viernes, 11 de agosto de 2017

“Es un fantasma”


(Domingo XIX - TO - Ciclo A – 2017)

“Es un fantasma” (Mt 14, 22-36). Mientras los discípulos se encuentran en la barca, mar adentro, se desencadena una tormenta. En ese momento, Jesús, que se había quedado a la orilla del mar, se acerca caminando sobre las aguas. Los discípulos, que están en la barca que se encuentra zarandeada por el viento y el oleaje, a pesar de que conocían a Jesús y sabían que era Él, en vez de alegrarse por su Presencia , entran en pánico y, llenos de terror, comienzan a gritar: “¡Es un fantasma!”. Es extraño que los discípulos confundan a Jesús con un fantasma, puesto que lo conocían bien, ya que habían caminado junto con Él, mientras Jesús predicaba el Evangelio; habían presenciado en primera persona sus milagros; habían compartido con Él todos los pequeños detalles de la convivencia humana, que se dan entre hombres que forman un grupo y se dedican a una misión en común, y sin embargo, a pesar de todo esto, cuando lo ven caminando sobre las aguas, llenos de pavor gritan: “¡Es un fantasma!”.
Al acercarse a la barca, Jesús, que todavía no ha subido a la nave, tranquiliza a sus discípulos diciéndoles: “Soy Yo, no teman”. En ese momento Pedro decide ir hacia donde está Jesús, para corroborar que efectivamente se trata de Él y le pide que lo haga ir hasta Él. Jesús lo llama y Pedro, fija la vista en Jesús, toma valor y comienza a caminar sobre las aguas, pero apenas da unos pocos pasos, deja de contemplar a Jesús y mira hacia el mar; toma conciencia de la fuerza y velocidad del viento; escucha el silbido del viento, que semeja a un aullido; escucha el ruido de las olas que golpean la barca, y así, sin mirar a Jesús a los ojos, queda sin la fuerza divina que Jesús le transmitía, entra en pánico por la violencia de la tormenta y el peligro de hundimiento de la nave, y él mismo se comienza a hundir. Es entonces cuando Jesús le extiende su mano, hace subir a Pedro a la barca y calma la tormenta de inmediato con una sola orden de su voz, para luego reprocharle a Pedro su falta de fe: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Finalmente, Jesús sube a la barca, que ya navega tranquila al haber cesado el viento y las olas y los discípulos, con Pedro a la cabeza, y esta vez iluminados en sus mentes y corazones por la luz del Espíritu Santo, se postran en adoración ante Jesús.
La escena, real tiene un significado sobrenatural, además de la debilidad de la fe de Pedro y su falta de contemplación de Jesús, que es lo que lo hace hundirse. El significado sobrenatural de la escena se puede entrever cuando se hace una analogía con las realidades sobrenaturales: la barca representa a la Iglesia; el mar enrarecido, con olas que amenazan con hundir la barca, y el viento que sopla furioso, aumentando cada vez más el tamaño de las olas, representa al mundo sin Dios y bajo el mando del Anticristo y Satanás, que intentan, por todos los medios posibles, corromper a la Santa Madre Iglesia y hundirla para siempre; la falta de reconocimiento de los discípulos hacia Jesús, como así también la actitud de Pedro de dejar de contemplar a Jesús para contemplar las olas y escuchar el viento, representan a los bautizados, sean clérigos, religiosos o laicos que, llevados por el espíritu mundano, abandonan la oración, la contemplación, la adoración eucarística, los sacramentos y la Santa Misa, para a su vez mundanizarse, haciendo lo inverso a lo que estaban destinados en su misión: en vez de ellos, como miembros de la Iglesia Santa, santificar el mundo, al mundanizarse, mundanizan a la Iglesia, corrompiéndola con costumbres mundanas y alejadas de Dios. El hecho de que Jesús camina por las aguas, acercándose hacia la barca, puede significar su Segunda Venida, que acontecerá, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en momentos en que la Iglesia estará atravesando una grave crisis de fe, tan profunda, que parecerá haberse hundido la única y verdadera Iglesia, para ser reemplazada por una iglesia en la que todo lo divino es dejado de lado, comenzando por los Mandamientos de la Ley de Dios y finalizando con los Sacramentos. Este caminar de Jesús sobre las aguas, en dirección a la barca que parece que está por hundirse, podría simbolizar o prefigurar si Segunda Venida: así como los discípulos no lo reconocen, también cuando llegue Jesús, en su Segunda Venida, nadie parecerá reconocerlo, tal será la profundidad de la crisis de fe, y es lo que lleva a Jesús a hacer una pregunta retórica: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). La crisis de fe será una crisis de fe eucarística, porque la Presencia de Jesús en la tierra es su Presencia Eucarística: sin esta Fe Eucarística, la Iglesia se vuelve irreconocible, de ahí la urgencia de una profunda conversión eucarística de todos los bautizados. Con respecto a la crisis de fe que anticipará la Segunda Venida de Jesús, dice así el Catecismo de la Iglesia Católica[1]: “Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un pseudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne”. La tormenta del pasaje del Evangelio, tan intensa que amenaza con hundir la barca, que representa a la Iglesia, bien podría prefigurar esta “prueba final que sacudirá la fe” de los creyentes, una crisis ocasionada por el Anticristo, que intentará suplantar a la Verdadera Iglesia y al Cordero, Jesús Eucaristía, por una iglesia falsa, humana y no divina, apóstata, sin el Cordero de Dios, pues será una Iglesia sin Eucaristía, sin Presencia Real de Jesús en la Hostia consagrada.
“Es un fantasma”. No solo los discípulos y Pedro demuestran falta de fe en Jesús como Hombre-Dios: en nuestros días, innumerables católicos demuestran tener la misma falta de fe en la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, al punto de considerarlo, en la práctica, como “un fantasma”, es decir, como una entidad no real, porque no se cree más en su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía. Si Jesús viniera por Segunda Vez, en la Parusía, hoy, ¿encontraría Fe Eucarística en nosotros?




[1] Cfr. n. 675.

sábado, 5 de agosto de 2017

Fiesta de la Transfiguración del Señor


(Ciclo A – 2017)

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró (Mt 17,1-9). Jesús se transfigura, es decir, deja traslucir la gloria que posee desde la eternidad en cuanto Dios, y es esta gloria celestial, recibida por el Padre desde la eternidad, la que resplandece a través de su Humanidad y a través de sus vestimentas. La Transfiguración significa que la gloria del Ser divino trinitario de Jesús se hace visible, sensible, por unos momentos, para luego ocultarse. La razón de la Transfiguración es, por parte de Jesús, el mostrar a sus discípulos su divinidad, antes de la Pasión: se muestra revestido de gloria y majestad, como Dios que es, para que cuando lo vean en el Monte Calvario, revestido de su propia sangre, y con aspecto que no parece el de un humano –“como ante quien se da vuelta la cara”; “parecía un gusano”, dirán los profetas-, no desfallezcan y, recordando esta visión de su gloria, sean capaces de resistir la dura prueba de la Pasión hasta el final. Por este motivo, la Transfiguración en el Monte Tabor no se comprende si no se contempla a la luz de otro monte, el Monte Calvario, en donde Jesús no aparece revestido de luz y gloria, sino de Sangre y humillación. Jesús se transfigura ante sus discípulos, dice Santo Tomás, para que cuando ellos lo vean cubierto de sangre, de golpes, de heridas abiertas; coronado de espinas, flagelado, insultado, condenado a muerte y llevando una pesada cruz, recuerden que ese Hombre, que en la Pasión aparece débil, ultrajado y crucificado, es en realidad Dios omnipotente, que de esta manera, con su Sangre derramada en la Cruz, lava nuestros pecados, nos concede la gracia santificante que nos convierte en hijos adoptivos de Dios y nos abre las puertas del Reino de los cielos.
         Pero la Transfiguración es también para nosotros, para que sepamos que ése es el destino final al cual estamos llamados desde el Bautismo; Jesús se transfigura, deja que la gloria divina sea visible a través de su Humanidad, para que nosotros sepamos cómo serán nuestros cuerpos en la bienaventuranza eterna, serán como el Cuerpo de Jesús, resplandecientes de luz, de gloria celestial, sin ningún dolor, sin ninguna imperfección, sin envejecer ya jamás y, lo más importante, inhabitados por el Espíritu Santo y resplandecientes de gloria divina. Ahora bien, si estamos destinados a la Transfiguración, debemos saber que no llegaremos a ella si no es por la Cruz, porque así como Jesús pasó por la Pasión antes de ser glorificado a la diestra del Padre, así también nosotros, no llegaremos a la luz, sino es por la cruz, porque estamos llamados a imitar en todo a nuestro Señor, de modo especial, su Pasión y Muerte en Cruz.

