es la razón de la fiesta litúrgica. La Iglesia celebra –y así lo debemos hacer nosotros, en lo más íntimo de nuestros corazones- a la Cruz como un misterio celestial, sobrenatural, puesto que es del cielo de donde la Cruz obtiene toda su virtud divina. Vista a los ojos humanos, y sin la Fe de la Santa Iglesia Católica, la Cruz se presenta al hombre como un rotundo fracaso, pero no es así como la Iglesia contempla a la Cruz, sino con la luz del Espíritu Santo, y por eso la ve resplandecer y la celebra con la liturgia en fiesta. Así contemplada, a la luz de la Fe iluminada con la luz del Espíritu Santo, la Santa Cruz resplandece con toda la fuerza de su virtus mystica, su fuerza mística, pneumática, divina.
         La Cruz es un misterio porque no es obra humana, ya que su luz brota de lo más profundo del Ser trinitario de Dios: en Ella estuvo, está y estará, hasta el fin de los tiempos, suspendido el Hijo de Dios, por voluntad de Dios Padre, para comunicarnos a Dios Espíritu Santo a través de la Sangre derramada del Cordero. La Cruz es un Misterio celestial porque nos revela, nos hace visible, al Dios Invisible; nos muestra, al alcance de nuestros ojos, al Dios que habita en una luz inaccesible; nos revela, al alcance de nuestra limitada humanidad –bien que elevada por la gracia- al Dios Tres veces Santo que, aunque en el cielo resplandece con un esplendor tal que los ángeles y querubines ocultan sus rostros con sus alas, tal es la majestad infinita del Dios Trinitario, aquí en la Cruz lo que resplandece es el brillo de la Sangre del Cordero, que así trasluce la gloria divina que posee desde la eternidad. En la Cruz se nos revela Dios, en la majestad de su Trinidad, en la infinitud de su Amor, en la eternidad de su Misericordia, porque es en la Cruz en donde la Justa Ira de Dios, encendida por la malicia de nuestros corazones infectados por la mancha del pecado, se ve aplacada en su Justicia Divina, al descargar en el Cordero todo el peso del castigo que nos merecíamos por nuestros pecados, dándonos a cambio su Divina Misericordia, que brota como un torrente inagotable con la Sangre que se derrama de sus heridas y de su Corazón traspasado.
         Para nosotros, los cristianos, la Cruz, Cristo crucificado, es “Sabiduría de Dios”[2], mientras que para los que no tienen la Fe de la Iglesia, los que no tienen la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo, los que no tienen la luz del Espíritu Santo y por eso ven la Cruz con solo ojos humanos, es “escándalo” –judíos- y “locura” –griegos-, porque no conciben que Dios no se manifiesta en gloria y esplendor, sino en la Cruz, como si fuera un hombre derrotado y vencido. Pero los pensamientos de Dios están infinitamente por encima de los pensamientos de los hombres –más que el cielo dista de la tierra- y es así que “la locura de Dios es más sabia que los hombres y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres”[3]. Ésa es la razón por la cual Dios triunfa en la Cruz, porque en la Cruz vence, con su omnipotencia y su Amor infinitos, a la Muerte, al Demonio y al Pecado, pero esto solo lo puede ver quien está iluminado por el Espíritu Santo, porque solo el Espíritu Santo es capaz de conceder al hombre no una ampliación de su capacidad de comprensión natural, sino de concederle participar de su misma Inteligencia, Sabiduría y Amor divinos, volviéndolo así capaz de comprender el Misterio de la Cruz, volviéndolo capaz de contemplar la luz divina que resplandece desde la Cruz y que, por la Sangre del Cordero, limpia nuestros pecados, nos libera del Demonio y de la Muerte, nos concede la Vida divina y nos conduce, por la fuerza del Espíritu Santo y a través del Corazón traspasado del Señor, a algo que es infinitamente más grande que los cielos eternos, el seno de Dios Padre.



