jueves, 2 de noviembre de 2017

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


         
         Solo la Iglesia Católica dedica un día del año a la conmemoración de los fieles difuntos y la razón es que solo la Iglesia Católica cree firmemente en el Purgatorio. Los protestantes, con Martín Lutero a la cabeza, eliminaron la creencia del Purgatorio, con lo cual privaron a las Benditas Almas del Purgatorio, que allí sufren tormentos de un fuego similar al Infierno, pero con la esperanza de que algún día finalizarán, de las oraciones, misas y buenas acciones de quienes podrían haberlas ayudado.
         Este día está dedicado no solo a recordar, con mayor o menor nostalgia, a nuestros seres queridos, sino ante todo, a recordar lo que la Iglesia llama “Novísimos”, y es lo que le ocurre al alma luego de finalizada esta vida terrena: muerte, juicio particular, Purgatorio, Cielo, Infierno. La Iglesia nos enseña que no es verdad que, al morir, vamos inmediatamente al Cielo: mientras el cuerpo queda en la tierra para ser sepultado, el alma es llevada inmediatamente ante la Presencia de Dios, para recibir el Juicio Particular. Allí, el alma se ve a sí misma a la luz de Dios y es por eso que no puede engañarse ni ser engañada: ve cómo fueron las obras que hizo, si buenas o malas, y si las obras buenas fueron hechas por puro amor a Dios, o para recibir el aplauso y el honor de los hombres. En el Juicio Particular, el alma ve, con toda claridad, cuál es el destino que le espera por toda la eternidad, o el Cielo, con paso previo por el Purgatorio, o el Infierno eterno. Ahora bien, puesto que confiamos en la Misericordia Divina, esperamos que Dios se haya apiadado de nuestros seres queridos y, antes de morir, les haya concedido la gracia del arrepentimiento perfecto de sus pecados, la contrición del corazón, con lo cual, esperamos que estén con Él, sea en el Purgatorio, o sea en el Cielo. Y esa es la razón por la cual les dedicamos oraciones, misas y buenas acciones: porque si están en el Purgatorio, experimentarán alivio, y si están en el Cielo, la Virgen hará que las gracias sean derivadas a aquellas almas que, por siglos, están en el Purgatorio, y por las que nadie reza.
         Para que nos demos una idea de lo que es el Purgatorio, recordemos lo que la Virgen le dijo a la Beata Lucía, quien en una de las apariciones le preguntó por dos amigas suyas que habían fallecido: una niña de unos ocho años, que ya estaba en el Cielo, y una joven de unos dieciocho años, la cual le dijo la Virgen que habría de estar en el Purgatorio “hasta el fin del mundo”.
         Al traspasar el umbral de la muerte, Dios ya no se nos manifiesta como Dios de Misericordia infinita, sino como Dios de Justicia y santidad infinita, y esa es la razón por la cual todos los pecados que han sido confesados en esta vida, pero no han sido expiados por la penitencia, el sacrificio, la oración, deben ser purgados en esa cárcel de fuego que es el Purgatorio. Allí, el alma se purifica del amor imperfecto que tuvo a Dios en esta vida, y sale de ella solo cuando todas sus penas han sido expiadas y cuando su alma está resplandeciente de santidad y llena del amor a Dios; sólo así, puede un alma comparecer ante la santidad, majestad y Amor infinitos de Dios. Una santa, entre las más grandes santas de la Iglesia Católica, Santa Teresa de Ávila, se consideraba indigna de presentarse ante la majestad divina, y decía así en su última enfermedad: “Dios mío ¿qué alma será lo suficientemente pura para que pueda entrar al cielo sin pasar por las llamas purificadoras?”