         Si queremos entonces habitar algún día en el Reino de Dios, por toda la eternidad, entonces tenemos que estar dispuestos a abrazar la cruz, a seguir a Jesús, Camino, Verdad y Vida, por el Via Crucis, y a ser crucificados con Él en el Gólgota. Renegar de la Cruz es renegar de la luz; abrazar la Cruz es abrazar la gloria y la luz de Cristo.

jueves, 3 de agosto de 2017

“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces”


“El Reino de los Cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces” (Mt 13, 47-53). Jesús compara al Reino de los cielos con una red que atrapa toda clase de peces, los cuales son separados por los pescadores, dejando los buenos y desechando los malos. La imagen se entiende si se reemplazan sus elementos naturales por los sobrenaturales: la red es Cristo y su Iglesia; el mar es el mundo; los peces son los hombres; los pescadores, los ángeles; la separación de los pescados buenos, o sea, los que están en condiciones de ser vendidos en el mercado, de los malos, aquellos que no sirven porque están en descomposición, es la separación de las almas destinadas a la eterna bienaventuranza, de aquellas destinadas a la eterna condenación en el Infierno.

Trabajemos en esta vida por el Pan de vida eterna, la Eucaristía, para así poder llegar al Reino de los cielos.

sábado, 29 de julio de 2017

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…”


(Domingo XVII - TO - Ciclo A – 2017)

         “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…” (Mt 13, 44-52).
         Puesto que no sabemos cómo es el Reino de Dios, ya que no tenemos experiencia de la vida eterna y de la bienaventuranza, Jesús nos lo describe con tres imágenes: un tesoro escondido en un campo, un negociante que descubre una perla de gran valor, y una red con peces, de los cuales se conservan los buenos y se descartan los que ya no sirven.
         En las tres imágenes, lo que hay en común es algo de mucho valor: un tesoro, una perla, una red de peces que, aunque hay algunos malos, la mayoría sirve. En las tres imágenes, con las que se compara al Reino de Dios, el Reino es equiparado a alguna cosa –desconocida, misteriosa-, que vale mucho; tanto, que justifica que, el que lo quiera comprar, esté decidido a “venderlo todo”. Es algo valioso y que proporciona alegría cuando se lo adquiere, tal como el hombre de la parábola, que “vende todo lo que tiene” y “lleno de alegría”, “compra el campo”.
         Ahora bien, ¿qué es este elemento misterioso –tesoro, perla, peces-, que constituye el Reino de los cielos y por cuya posesión vale la pena venderlo todo? Para Santo Tomás de Aquino[1], el tesoro escondido es la eternidad –obviamente, la eternidad bienaventurada en la visión beatífica de la Trinidad, y no la eternidad del Infierno. En Homilía sobre el Credo, Santo Tomás afirma que el término final de todos nuestros deseos es “la vida eterna”, en la cual “el hombre se une con Dios” y en donde el hombre, hecho por Dios y para Dios, ve cumplidos todos sus deseos, porque en esa unión encuentra mucho más de lo que podría llegar a desear o esperar. Dice así Santo Tomás: “Es lógico que la meta de todos nuestros deseos, es decir, la vida eterna, sea mencionado en el Credo, al final de todo lo que se nos propone creer: “Y la vida eterna. Amén.” En la vida eterna está la unión del hombre con Dios.. la alabanza perfecta..., y el cumplimiento de todos nuestros deseos, porque cada uno de los bienaventurados poseerá aún más de lo que puede desear y esperar”.
Para Santo Tomás, el Reino de Dios no puede consistir nunca en algo creado, en algo que pertenezca a esta vida terrena, al tiempo y a la historia, porque nada de lo creado puede satisfacer al hombre de modo perfecto, desde el momento en que la sed de felicidad, inscripta en el alma humana como un sello desde el instante mismo de su creación, solo puede ser saciada con Dios y su Amor. Dice así Santo Tomás, citando también a San Agustín: “En esta vida, nadie puede cumplir todos sus deseos. Nunca nada creado podrá satisfacer al hombre perfectamente. Sólo Dios satisface infinitamente. Por esto, sólo en Dios tenemos descanso, como lo dice San Agustín: “Nos has hecho par Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”[2].
         En la vida eterna, dice Santo Tomás, los bienaventurados verán extra-colmados sus deseos y de manera tal, que desbordarán de gloria y alegría, porque las verdaderas delicias, y los verdaderos deleites –no los sensuales ni los pecaminosos de cualquier orden, sino ante todo los amores espirituales verdaderos y buenos, como el amor de amistad, el amor esponsal, el amor filial, y todo tipo de amor humano bueno-, encontrarán en el cielo su realización plena y perfecta. Continúa Santo Tomás: “Ya que en la patria celeste los santos poseerán a Dios perfectamente, es evidente que no sólo su deseo será colmado sino que desbordarán de gloria. Por esto dice el Señor: “Entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 21) Y San Agustín dice a este propósito: “No todo el gozo entrará en los que se alegrarán. En cambio, ellos entrarán del todo en el gozo eterno”. En un salmo se dice: “Quisiera contemplarte en tu santuario, ver tu poder y tu gloria.” (Sal 62, 3) y en otro: “el Señor te dará lo que desea tu corazón” (Sal 37, 4). Cuando uno desea las delicias verdaderas es aquí donde se encuentra la delectación suprema y perfecta porque consistirá en el bien supremo que es Dios mismo: “A tu derecha, delicias por siempre” (Sal 15, 11).
“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo…”. Si el tesoro escondido es la eternidad bienaventurada en los cielos, entonces en la tierra, el tesoro escondido es la Eucaristía, porque la Eucaristía es Dios Hijo en Persona, que es la eternidad en sí misma. Si los católicos entendiéramos y verdaderamente apreciáramos que la Eucaristía es el tesoro escondido en ese campo celestial que es la Iglesia Católica, entonces no dudaríamos no solo en vender todo lo que tenemos, con tal de adquirirlo, sino que daríamos nuestras vidas, con tal de adquirir el campo y su tesoro; si los católicos verdaderamente consideráramos y apreciáramos a la Eucaristía y a la Santa Misa como el tesoro escondido de la parábola, no dudaríamos en pedir la muerte, antes que perder la gracia por un pecado mortal o venial deliberado, porque perdida la gracia, se pierde toda posibilidad de acceder al tesoro más valioso que infinitos cielos eternos, el Cuerpo de Jesús, glorioso y resucitado en la Eucaristía.



[1] Cfr. Homilía sobre el Credo.