[1] Cfr. Odo Cassel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid 1957, 43ss.
[2] Cfr. 1 Cor 1, 22.
[3] Cfr. 1 Cor 1, 22.

lunes, 11 de septiembre de 2017

“Pasó toda la noche orando a Dios”


“Pasó toda la noche orando a Dios” (cfr. Lc 5, 42ss). Si Jesús es el Hombre-Dios, es decir, si Él es la Segunda Persona de la Trinidad, ¿por qué ora? ¿Tiene alguna necesidad de orar, si Él es Dios en Persona? La respuesta a estas preguntas nos la da San Ambrosio[1], quien nos dice que Jesús, en cuanto hombre, ora por nosotros, no por Él; ora para darnos ejemplo de cómo tiene que ser nuestra relación con Dios, y finalmente, que ora para nuestra salvación, lo cual indirectamente nos habla de aquello por lo que estamos en esta vida y es el evitar la eterna condenación en el Infierno. Dice así San Ambrosio: “El  Señor ora, no afín de implorar por él, sino de obtener por mí (…) pues Él es nuestro abogado (…) Cristo nos  forma por su ejemplo en los preceptos de la virtud (…) “Él pasa la noche orando a Dios”. Él os ha dado un ejemplo, una huella, un modelo a imitar”.
“Pasó toda la noche orando a Dios”. Jesús nos da ejemplo acerca de nuestra relación con Dios: así como Él ora por nosotros, por nuestra salvación, así debemos orar, pidiendo por nuestra salvación y la de nuestros seres queridos. Jesús nos enseña que la oración es esencial en esta vida terrena, para evitar la eterna condenación y ganar el cielo, el Reino de Dios.



[1] Cfr. San Ambrosio (c. 340-397), Comentario sobre San Lucas 5,42ss.

viernes, 8 de septiembre de 2017

“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado"