. Dice San Juan María Vianney que “durante su agonía, Dios le permitió ver Su Santidad como los ángeles y los santos lo veían en el Cielo, lo cual la aterró tanto que sus hermanas, viéndola temblar muy agitada, le dijeron llorando: “Oh, Madre, ¿qué sucede contigo?, seguramente no temes a la muerte después de tantas penitencias y tan abundantes y amargas lágrimas…”. “No, hijas mías – replicó Santa Teresa – no temo a la muerte, por el contrario, la deseo para poder unirme para siempre con mi Dios”. “¿Son tus pecados, entonces, lo que te atemorizan, después de tanta mortificación?”, “Sí, hijas mías – les dijo – temo por mis pecados y por otra cosa más aún”, “¿Es el juicio, entonces?”, “Sí, tiemblo ante las cuentas que es necesario rendir a Dios, quien en ese momento no será piadoso, y hay aún algo más cuyo solo pensamiento me hace morir de terror”. Las pobres hermanas estaban muy perturbadas: “¿Puede ser el Infierno, entonces?”. “No, gracias a Dios eso no es para mí, oh, mis hermanas, es la santidad de Dios, mi Dios, ¡ten piedad de mí! Mi vida debe ser puesta cara a cara con la del mismo Señor Jesucristo. ¡Pobre de mí si tengo la más mínima mancha! ¡Pobre de mí si aún hay una sombra de pecado!”[1]. Nadie que tenga una más mínima sombra de malicia, puede comparecer ante Dios, y esa es la razón por la cual hasta el más pequeño pecado venial, aun ya confesado, debe ser expiado en el Purgatorio, si no fue expiado en esta tierra. Dice así San Juan María Vianney: “La Iglesia, a quien Jesucristo prometió la guía del Espíritu Santo, y que por consiguiente no puede estar equivocada y extraviarnos, nos enseña sobre el Purgatorio de una manera positiva y clara y es, por cierto y muy cierto, el lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidos a la gloria del Paraíso, el cual les está asegurado. Sí, mis queridos hermanos, es un artículo de fe: Si no hacemos penitencia proporcional al tamaño de nuestros pecados, aun cuando estemos perdonados en el Sagrado Tribunal, estaremos obligados a expiarlos… En las Sagradas Escrituras hay muchos textos que señalan que, aun cuando nuestros pecados puedan ser perdonados, el Señor impone la obligación de sufrir en este mundo dificultades, o en el siguiente, en las llamas del Purgatorio”[2].
         El dolor en el Purgatorio es el mismo que en el Infierno, con la diferencia que el alma que está en el Purgatorio sabe que algún día habrá de salir de allí, mientras que el alma que está en el Infierno, se desespera porque sabe que nunca saldrá de allí.
         Las almas del Purgatorio nada pueden hacer por ellas mismas, pero nosotros sí: nosotros podemos abreviar su estancia allí, con oraciones, misas y buenas acciones, y por eso ellas nos suplican que lo hagamos. San Juan María Vianney hace decir así a las almas del Purgatorio: “(…) Vengo en provecho de Dios mismo. Y de vuestros pobres padres; a despertar en ustedes el amor y la gratitud que les corresponde. Vengo a recordarles otra vez aquella bondad y todo el amor que les han dado mientras estuvieron en este mundo. Y vengo a decirles que muchos de ellos sufren en el Purgatorio, lloran y suplican con urgencia la ayuda de vuestras oraciones y de vuestras buenas obras. Me parece oírlos clamar en la profundidad de los fuegos que los devoran: “Cuéntales a nuestros amados, a nuestros hijos, a todos nuestros familiares cuán grandes son los demonios que nos están haciendo sufrir. Nosotros nos arrojamos a vuestros pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! ¡Cuéntales que desde que tuvimos que separarnos, hemos estado quemándonos entre las llamas! ¿Quién podría permanecer indiferente ante el sufrimiento que estamos soportando?”