[2] Cfr. ibidem.

viernes, 21 de julio de 2017

“Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña”


(Domingo XVI - TO - Ciclo A – 2017)
         “Un hombre sembró trigo (...) y su enemigo la cizaña” (Mt 13, 24-43). Jesús utiliza la figura de un hombre que posee un campo y que siembra una buena semilla de trigo. Al caer la noche, su enemigo, que lo odiaba, entra sigilosamente en su campo y siembra cizaña en medio del trigo. Para comprender la parábola, es necesario detenernos un instante en la consideración de qué es la cizaña: la cizaña es muy similar exteriormente al trigo, pero la diferencia es que es esta es inútil para la alimentación, por lo que para lo único que sirve es para ser arrojada al fuego. El enemigo del hombre de la parábola, lo odiaba tanto, que en su odio había ideado un plan perverso para arruinar económicamente a aquel que tanto odiaba, y era volver inútil el sembrado de trigo, sembrando la cizaña: pensaba que al crecer juntos le trigo y la cizaña, el hombre no se tomaría el trabajo de separarlos, mandaría a quemar toda la cosecha, y se vería arruinado económicamente y esa es la razón por la cual siembra la cizaña en medio del trigo. Hecha esta consideración, continuamos con la parábola, que nos dice que, con el tiempo, parecen cumplirse los deseos perversos del enemigo del hombre, ya que empezaron a crecer las semillas de trigo, pero también las de la cizaña, lo que llevó a los criados a preguntarle al amo si quería que la arrancaran, a lo que el amo –que sabía que era su enemigo el que le había provocado este daño- les contesta que no, porque al arrancar la cizaña, se podría arrancar también el trigo. Les dice entonces que los dejen crecer juntos hasta la siega; allí se les dirá a los segadores que arranquen primero la cizaña, que la aten en gavillas y que la arrojen al fuego, mientras que el trigo será almacenado en el granero. De esa manera, el hombre destruye y frustra el plan maligno que su enemigo había trazado para él.
         La parábola, que es explicada por el mismo Jesús, se comprende cuando se atribuyen personas y roles a los elementos presentes en la parábola: “el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores son los ángeles”.
         Con esta parábola, entonces, Jesús describe qué es lo que sucederá en el Día del Juicio Final: los buenos, aquellos que se saben pecadores pero que a pesar de esto luchan para combatir el pecado y perseverar hasta el final en la gracia, en la negación de sí mismos y en el seguir a Jesús por el camino de la Cruz, serán llevados al Cielo; los malos, los que negando la gracia de la conversión persistan en el mal querido y deseado voluntariamente, como forma de rebelión contra Dios, Bondad infinita, participando voluntariamente de la rebelión del Demonio contra Dios en los cielos, serán condenados en el Infierno, aunque nadie caerá en el Infierno sin saberlo, y nadie irá al Cielo sin desearlo; todos irán al destino eterno que libremente eligieron por sus obras hechas en plena conciencia, buenas o malas. Dice el libro de la Sabiduría: “Los justos vivirán eternamente: recibirán de la mano del Señor un reino espléndido y una maravillosa diadema”[1]. Pero a los que antepusieron la maldad a la bondad, los bienes perecederos a los bienes eternos, el pecado a la gracia, se preguntarán, una vez que ya hayan sido condenados, una vez que estén ya en el lago de fuego infernal: “¿De qué nos sirve el orgullo? ¿Qué utilidad no ha reportado la vanidad de las riquezas? Todo esto se ha desvanecido como una sombra, ha desaparecido como ligera posta, como la huella de un navío en el agua… hubimos nacido apenas y dejamos de existir… y en nuestra malicia nos consumiremos”[2].
Mientras los buenos, los que perseveren en la gracia, serán llevados al cielo, los malos, los que voluntariamente quisieron hacer el mal para apartarse de Dios, serán conducidos al Infierno; en ese momento los malvados se darán cuenta, aunque ya muy tarde, que la gracia era el bien más valioso de esta vida, y que todos los bienes malhabidos, por inmensos que hubieran sido, ya no existen más, y que sólo tienen con ellos el odio a Dios, al Demonio, a los ángeles caídos, a los otros condenados, además del dolor insoportable causado por el fuego, dolor del que se darán cuenta, en el instante en que comienzan a percibirlo, que nunca jamás habrá de finalizar. Que el Infierno sea un lugar real y para siempre, nos lo enseña el Magisterio de la Iglesia y también los santos de la Iglesia Católica, como Santa Verónica Giuliani[3], quien así lo describe: “En un momento, me encontré en un lugar oscuro, profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros, rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron. También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto no es nada. Me pareció ver una gran montaña como formada toda por una enrome cantidad de víboras, serpientes y basiliscos entrelazados en cantidades infinitas; no se distinguía uno de las otras. La montaña viva era un clamor de maldiciones horribles. Se escuchaba por debajo de ellos maldiciones y voces espantosas. Me volví a mis Ángeles y les pregunté qué eran aquellas voces; y me dijeron que eran voces de las almas que serían atormentadas por mucho tiempo, y que dicho lugar era el más frío. En efecto, se abrió enseguida aquel gran monte, ¡y me pareció verlo todo lleno de almas y demonios! ¡En gran número! Estaban aquellas almas pegadas como si fueran una sola cosa y los demonios las tenían bien atadas a ellos con cadenas de fuego, que almas y demonios son una cosa misma, y cada alma tiene encima tantos demonios que apenas se distinguía. El modo en que las vi no puedo describirlo; sólo lo he descrito así para hacerme entender, pero no es nada comparado con lo que es. Fui transportada a otro monte, donde estaban toros y caballos desenfrenados los cuales parecía que se estuvieran mordiendo como perros enojados. A estos animales les salía fuego de los ojos, de la boca y de la nariz; sus dientes parecían agudísimas espadas afiladas que después reducían a pedazos todo aquello que les entraba por la boca; incluso aquellos que mordían y devoraban las almas. ¡Qué alaridos y qué terror se sentía! No se detenían nunca, fue cuando entendí que permanecían siempre así. Vi después otros montes más despiadados; pero es imposible describirlos, la mente humana no podría nunca comprender. En medio de este lugar, vi un trono altísimo, larguísimo, horrible ¡y compuesto por demonios! Más espantoso que el infierno, ¡y en medio de ellos había una silla formada por demonios, los jefes y el principal! Ahí es donde se sienta Lucifer, espantoso, horroroso. ¡Oh Dios! ¡Qué figura tan horrenda! Sobrepasa la fealdad de todos los otros demonios; parecía que tuviera una capa formada de cien capas, y que ésta se encontrara llena de picos bien largos, en la cima de cada una tenía un ojo, grande como el lomo de un buey, y mandaba saetas ardientes que quemaban todo el infierno. Y con todo que es un lugar tan grande y con tantos millones y millones de almas y de demonios, todos ven esta mirada, todos padecen tormentos sobre tormentos del mismo Lucifer. Él los ve a todos y todos lo ven a él. Aquí, mis Ángeles me hicieron entender que, como en el Paraíso, la vista de Dios, cara a cara, vuelve bienaventurados y contentos a todos alrededor, así en el infierno, la fea cara de Lucifer, de este monstruo infernal, es