(Domingo XXIII - TO - Ciclo A – 2017)
“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado (…) (Mt 18, 15-20).  Jesús nos enseña tres caminos para la santidad: la corrección fraterna –necesita de sabiduría celestial quien la hace, además de caridad, y de humildad extrema quien la recibe, para reconocer sus errores y corregirlos-; la necesidad de la confesión sacramental -todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo-, y el poder de la oración y la realidad de su Presencia en medio de quienes se reúnen en su Nombre a rezar: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.
Con respecto a la corrección fraterna, es una advertencia que el cristiano dirige a su prójimo para ayudarle en el camino de la santidad[1], porque ayuda a conocer los defectos personales –que pasan inadvertidos por las propias limitaciones o son enmascarados por el amor propio-, al tiempo que son una ocasión para enfrentarnos a esos defectos y, con la ayuda de Dios, progresar en la imitación de Cristo. El mismo Jesús corrige a sus discípulos, como cuando reprende a Pedro con firmeza porque su modo de pensar no es el de Dios sino el de los hombres. A partir de la enseñanza y del ejemplo de Jesús, la corrección fraterna ha pasado a ser como una tradición de la familia cristiana vivida desde el inicio de la Iglesia: por ejemplo, San Ambrosio escribe en el siglo IV: “Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto (...) Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Pr 27, 6)”. Y también San Agustín advierte sobre la grave falta que supondría omitir esa ayuda al prójimo: “Peor eres tú callando que él faltando”[2].
El fundamento natural de la corrección fraterna es la necesidad que tiene toda persona de ser ayudada por los demás para alcanzar su fin, pues nadie se ve bien a sí mismo ni reconoce fácilmente sus faltas. De ahí que esta práctica haya sido recomendada también por los autores clásicos como medio para ayudar a los amigos. Corregir al otro es expresión de amistad y de franqueza, y es lo que distingue al adulador del amigo verdadero[3]. A su vez, quien recibe la corrección fraterna, debe dejarse corregir, para lo cual se necesita mucha humildad, tanto para reconocer los errores, como para aceptar la corrección. Quien acepta la corrección fraterna, da una gran señal de madurez y de fortaleza espiritual, al punto de llegar a agradecer a aquel que lo corrige: “el hombre bueno se alegra de ser corregido; el malvado soporta con impaciencia al consejero”[4]. Quien no tolera una corrección fraterna, solo demuestra que, lejos de humildad, lo que hay en él es una gran soberbia y su camino está errado, como dice la Escritura: “Va por senda de vida el que acepta la corrección; el que no la admite, va por falso camino”[5].
 El que corrige debe estar movido por la caridad, es decir, por el amor sobrenatural con el que amamos a Dios y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es un ejercicio de santidad, tanto para quien la hace, como para quien la recibe: a quien la hace, le da la oportunidad de vivir el mandamiento del Señor: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado”; al que la recibe, le proporciona las luces necesarias para renovar el seguimiento de Cristo en aquel aspecto concreto en que ha sido corregido.
“La práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives”[6]. La corrección fraterna no brota de la irritación ante una ofensa recibida, ni de la soberbia o de la vanidad heridas ante las faltas ajenas; sólo el amor puede ser el genuino motivo de la corrección al prójimo, tal como enseña San Agustín, “debemos, pues, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: “si tu hermano pecare contra ti, repréndelo estando a solas con él”. ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te ha molestado ser ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente”[7].
La corrección fraterna es un deber de justicia y así nos lo enseña el mismo Dios en el Antiguo Testamento, cuando le advierte a Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela sobre la casa de Israel: escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte. Si digo al impío: “Impío, vas a morir”, y no hablas para advertir al impío de su camino, este impío morirá por su culpa, pero reclamaré su sangre de tu mano. Pero si tú adviertes al impío para que se aparte de su camino y no se aparta, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida”[8]. San Pablo considera la corrección fraterna como el medio más adecuado para atraer a quien se ha apartado del buen camino: “Si alguno no obedece lo que decimos en esta carta [...] no le miréis como a enemigo, sino corregidle como a un hermano”[9]. Ante las faltas de los hermanos no cabe una actitud pasiva o indiferente. Mucho menos vale la queja o la acusación destemplada: “Aprovecha más la corrección amiga que la acusación violenta; aquella inspira compunción, esta excita la indignación”[10].
Si todos los cristianos necesitan de esa ayuda, existe un deber especial de practicar la corrección fraterna con quienes ocupan determinados puestos de autoridad, de dirección espiritual, de formación, etc. en la Iglesia y en sus instituciones, en las familias y en las comunidades cristianas. Del mismo modo, los que desempeñan tareas de gobierno o formación adquieren una responsabilidad específica de practicarla. En este sentido enseña San Josemaría: “Se esconde una gran comodidad —y a veces una gran falta de responsabilidad— en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros. Se ahorran quizá disgustos en esta vida..., pero ponen en juego la felicidad eterna —suya y de los otros— por sus omisiones, que son verdaderos pecados”[11].
Por último, ¿cómo hacer y cómo recibir la corrección fraterna?