. ¿Ven, queridos hermanos? ¿Escuchan a esa tierna madre, a ese dedicado padre, a todos aquellos familiares que los han atendido y ayudado?, “Amigos míos – gritan – líbrennos de estas penas, ustedes que pueden hacerlo”. Consideren, entonces, mis queridos hermanos: a) la magnitud de los sufrimientos que soportan las almas en el Purgatorio; y b) los medios que ustedes poseen para mitigarlos: vuestras oraciones, buenas acciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa (…) El fuego del Purgatorio es el mismo fuego que el del Infierno, la única diferencia es que el fuego del Purgatorio no es para siempre. ¡Oh! Quisiera Dios, en su gran misericordia, permitir que una de estas pobres almas entre las llamas apareciese aquí rodeada de fuego y nos diese ella misma un relato de los sufrimientos que soporta; esta iglesia, mis queridos hermanos, reverberaría con sus gritos y sollozos y, tal vez, terminaría finalmente por ablandar vuestros corazones. “¡Oh! ¡Cómo sufrimos!”, nos gritarían a nosotros; “sáquennos de estos tormentos. Ustedes pueden hacerlo. ¡Si sólo experimentaran el tormento de estar separados de Dios!… ¡Cruel separación! ¡Quemarse en el fuego por la justicia de Dios! ¡Sufrir dolores inenarrables al hombre mortal!, ¡Ser devorados por remordimientos sabiendo que podríamos tan fácilmente evitar tales dolores!… Oh hijos míos, gimen los padres y las madres, ¿pueden abandonarnos así a nosotros, que los amamos tanto? ¿Pueden dormirse tranquilamente y dejarnos a nosotros yacer en una cama de fuego? ¿Se atreven a darse a ustedes mismos placeres y alegrías mientras nosotros aquí sufrimos y lloramos noche y día? Ustedes tienen nuestra riqueza, nuestros hogares, están gozando el fruto de nuestros esfuerzos, y nos abandonan aquí, en este lugar de tormentos, ¡donde tenemos que sufrir por tantos años!… y nada para darnos, ni una misa… Ustedes pueden aliviar nuestros sufrimientos, abrir nuestra prisión, pero nos abandonan. ¡Oh! qué crueles son estos sufrimientos… Sí, queridos hermanos, la gente juzga muy diferentemente en las llamas del Purgatorio sobre los pecados veniales, si es que se puede llamar leves a los pecados que llevan a soportar tales penalidades rigurosas”[3]. Lo que San Juan María Vianney quiere decirnos es que nuestra relación con las Almas del Purgatorio es como la relación que hay entre una persona que ve a otra, que sale corriendo envuelta en llamas de un edificio incendiándose: ¿nos quedaríamos tan tranquilos, viendo cómo esa persona se quema viva? ¿No intentaríamos, al menos, envolverla con una frazada, o realizar algo para apagar las llamas que envuelven su cuerpo? Algo similar, en el mundo espiritual, es lo que ocurre con nuestras oraciones, sacrificios, buenas obras y santas misas ofrecidas en sufragio por las almas: calmamos, verdaderamente, el dolor que experimentan las benditas almas del Purgatorio, al estar envueltas en las llamas del Purgatorio, expiando sus pecados.
         Conmemorar a los fieles difuntos no es, entonces, para el católico, un mero momento de recuerdo nostálgico del ser querido que ya no está; es el tiempo para recordar los Novísimos y para redoblar el propósito de ser misericordiosos para con los difuntos –es una de las obras de misericordia espirituales recomendadas por la Iglesia-, de manera tal de obtener él mismo misericordia para sí mismo, en la hora de su muerte. Es el momento también de aumentar su confianza en la Misericordia Divina, esperando que los seres queridos estén ya con Él, y de prepararse a su vez para el encuentro con el Justo Juez, orando, obrando la misericordia, ofreciendo misas, viviendo los Mandamientos, perdonando las ofensas, amando a los enemigos, cargando la cruz de todos los días, para así poder ir al encuentro de Jesús y, en Jesús, de los seres queridos fallecidos.


[1] De los Sermones de San Juan María Vianney.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

No hay comentarios:

Publicar un comentario