tormento para todas las almas. Ven todas, cara a cara el Enemigo de Dios; y habiendo para siempre perdido Dios, y no tenerlo nunca, nunca más podrán gozarlo en forma plena. Lucifer lo tiene en sí, y de él se desprende de modo que todos los condenados participan de ello. Él blasfema y todos blasfeman; él maldice y todos maldicen; él atormenta y todos atormentan. - ¿Y por cuánto será esto?, pregunté a mis Ángeles. Ellos me respondieron: - Para siempre, por toda la eternidad. ¡Oh Dios! No puedo decir nada de aquello que he visto y entendido; con palabras no se dice nada. Aquí, enseguida, me hicieron ver el cojín donde estaba sentado Lucifer, donde eso está apoyado en el trono. Era el alma de Judas. Y bajo sus pies había otro cojín bien grande, todo desgarrado y marcado. Me hicieron entender que estas almas eran almas de religiosos; abriéndose el trono, me pareció ver entre aquellos demonios que estaban debajo de la silla una gran cantidad de almas. Y entonces pregunte a mis Ángeles: - ¿Y estos quiénes son? Y ellos me dijeron que eran Prelados, Jefes de Iglesia y de Superiores de Religión. ¡Oh Dios!!!! Cada alma sufre en un momento todo aquello que sufren las almas de los otros condenados; me pareció comprender que ¡mi visita fue un tormento para todos los demonios y todas las almas del infierno! Venían conmigo mis Ángeles, pero de incógnito estaba conmigo mi querida Mamá, María Santísima, porque sin Ella me hubiera muerto del susto. No digo más, no puedo decir nada. Todo aquello que he dicho es nada, todo aquello que he escuchado decir a los predicadores es nada. El infierno no se entiende, ni tampoco se podrá aprender la acerbidad de sus penas y sus tormentos. Esta visión me ha ayudado mucho, me hizo decidir de verdad a despegarme de todo y a hacer mis obras con más perfección, sin ser descuidada. En el infierno hay lugar para todos, y estará el mío si no cambio vida. ¡Sea todo a gloria de Dios, según la voluntad de Dios, por Dios y con Dios!”.
Otro elemento que debemos considerar es que en la cizaña están representados los que voluntariamente viven alejados de Dios, mientras que en el trigo, están simbolizados quienes viven en gracia, pues Jesús mismo, se compara a sí mismo con un grano de trigo, cuando dice que “el grano de trigo debe caer en tierra para dar fruto”, ya  que ése es Él que muere en la cruz y da el fruto de  la Resurrección. Y así como Jesús, cuyo Cuerpo es trigo que es molido en la Pasión y cocido en el Fuego del Espíritu Santo en la Resurrección, para ser donado como Pan de Vida eterna en el altar eucarístico, así también, sus seguidores, quienes sean cristianos no solo de nombre sino de obra también, son comparados con el trigo de la parábola, porque por la gracia, los cristianos son unidos a Él y participan de su Pasión redentora, convirtiéndose en corredentores de sus hermanos.
Jesús es el Dueño del mundo, el Creador del universo, tanto visible como invisible, y Él siembra la semilla buena de la gracia en los corazones de los hombres para que, participando de su divinidad, se unan a Él en su sacrificio redentor y se ofrezcan como trigo limpio y puro para ser convertidos en otros tantos cristos, ofrecidos al Padre en el Santo Sacrificio del altar, para la salvación de los hombres. Así como Jesús, que es trigo molido en la Pasión y cocido en el Fuego del Espíritu Santo, se convierte en Pan de Vida eterna, ofrecido al Padre como sacrificio purísimo y perfectísimo en expiación por los pecados del mundo, así también los cristianos que, por la gracia, se convierten en otros cristos, al unirse a su Cuerpo Místico por el Espíritu Santo, y son ofrecidos por María Virgen al Padre, en su Hijo y por su Hijo, como víctimas en la Víctima que es Cristo, para expiar los pecados del mundo.
Por este motivo es que, si deseamos ser la buena semilla de trigo y no la cizaña, debemos unirnos espiritualmente al pan y al vino que se ofrecen en el altar eucarístico, pero que todavía no son Jesús, para que cuando venga el Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, en el momento de la consagración, en la transubstanciación, se incendien con este Divino Fuego nuestros corazones en el Amor de Dios. Ofrezcamos, interior y espiritualmente, todo lo que somos y tenemos, toda nuestra vida, todo nuestro ser, simbolizado en los granos de trigo unidos en el pan del altar, el pan de la ofrenda, para ser quemados por el Fuego que viene de lo alto al pronunciar el sacerdote las palabras de la consagración, que convierten el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. De esa manera, así como el pan corriente, hecho de trigo sin levadura, por la acción del Fuego Divino que es el Espíritu Santo, se convierte en el Pan de Vida eterna, el Cuerpo resucitado y glorioso de Jesús, así también nuestro ser y nuestra vida, ofrecidos en la patena antes de la consagración, interior y espiritualmente, se convertirán en ofrenda agradable a Dios, al subir como aroma de suave incienso, al estar unidos al Cuerpo de Jesús como su Cuerpo Místico, animado por su Espíritu, el Espíritu Santo.
         Pero de la misma manera a como Cristo tiene su Cuerpo Místico, que es ofrecido en oblación por la salvación del mundo, así también el Diablo o Demonio, la Serpiente Antigua, también tiene su contra-cuerpo místico, la masonería eclesiástica y política, los hombres que participando y uniéndose al Demonio en su odio deicida, buscan de todas formas la destrucción de la Iglesia, de la familia, del orden natural y que se ofrecen para la obra destructora satánica. Es la cizaña, que solo sirve para ser arrojada al fuego del Infierno, porque quien se une al Demonio en su lucha contra Dios, tiene un único destino, la eterna condenación, de no mediar la conversión. Sin embargo, no hace falta pertenecer a la Masonería para formar parte de las filas del Demonio: basta con ser indiferentes a la gracia, a los Mandamientos de la Ley de Dios, a los sacramentos de la Iglesia Católica; basta con cruzarse de brazos ante el embate infernal que, día a día, por los medios de comunicación, destruyen a pasos agigantados, desde dentro y fuera de la Iglesia, a la Iglesia, a la familia y a todo lo que sea el orden natural, creado y querido por Dios. Basta con apoyar la anti-natura y las expresiones de la cultura de la muerte –aborto, eutanasia, FIV, alquiler de vientres, clonación humana, etc.- para ser la cizaña, condenada al fuego eterno. Basta con integrar, de modo voluntario y sin intención alguna de salir de ellos, los grupos explícitamente nombrados en la Escritura como aquellos que nunca entrarán en el Reino de los cielos: los apóstatas, los criminales, los hechiceros –y aquí están las prácticas de la Nueva Era, como yoga, reiki, metafísica gnóstica, vudú, esoterismo, ocultismo, satanismo-, los que se embriagan, los fornicarios, los adúlteros, los homosexuales –no quiere decir que el homosexual, por serlo, se condenará, sino aquel que no desee ni busque vivir la castidad, que es lo que se le pide a todo heterosexual. En definitiva, forman la cizaña sembrada por el Maligno los obradores de iniquidad en todas sus variantes, aunque se condenarán aquellos que, voluntaria y deliberadamente, persistan en el mal, y no quienes, cayendo por la debilidad humana, hagan propósito de enmienda y busquen, con todas sus fuerzas, vencerse a sí mismos con la ayuda de la gracia y seguir al Cordero por el Camino Real de la Cruz.