Las características son: visión sobrenatural, humildad, delicadeza y cariño. Como tiene un fin sobrenatural, que es la santidad de aquel a quien se corrige, conviene que el que corrige discierna en la presencia de Dios la oportunidad de la corrección y la manera más prudente de realizarla (el momento más conveniente, las palabras más adecuadas, etc.) para evitar humillar al corregido. Pedir luces al Espíritu Santo y rezar por la persona que ha de ser corregida favorece el clima sobrenatural necesario para que la corrección sea eficaz[12]. También el que corrige debe antes considerar con humildad en la presencia de Dios su propia indignidad y se examine sobre la falta que es materia de la corrección. San Agustín aconseja hacer ese examen de conciencia, porque es muy frecuente que seamos capaces de advertir hasta los más pequeños defectos de los demás, pero somos muy indulgentes con los nuestros propios defectos: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”[13]. Es decir, si vamos a corregir, que nos mueva el amor a Dios y al prójimo, y la humildad de saber que nosotros somos tanto o más pecadores que aquel hermano a quien vamos a corregir. Si la corrección fraterna no tiene delicadeza y cariño, pierde todo su sentido cristiano y pasa a convertirse en un amargo, egoísta y soberbio reproche por los defectos o pecados ajenos. Para evitar este error y para asegurarnos de que la advertencia es expresión de la caridad auténtica, es sumamente importante preguntarnos antes: ¿cómo actuaría Jesús en esta circunstancia con esta persona? Jesús lo haría no sólo con prontitud y franqueza, sino también con amabilidad, comprensión y estima. San Josemaría enseña en este sentido: “La corrección fraterna, cuando debas hacerla, ha de estar llena de delicadeza —¡de caridad!— en la forma y en el fondo, pues en aquel momento eres instrumento de Dios”[14].
La virtud de la prudencia exige pedir consejo a una persona sensata (el director espiritual, el sacerdote, el superior, etc.) sobre la oportunidad de hacer la corrección, y hará también que no se corrija con excesiva frecuencia sobre un mismo asunto, pues debe contarse con la gracia de Dios y con el tiempo para la mejora de los demás.
Las materias que son objeto de corrección fraterna abarcan todos los aspectos de la vida del cristiano, pues todos ellos constituyen su ámbito de santificación personal y del apostolado de la Iglesia. Cabe señalar de modo general los siguientes puntos: 1) hábitos contrarios a los mandamiento de la ley de Dios y a los mandamientos de la Iglesia; 2) actitudes o comportamientos que chocan con el testimonio que un cristiano está llamado a dar en la vida familiar, social, laboral, etc.; 3) faltas aisladas cometidas, en el caso de constituir un grave menoscabo para la vida cristiana del interesado o para el bien de la Iglesia. Algunos ejemplos concretos: un cristiano que, sin saberlo, practica yoga y asiste a misa, o consulta a los chamanes, o rinde culto a ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, etc. En todos estos casos, es un acto de caridad y de justicia hacer la corrección fraterna, indicándole, con caridad pero con firmeza, que no es posible rendir culto a Dios y al Demonio, representado en sus ídolos.
Al recibir la corrección, la persona corregida debe aceptar la corrección con agradecimiento, sin discutir ni dar explicaciones o excusas, pues ve en el que corrige a un hermano que se preocupa por su santidad. Es un caso similar al del médico que aconseja hábitos saludables de vida: hacer ejercicio físico, evitar el sedentarismo, disminuir el sobrepeso, etc. Sería muy mal paciente quien, ante el médico, se ofendiera al recibir estos consejos que son sumamente valiosos para su salud. Si alguien no tolera la corrección fraterna, es señal de gran soberbia en el alma, como dice San Cirilo: “La reprensión, que hace mejorar a los humildes, suele parecer intolerable a los soberbios”[15].
Son numerosos los beneficios que se siguen de la corrección fraterna, como numerosos los males en caso de no practicarla. Como acción concreta de la caridad cristiana tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia; supone el ejercicio de la caridad, la humildad, la prudencia; mejora la formación humana haciendo a las personas más corteses; facilita el trato mutuo entre las personas, haciéndolo más sobrenatural y, a la vez, más agradable en el aspecto humano; encauza el posible espíritu crítico negativo, que podría llevar a juzgar con sentido poco cristiano el comportamiento de los demás; impide las murmuraciones o las bromas de mal gusto sobre comportamientos o actitudes de nuestro prójimo; fortalece la unidad de la Iglesia y de sus instituciones a todos los niveles, contribuyendo a dar mayor cohesión y eficacia a la misión evangelizadora; garantiza la fidelidad al espíritu de Jesucristo; permite a los cristianos experimentar la firme seguridad de quienes saben que no les faltarán la ayuda de sus hermanos en la fe: “El hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada”[16].
“Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado (…)”. Si de veras amamos a nuestro prójimo por amor a Dios, haremos la corrección fraterna con toda la caridad posible, y si somos nosotros los que recibimos la corrección, debemos pedir la gracia de aceptarla y agradecerla con la mansedumbre y la humildad de los Sagrados Corazones de Jesús y María.



[1] Cfr. http://www.collationes.org/de-vita-christiana/quibusdam-spiritum-operis-dei/item/396-la-correcci%C3%B3n-fraterna-juan-alonso
[2] San Agustín, Sermo 82, 7.
[3] Cfr. Plutarco, Moralia, I.
[4] Séneca, De ira, 3, 36, 4.
[5] Pr 10, 17.
[6] San Josemaría, Forja, n. 566.
[7] San Agustín, Sermo 82, 4.
[8] Ez 33, 7-9.
[9] 2 Ts 3, 4- 5; cfr. Ga 6, 1.
[10] San Ambrosio, Catena Aurea, VI.
[11] San Josemaría, Forja, n. 577.
[12] Cfr. Juan Alonso, passim.
[13] San Agustín, Sobre el Sermón de la Montaña, 2.
[14] San Josemaría, Forja, n. 147.
[15] San Cirilo, Catena Aurea, vol. VI.
[16] Pr 18, 19.