[1] 5, 16-17.
[2] 5, 8-13.
[3] La visión del infierno de Santa Verónica Giuliani, clarisa, 1660-1727; cfr. https://www.taringa.net/posts/paranormal/19857943/Santa-Veronica-Giuliana-y-el-infierno.html

“El Hijo del hombre es dueño del sábado”



“El Hijo del hombre es dueño del sábado”  (Mt 12, 1-8). Jesús y sus discípulos atraviesan un sembrado en sábado y, al sentir hambre, los discípulos arrancan las espigas de trigo y comienzan a comerlas. Esto es motivo de (falso) escándalo para los fariseos, quienes advierten a Jesús: “Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado”. La razón de la advertencia es que el segar y el trillar eran dos de las treinta y nueve obras prohibidas en sábado: la casuística rabínica posterior consideraba la acción de arrancar las espigas como segar, y el frotarlas o restregarlas entre las manos como trillar[1]m dándole la razón así a los celosos fariseos. A los ojos de los fariseos, los discípulos de Jesús están cometiendo una falta, pues obran lo que está prohibido en sábado, y esto con el consentimiento de su Maestro, Es decir, Jesús. Rehusando entrar en discusiones casuísticas, Jesús soluciona la cuestión basándose en el principio de que la necesidad excusa de tal ley positiva, citando el ejemplo del rey David[2], a quien el sumo sacerdote Ajimelec le permitió comer de los doce panes llamados ordinariamente “de la faz” –llamados así porque eran colocados en presencia de Dios en el santuario- o “de la proposición” –es decir, “colocado delante”-. Estas ofrendas se renovaban cada semana y, una vez retirados y a causa de su carácter sagrado, eran comidos por los sacerdotes. Pero la necesidad de David prevaleció sobre esta ley positiva y la excepción fue sancionada por el sumo sacerdote.
Nuestro Señor agrega que el sacrificio del templo se ofrece en sábado, lo cual es una transgresión literal del descanso sabático, dando a entender lo mismo, esto es, que el servicio del templo es único y claramente trasciende todos los demás deberes. Afirma además que “aquí hay algo más grande que el templo”, lo cual presenta a la Persona de Jesús –la Segunda de la Trinidad- como el gran sustituto del antiguo santuario. Los fariseos no habían penetrado ni siquiera el espíritu de la antigua ley; en caso contrario, no se habrían dejado llevar por sus escrúpulos legales, emitiendo juicios privados de prudencia y caridad respecto de los discípulos inocentes. Estos son inocentes porque su Maestro, el Hijo del hombre, es Señor del sábado, que es de institución divina, y puesto que Él es el Dios que lo instituyó, es el Dios que puede dispensar cuando Él mismo quiera. La reivindicación de Jesús como “Señor del sábado” no puede ser explicada ni entendida de manera adecuada si no es a la luz de la divinidad de Cristo[3], esto es, que Él la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth.
“El Hijo del hombre es dueño del sábado”. El mismo Dios que instituyó el sábado como día del Señor, lo reemplaza por el Domingo, el nuevo y definitivo "Dies Domini", "Día del Señor", al resucitar “al tercer día” y es el mismo Señor quien nos alimenta, no con panes terrenos, hechos de trigo y agua, sino con el Pan de Vida eterna, su Cuerpo sacramentado, la Eucaristía.




[1] Cfr. B. Orchard et al., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Ediciones Herder, Barcelona 1957.
[2] 1 Sam 21, 1-6.
[3] Cfr. Orchard, o. c., 392.

sábado, 15 de julio de 2017

“El sembrador salió a sembrar”


(Domingo XV - TO - Ciclo A – 2017)

         “El sembrador salió a sembrar” (Mt 13, 1-23). En esta parábola, Jesús presenta la figura de un sembrador que “sale a sembrar”, esparciendo la semilla. Sin embargo, la suerte de las semillas es muy distinta unas de otras: unas, según Jesús, “caen al borde del camino y los pájaros las comen; otras caen en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, por lo que brotan en seguida, porque la tierra era poco profunda, pero se queman cuando sale el sol, por falta de raíz y se terminan secando; otras, caen entre espinas, que terminan por ahogar a las semillas que crecieron; por fin, unas caen en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta”.
Es el mismo Jesús quien da la explicación de la parábola: el sembrador es Dios Padre; la semilla que siembra, es su Palabra, es decir, su Hijo Jesús, Dios encarnado; los distintos tipos de terrenos en los que cae la semilla, son los distintos tipos de corazones en los que es recibida la Palabra: “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.
Es decir, significa que, en unos, las preocupaciones, las tribulaciones que siguen a la recepción de la Palabra, las seducciones del mundo y del demonio, las tentaciones consentidas, la semilla de la Palabra no germina, por lo que no da fruto, es decir, el alma asiste a Misa, lee la Palabra, comulga, pero no da frutos de santidad, de bondad, de paciencia, de humildad, de justicia, porque no tiene arraigada la Palabra en su corazón.
         En otros, en cambio, en donde la gracia está presente, la semilla de la Palabra arraiga, hecha raíces y crece, hasta formar un Árbol, el Árbol de la Vida, la Cruz de Jesús, y así el corazón queda configurado a Nuestro Señor Crucificado, y da frutos de santidad: bondad, paciencia, humildad, fortaleza ante las tribulaciones, configuración con Cristo crucificado. Aquí está entonces la sencilla prueba que podemos hacer para saber si la Palabra de Dios, sembrada por el Padre en nuestros corazones, ha crecido o si, por el contrario, en nuestros corazones no hay más que suelo pedregoso, espinas y sol calcinante: si somos capaces de perdonar en nombre de Jesús a nuestros enemigos; si somos capaces de llevar la cruz, negándonos a nosotros mismos, para morir a la vida del pecado y nacer a la vida de la gracia; si somos capaces de pedir la gracia de morir –literalmente- antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, porque amamos la gracia más que a nuestras propias vidas; si consideramos las humillaciones recibidas, las tribulaciones, dolores y enfermedades que sufrimos, como un inmerecido don del Amor de Dios que nos configura a Jesús, herido, humillado y dolorido en la cruz, y damos gracias por estos dones, en vez de renegar de ellos; si apreciamos el Pan de Vida eterna, la Eucaristía, más que a nuestros deseos mundanos y más que a nuestra propia vida y damos gracias por este don celestial, entonces, sí, podemos decir que la semilla de Dios ha germinado en nuestros corazones y ha dado el fruto del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, que nos configura con Jesús crucificado. Mientras tanto, si no observamos nada de esto en nosotros mismos, entonces nuestros corazones no son más que terreno pedregoso, en el que sólo crecen cardos y espinos, los malos sentimientos y pensamientos, en donde sólo moran los cuervos, que como aves carroñeras representan a los ángeles caídos, y en donde el sol calcinante del mediodía brilla en lo más alto, como símbolo de la ausencia de la frescura del Divino Amor. La parábola nos invita, entonces, a preguntarnos acerca de qué clase de terreno es nuestro corazón: si pedregoso, cubierto de cardos y espinos, poblado de aves que no dejan germinar y crecer la semilla de la Palabra de Dios o, si por el contrario, es un terreno que, por la gracia, es fértil y por lo tanto permite que la semilla, que es la Palabra, se arraigue, crezca y dé frutos de santidad.


viernes, 14 de julio de 2017

“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y sencillos como palomas”


“Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10, 16-23). Al enviar a sus discípulos a evangelizar, Jesús les hace una advertencia y les da un consejo: les advierte que en el mundo hay “lobos” y que ellos, en cuanto sus discípulos, son “ovejas”, con lo cual les hace ver el peligro que significa el mundo y el riesgo que corren en cuanto cristianos, pero al mismo tiempo les da un consejo para que puedan sobreponerse al peligro que significa enfrentar a los lobos y es que deben ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas”.
¿A qué se refiere Jesús? La imagen que utiliza es muy fuerte, muy gráfica, muy sugerente: los cristianos, en medio del mundo y sin ser del mundo, anunciando el Evangelio, son como “ovejas en medio de lobos”, lo cual da una idea de lo desproporcionadas que son las fuerzas: una oveja, en medio de lobos, no tiene oportunidad alguna de sobrevivir, puesto que al lobo le basta una certera dentellada dirigida al cuello de la oveja, para quitarle la vida. Así sucede con los cristianos católicos cuando se enfrentan al mundo, y esto lo podemos comprobar todos los días: es más que evidente en los países en los que no hay persecución cruenta hacia el cristianismo, como por ejemplo, en las dictaduras comunistas de China, Corea del Norte, Cuba, la actual Venezuela, pero también se puede comprobar esta agresión hacia el cristianismo, por parte del mundo ateo y anti-cristiano, en los países liberales, en donde la persecución es incruenta. Los ejemplos sobran: ataques incendiarios a iglesias, profanación de imágenes católicas, acoso y agresión verbal y física por parte del lobby LGTBI a quienes simplemente defienden la ley natural, como por ejemplo, los cristianos que están detrás del bus de “Hazte Oír”; la aprobación de leyes pro-aborto, pro-eutanasia, pro-FIV, etc., por parte incluso de legisladores católicos que han apostatado de su fe, etc. En todos ejemplos cotidianos –y cientos más, todos los días-, podemos comprobar cómo sean ciertas las palabras de Jesús: “Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”. Los lobos son quienes, consciente o inconscientemente, participan y responden del odio preternatural diabólico del Ángel caído a Dios Trino y su Mesías, Jesucristo; las ovejas, son los cristianos católicos que, escuchando la voz del Señor, se esfuerzan por propagar, en un mundo cada vez más hostil al cristianismo, el mensaje de salvación de Nuestro Señor Jesucristo.

Por último, el consejo de Jesús, de ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas”, es vital para el cristiano, para no ser devorado por la intensa presión anti-cristiana del mundo del siglo XXI en el que vivimos. Pero hay algo que los cristianos debemos saber, y es que la astucia y la sencillez que nos pide Jesús, no depende de nosotros, sino que la recibimos de la gracia, que al comunicarnos la vida divina, nos comunica por eso mismo la sabiduría divina, la sencillez divina, la prudencia divina, y es así como, siendo ovejas, triunfamos sobre los lobos que responden al Lobo infernal, porque somos ovejas del pequeño redil del Sumo y Eterno Pastor Jesucristo, que es Quien nos protege.

miércoles, 12 de julio de 2017

“Proclamen que el Reino de los Cielos está cerca”


“Proclamen que el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 10, 1-7). Luego de nombrar a sus Apóstoles, Columnas de su Iglesia, y de darles “poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia”, el Hombre-Dios Jesucristo les encomienda la misión principal, la esencia de la tarea evangelizadora de la Iglesia Católica: anunciar que “el Reino de los cielos está cerca”. La expulsión de demonios y la curación de enfermedades, son sólo prolegómenos del anuncio central: Jesús no ha venido para hacer exorcismos, ni para quitar la enfermedad de la faz de la tierra: ha venido a traer la vida nueva del Reino de los cielos, que es la vida de la gracia, que siendo la participación en la vida trinitaria divina, es el anticipo, ya en la tierra, del Reino de los cielos en la eternidad. Vivir en gracia, es decir, vivir con la Santísima Trinidad inhabitando en el corazón del justo por la gracia, es ya vivir, en anticipo, en el tiempo y en la tierra, el Reino de los cielos que el cristiano, por la misericordia de Dios, desea vivir en la eternidad.

Jesús ha venido para “destruir las obras del Demonio” (cfr. 1 Jn 3, 8), para sanar a los enfermos, pero ante todo y principalmente, ha venido para traer la vida nueva de la gracia, que es el anticipo de la vida de la gloria que pertenece al Reino de Dios, y quien no reciba esta gracia, es decir, “quien no crea en el Hombre-Dios y no se bautice, no se salvará” (Mc 16, 15), no entrará en el Reino de los cielos. Éste es el anuncio central que debe hacer la Iglesia Católica en su misión a los gentiles. Anunciar otra cosa distinta, es obra del Anticristo.

sábado, 8 de julio de 2017

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”



(Domingo XIV - TO - Ciclo A – 2017)

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 25-30). Jesús llama a sí a todos aquellos que están “afligidos y agobiados”, para que Él “los alivie”. Sin embargo, pareciera ser una contradicción, porque quien está “afligido y agobiado”, sea por una tribulación material o espiritual, lleva sobre sí una carga, y lo que Jesús propone es agregar, a quien se le acerca, otra carga más, que es “su yugo”: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. Es decir, por un lado, si alguien está soportando un peso moral, material o espiritual, debe acudir a Jesús para recibir alivio; pero por otro lado, Jesús aumenta un peso más, que es “su yugo”, y aunque este sea “suave y liviano”, no deja de ser una carga sobre una carga: “Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.
¿De qué se trata esta propuesta de Jesús?
Se trata de, literalmente, acudir a Él, en donde Él está en Persona, esto es, en el sagrario y en la Eucaristía, o también acudir a los pies de la cruz, donde está crucificado y, una vez allí, hacer un intercambio: dejarle a sus pies nuestra carga –moral, material, espiritual-, que es pesada y por lo tanto, agobia, y recibir de Él a cambio su carga, su yugo, que es “suave y liviano”. Se trata, en definitiva, de un trueque: nosotros le damos la carga de nuestra aflicción y agobio, y Él nos da su yugo; Él toma sobre sí nuestra aflicción, y nos da a cambio un yugo “suave y liviano”. ¿Y cuál es este yugo suave y liviano? La imitación de Él: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”. Es decir, encontramos alivio cuando entregamos nuestro agobio a Jesús y, al mismo tiempo, recibimos de Él la cruz y buscamos imitarlo en su “paciencia” y en su “humildad de corazón” y cuando esto hacemos, verdaderamente sentimos alivio, porque ya no tenemos que llevar la carga que nos agobia, sino la cruz de Jesús, para ser pacientes y humildes como Él. La carga se vuelve insoportable cuando no hacemos lo que Jesús nos dice, es decir, cuando nos empecinamos en llevar nosotros mismos la carga, sin ser capaces de doblegar nuestro orgullo ante Jesús crucificado, pidiéndole que sea Él quien lleve por nosotros lo que nos agobia. Es en este momento, cuando decidimos hace oídos sordos a Jesús, cuando la carga se nos torna intolerablemente pesada. Pero cuando doblegamos nuestro orgullo y nos postramos ante su Cruz o ante su Presencia Eucarística, reconociendo nuestra nada y nuestra miseria y nuestra incapacidad de todo bien, entonces Jesús toma sobre sí nuestra carga y nos da una tarea, que es la imitación suya, en su paciencia y humildad, y ahí es cuando encontramos alivio: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”.
         La soberbia es mala consejera y es un impedimento formidable para recibir la Divina Sabiduría que proviene de la Cruz y de la Eucaristía; sólo la humildad y el no creerse superior a los demás, permite que la luz de la gracia y de la fe ilumine las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, haciéndonos merecedores del beneplácito divino: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”. Una de las gracias más valiosas que puede recibir un alma en esta vida, es la de ver quebrantado su orgullo, ante la contemplación de un Dios humillado y crucificado por Amor, y oculto en apariencia de pan, por Amor, porque esta alma, así humillada, se postra en acción de gracias y en adoración ante su Salvador, deja a sus pies aquello que la aflige y agobia y recibe, a cambio, el suave yugo del Señor, la gracia de imitarlo en su camino al Calvario, con un corazón paciente, manso y humilde, como el Sagrado Corazón de Jesús.


jueves, 6 de julio de 2017

“Tus pecados te son perdonados”


“Tus pecados te son perdonados” (Mt 9, 1-8). Llevan ante Jesús a un paralítico, pero no para que le curase Jesús la parálisis, sino para que le perdone los pecados. Esto se deduce del inicio del diálogo entablado por Jesús con el paralítico: Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados". Sólo en un segundo momento, cuando Jesús, leyendo la mente de los escribas y fariseos, sabe que lo acusan de blasfemo por hacerse pasar por Dios, ya que sólo Dios puede perdonar los pecados, es que Jesús decide, además de haberle ya curado el alma con la absolución de los pecados, curarle también el cuerpo, devolviéndole el uso normal de sus piernas.
Con el objetivo de desenmascarar a los escribas y fariseos que “pensaron mal” acusándolo falsamente de blasfemia –hubiera sido blasfemia si no hubiera sido Dios encarnado y se hubiera atribuido el perdonar los pecados-, Jesús decide curar la parálisis del enfermo. Es decir, decide hacer un milagro visible, sensible, para poner de manifiesto que Él es el Dios que perdona los pecados, lo cual es un milagro invisible e insensible. Les pide a los escribas y fariseos que se concentren en el paralítico, porque el milagro visible que obrará, servirá para confirmar que Él no cometió ninguna blasfemia cuando le dijo que sus pecados le eran perdonados, puesto que el milagro de la curación de la parálisis, servirá para respaldar su afirmación, de que Él es Dios Hijo encarnado.

Al curar la parálisis, queda en evidencia su poder divino y, si es Dios, entonces, puede perdonar los pecados. Si Jesús no hubiera sido capaz de curar efectivamente la parálisis del enfermo, entonces sus palabras en las que afirmaba perdonar los pecados hubieran sido falsas y en ese caso sus acusadores habrían tenido razón, al acusarlo de blasfemo. Sin embargo, al curarlo físicamente, queda en evidencia que tiene un poder divino que es obrado por propia persona y, por lo tanto, Jesús es Dios. La acusación de blasfemia es falsa, lo cual queda de manifiesto ante todos, al curar físicamente al paralítico. Al hacer este milagro visible, Jesús les está diciendo a sus acusadores que es fácil decir: “Te perdono los pecados”, pero no es tan fácil decirle a un paralítico: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Entonces, para que vean que Él es Dios, es decir, que tiene el poder de perdonar los pecados, es que Jesús hace un milagro que sólo Dios puede hacer, y es el de curar físicamente el cuerpo del paralítico, luego de haberlo sanado espiritualmente. Toda la escena del Evangelio es un anticipo del Sacramento de la Penitencia: en el paralítico estamos representados los hombres pecadores y en el perdón de los pecados, la absolución que recibimos sacramentalmente. A diferencia del paralítico, la mayoría podemos caminar, por lo que no es necesario un milagro de este tipo, aunque si fuera necesario pero no se produjera –como sucede en el casi cien por cien de las confesiones sacramentales-, eso no va en detrimento del milagro recibido por la confesión sacramental, mucho más grande que una curación física, y es el perdón de los pecados, por parte de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, que obra a través de sus sacerdotes ministeriales.

miércoles, 5 de julio de 2017

Jesús expulsa a los demonios de dos gadarenos poseídos


Jesús expulsa a los demonios de dos gadarenos poseídos (cfr. Mt 8, 28-34). El episodio evangélico revela, por un lado, el poder divino de Jesús, quien con su sola palabra expulsa a una multitud de demonios; por otro lado, revela la existencia de los demonios, es decir, los ángeles caídos, los que se rebelaron contra Dios, siguiendo a Lucifer. El hecho de que Jesús los expulse indica, además, que los demonios están presentes por todas partes y que Él ha venido “para destruir” las obras del Demonio. El exorcismo que practica Jesús y la posterior expulsión de los ángeles caídos es una señal de que Dios encarnado ha iniciado la obra de la redención de la humanidad, rescatándola de las garras de la Serpiente Antigua. La lucha entablada en el cielo, entre los ángeles fieles a Dios, comandados por San Miguel Arcángel, por la cual los demonios fueron expulsados del cielo, continúa en la tierra y continuará hasta el fin de los tiempos, solo que ahora quien combate en Persona contra la infestación demoníaca del mundo y de las almas, ya no es un Arcángel, sino Dios Hijo en Persona, por lo que el triunfo está asegurado desde el inicio. Será en el momento de su mayor humillación y en la muestra de aparente debilidad, su agonía y muerte en la cruz, cuando el Hombre-Dios venza a la Serpiente Antigua y a todo el infierno, además de derrotar para siempre a la muerte y el pecado. Quienes niegan la existencia del Demonio –como por ejemplo, el superior de los jesuitas, P. Abascal, quien sostiene que es una figura simbólica[1]-, deberían releer las Escrituras, sobre todo en pasajes como este, en el que está claramente revelada la existencia de los demonios, además del poder divino de Jesús, que es con lo que los derrota. El Padre Pío afirmaba que, si pudiéramos ver sensiblemente, corporalmente, a los demonios que actualmente están en la tierra, buscando perder almas en el infierno, no podríamos ver la luz del sol, ya que es tal la cantidad de demonios sueltos por el mundo, que formarían un espeso muro entre nosotros y el cielo. Sólo Jesús, el Hombre-Dios, con su sacrificio redentor en la cruz, nos puede liberar de las garras del Demonio y del infierno entero. Y lo hará cuando, llegada la Hora que sólo el Padre conoce, le permita a su Madre, la Virgen Santísima, aplastar la cabeza del Dragón rojo. Hasta ese entonces, y conscientes de que la presencia y actividad demoníaca en nuestros días es la más intensa jamás registrada en la historia de la humanidad, junto con la Iglesia, la Esposa del Cordero, decimos: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20).

martes, 4 de julio de 2017

“¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”


“¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!” (Mt 8, 23-27). Jesús sube a la barca con sus discípulos; en el transcurso de la navegación, se desata una “tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca”, dice el Evangelio. Sin embargo, extrañamente, y a pesar de esta “gran tormenta”, Jesús duerme: “Mientras tanto, Jesús dormía”. Con toda seguridad, cansado por el caminar propio del apostolado, Jesús, rendido de cansancio, duerme, y duerme tan profundamente, que las olas, que con toda seguridad lo mojaban, no logran despertarlo. Entre tanto, es tal la cantidad de agua que entra en la barca, y tan intenso el oleaje y el viento, que los discípulos temen que la barca se hunda en pocos segundos. Por ese motivo, acuden a Jesús para despertarlo, con urgencia: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”. Jesús se despierta y ordena al viento y al mar que se calmen, con lo cual la tormenta cesa repentinamente, volviendo la calma a los discípulos. Sin embargo, antes de hacer cesar a la tormenta, Jesús, apenas despierto, se dirige a los discípulos con una frase que encierra un misterio: “Él les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”. Esta respuesta de Jesús deja entrever que sus discípulos no tenían fe en Él o su fe era muy escasa, y esto debido al hecho de que veían a Jesús dormido. Es decir, al estar dormido Jesús, los discípulos desconfiaban de que Jesús pudiera hacer algo, por lo que los invade el miedo a naufragar.
La misma situación se repite hoy: la barca, que es la Iglesia, y que navega en las procelosas aguas del mundo y de la historia, se encuentra agitada y vapuleada, en medio de una de las más grandes crisis de su existencia, y al contemplar la situación con ojos humanos, pareciera que está a punto de ser hundida, pues las fuerzas del infierno, representadas en la furia del viento y del mar, dan la impresión de hundirla en cualquier momento. A esto se le suma el “silencio de Dios”, es decir, es como si Dios estuviera ausente o distante de la crisis que amenaza con hundir a su propia Iglesia, lo cual puede conducir a que alguno de nosotros experimente la tentación de la desconfianza y, en consecuencia, el miedo al pensar que Jesús no intervendrá. Sin embargo, Jesús no está dormido; está en su Barca, que es la Iglesia, en el sagrario, y desde allí la gobierna, con su Espíritu. Por este motivo, acudamos al sagrario para adorar a Jesús y para pedirle serenidad y calma en estos tiempos de enorme tempestad.


viernes, 30 de junio de 2017

“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”


(Domingo XIII - TO - Ciclo A – 2017)

“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 37-42). Jesús nos dice qué es lo que tenemos que hacer para “ser dignos de Él”, es decir, para ser llamados “cristianos” o “discípulos” suyos: tomar la cruz y seguirlo. Quien no toma la cruz y lo sigue, no puede llamarse cristiano. Ahora bien, ¿qué significa exactamente “tomar la cruz”, y qué es la cruz, indispensable para ser llamados verdaderamente cristianos? ¿Adónde va Jesús, cargado con la cruz, puesto que si tomamos la cruz es para seguirlo a  Él?
Ante todo, si consideramos a la cruz en sí misma, podemos decir con seguridad que se trata de un instrumento de muerte y tortura, reservado, como hacían los romanos, para castigar a los peores delincuentes, a los bandidos y criminales que habían demostrado, con su comportamiento, que no merecían ya vivir entre los hombres y por eso debían morir con la muerte más horrible y dolorosa, la muerte de cruz, para que antes de perder la vida, pagaran con sus sufrimientos el mal que habían cometido en esa vida[1]. Considerada de esta manera, es decir, de un modo racional, sin la luz de la fe, la cruz que nos exige tomar Jesús como condición indispensable para seguirlo, es equivalente a elegir el camino de la tortura, del displacer, de la ignominia, del dolor y de la muerte.
Sin embargo, no podemos reflexionar sobre las palabras de Jesús y sobre su pedido de “tomar la cruz”, de otra manera que no sea a la luz de la fe de la Iglesia, ya que allí se encuentra la verdadera y única valoración sobrenatural de la cruz. La Iglesia compara, a la cruz, con un árbol, y no con un árbol cualquiera, sino con un “árbol de la vida”[2], vida que resulta ser, no la del hombre, sino la vida divina, la vida misma de Dios. Al referirse a la cruz, la Iglesia la exalta y la compara con un árbol: “Sólo tú (el árbol de la vida, la cruz) has sido exaltado por encima de todos los cedros; de ti estuvo suspendida la vida del mundo; en ti triunfó Cristo; en ti venció la muerte a la muerte para siempre”[3]. Esta especie de árbol milagroso, más hermoso que los cedros de Dios”, es la Santa Cruz de Jesús, tal como la misma Iglesia lo dice: “¡Oh Cruz, más esplendorosa que todos los astros! ¡Más gloriosa que el mundo, amable en extremo para los hombres, más santa que nadie! ¡Tú sola fuiste digna de llevar el precio[4] del mundo! ¡Madero amado, clavos amados! Llevas una carga amada, madero…”[5]. La Iglesia considera, entonces, a la Cruz de Jesús, no un patíbulo en el que el criminal condenado debe ser levantado en alto para, en medio de atroces tormentos y dolores, ser quitado de en medio de los vivientes[6]; para la Iglesia, la Cruz no es un madero ensangrentado, sino que es un madero más valioso que “todos los cedros del Líbano”, y no es un instrumento de muerte atroz, sino el verdadero y único Árbol de la vida, porque en la Cruz estuvo suspendido el Cordero de Dios, Cristo Jesús, que es la Vida Increada en sí misma, y que al morir en la cruz, con su Muerte dio muerte a la muerte, y con la efusión de Sangre de sus heridas y de su Corazón traspasado, nos concedió la Vida eterna, la vida misma de Dios Trino, la vida de su Ser divino trinitario. Por este motivo, para el cristiano, el “árbol de la vida”, no es el árbol gnóstico de la cábala judía, que se utiliza a modo de amuleto mágico –y que se vende y es adquirido por los cristianos que ignoran su significado mágico y diabólico-; para el cristiano, el verdadero y único “Árbol de la vida”, es la Santa Cruz de Jesús, porque en la Cruz estuvo suspendido El que Es la Vida divina en sí misma, que venció a la muerte con su muerte en cruz, para donarnos su Vida divina. La Cruz de Jesús no es sólo “superación definitiva de la muerte”, sino recepción, por parte del alma, de la vida misma de Dios Uno y Trino, vida recibida por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado. Ésta es la razón por la cual Jesús nos dice que si no tomamos la cruz y lo seguimos, “no somos dignos de Él”.
Ahora bien, ¿qué significa este “tomar la cruz”? Lo dice Jesús: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga”. Tomar la cruz quiere decir “renunciar a sí mismo”, esto es, al hombre viejo, al hombre dominado por las pasiones –la ira, la maledicencia, la pereza, la injusticia, la malicia de todo tipo-, al hombre que, apegado a esta vida terrena, no quiere salir de esta vida, porque se aferra a los bienes materiales, a los placeres terrenos, al tiempo y a la vida puramente natural y humana, a los placeres y felicidades temporales y pecaminosos que el mundo sin Dios ofrece.
         Seguir a Jesús, que marca el camino del Calvario con la señal de su Sangre derramada, que brota de las heridas de su Cuerpo ensangrentado, significa seguir al Cordero que, por su inmolación en el Calvario, nos conduce por el único camino que lleva a la feliz eternidad. Tomar la cruz y seguir a Jesús quiere decir, en primer lugar y ayudados por la gracia, luchar contra el pecado, que nace de lo profundo del corazón, según las palabras de Jesús –“Es del corazón del hombre…-, para comenzar a vivir la vida de la gracia, pero todo como anticipo de la vida eterna que Jesús nos granjeó por su sacrificio en cruz. Quiere decir comenzar a vivir en el mundo, pero sin ser del mundo, porque ponemos la mirada en Jesús, camino del Padre que nos conduce al Reino de los cielos. Quiere decir comenzar a vivir de cara a la eternidad, y considerar a esta vida terrena como sólo una prueba, necesaria de pasar, para alcanzar la vida eterna. Tomar la cruz y seguir a Jesús, quiere decir asumir que estamos contaminados por la mancha del pecado e intoxicados a muerte con su veneno mortal, y que no podemos, de ninguna manera, librarnos por nosotros mismos de esta condición de pecadores, que equivale a decir ser muertos vivientes que se encaminan a la Segunda Muerte, la eterna condenación; tomar la cruz y seguir a Jesús significa tomar conciencia de que sólo la Sangre de Jesús puede quitarnos la malicia que brota sin cesar de nuestro corazón humano, herido de muerte por el pecado original, y que sólo si lo seguimos en el camino del Calvario, no sólo serán expiados nuestros pecados, sino que recibiremos la vida eterna, como lo dice Santa Edith Stein: “(…) Es Cristo-Cabeza quien expía el pecado en los miembros de su cuerpo místico que se ponen a disposición de su obra de redención en cuerpo y alma (es decir, aquellos que toman la cruz y lo siguen, N. del R.) (…) Los amantes de la cruz que El suscitó y que nuevamente y siempre suscitará en la historia cambiante de la Iglesia militante, son sus aliados en el tiempo final. A ello hemos sido llamados también nosotros”[7].
“El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Jesús nos llama a abrazar la Cruz, porque quiere conducirnos, de la tristeza de este mundo presente, a la alegría sin fin del Reino de los cielos.




[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2 1964, 62.
[2] El verdadero y único “árbol de la vida” es la Santa Cruz de Jesús, y no el árbol gnóstico de la Cábala, utilizado como amuleto mágico.
[3] Antífona del Benedictus en la Fiesta de la Exaltación de la Cruz.
[4] En el sentido paulino, es la  suma de dinero que debía pagarse para liberar a un esclavo: “Habéis sido comprados a precio” (1 Cor 6, 20).
[5] Antífona del Magnificat de las primeras Vísperas de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
[6] Cfr. Casel, o. c., 63.
[7] Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, (1891-1942), Amor por la Cruz,;  Ediciones del Monte Carmelo; 1934, Vol. V, 623.